Esa mañana, a diferencia de otras mañanas, en el momento que Esteban y su mucama compartían solos algunas horas en la casa, en el que él acostumbraba a cambiar su rol de patrón a sirviente de su empleada, compadeciendo ambos en que él haría el trabajo de ella a cambio de atenciones íntimas, Mercedes no lo esperó en la cama de los padres como de costumbre, desnuda con el pelo suelto y los brazos extendidos sobre los cojines, sino que muda, le dejó la taza de café negro sobre la mesa y volvió a la mesada para servirse uno ella también y luego sentarse a su lado, con la particularidad de que, para revolver el azúcar, tomó una cuchara sopera que apenas cabía en la boca del posillo y que tenía un mango enorme de plástico blanco y redondeado, casi más ancho que el dedo pulgar de Esteban. Cuando ella sacó la cuchara del café chupó la parte metálica para que las gotas sobrantes no mancharan el mantel blanco y mientras sorbía su desayuno, no soltaba el mango, sino que l...