Agobiada por la acidez de haber recibido el cambio de mileno con extrema efusividad, por los tragos, el baile y las risas junto a la familia de mi prometido que arengó con entusiasmo recibir el año nuevo en el campo, me senté el primero de enero por la mañana en el patio central donde daban todas las puertas de los cuartos de la antigua casa colonial, con una jarra llena de agua y abundante hielo, porque necesitaba apagar el fuego de mi estómago. El resto dormía y el sol no completaba el patio, apenas una pasarela de luz caliente irradiaba contra las baldosas en la otra punta indicándome que no eran más de las ocho de la mañana. Subí un pié a la silla y apoyé el codo sobre la rodilla dejando al descubierto la vulva por un costado del short confiada de mi soledad. A lo lejos escuché muy bajito el “aiñ” de la Ñoña. No le decía la Ñoña” en el sentido de ñoñez que se le solía dar en mi barrio a una incorregible nerd, esa era yo, sino que ...