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“Orgasmo espontáneo o de manos libres: también llamado extragenital no asistido manualmente, oral o externamente;  no relacionado con ningún sentimiento de deseo sexual. Más frecuente en mujeres que hombres.” Así lo dice la ciencia.

Ocurrió en una de esas jornadas intensas de ejercicio que la hermana  Geovanna nos sometía,  convencida de que así  aplacaría  los impulsos que  teníamos entre nosotras, similares a los que Susana y Emilia se  habían propinado mutuamente. Fue ahí que descubrí que los orgasmos se pueden lograr con mucho entrenamiento  o  que pueden asaltarte de improviso, en cualquier lugar, sin dejarte reaccionar acelerando la respiración antes, durante y después del clímax.

 Luego de dos series de abdominales nos hizo parar con las piernas apenas separadas  y extendidas para que subiéramos y bajáramos  los brazos y el torso del cielo al infierno en  repetidas  ocasiones, pero a  las cinco bajadas un fuego me subió desde los muslos hasta anclarse en la  pelvis,  entonces de  la nada, así como obra de Dios, de la misma forma que la Santa Teresa de Bernini recibió el Éxtasis como un rayo escupido por el espíritu  santo,   sentí entre las piernas el primer tincazo.

 Un golpecito azucarado y seco nacido desde un lugar indefinido cerca de mi coxis que me aflojó la carne.  Como si una mano interna   sostuviera  tenso y con fuerza el dedo mayor y  lo soltara dañino dando un topetazo  preciso sobre  mi clítoris.  Un golpe similar al que le daba yo a las hojas de papel tirante, sostenidas por Helena cuando teníamos hora libre. << ¿Cómo era posible que ese simple movimiento me produjera tan deliciosa respuesta? >>

Concentrada en que se repitiera, porque el hormigueo no se iba, dejé de oír las órdenes de la hermana  y seguí bajando y subiendo el torso para prolongarlo porque quería más, mucho más.

-          ¡¡¡JUDIT!!! – me gritó – ya cambiamos de ejercicio

-          Perdón hermana.  – dije despabilándome del trance.

Y para disimular el goce me arrodillé en el piso  fregándome la pantorrilla, porque hasta creo que largué un suave gemido en “aaah”

-          Si, si estoy bien chicas. Gracias. Solo fue un calambre. – dije sin levantar la mirada

Fue paradójico que el ejercicio que Geovanna  nos daba para  cansarnos y dejar de ser pecaminosas entre nosotras era justamente el que me devolvía un orgasmo que pocas veces pude replicar.

¿A cuánto estaba de la adultez en ese entonces? Si mal no recuerdo a un año o dos,  pero lo cierto era que ninguna caricia autoinfligida anteriormente desde la pubertad hasta esos días,  o recibida por algún noviecito lograba el efecto que este arrebato había alcanzado. Sin exagerar creo que hasta se me puso la vista en blanco,  como cuando te baja la presión solo que con un vértigo distinto, del que no me quería recuperar,  porque necesitaba  seguir en esa narcosis que me había llegado hasta las palmas de las manos. Suena psicodélico, pero fue real y así se sintió.

  Mientras volvía a casa, sorprendida de descubrir otra variante, un sabor distinto a los que  ya conocía, hice un racconto mental tratando de buscar la causa de ese maravilloso resultado y supuse tal vez que era porque adoraba ver como Susana se acercaba a la hermana Emilia  ignorando la presencia de todas nosotras, las alumnas del instituto que concurríamos cada sábado para dispersarnos en la  Escuadra de jóvenes exploradoras de María Auxiliadora, luego de una semana intensa de estudio en comunión con Dios.

 Susana era astuta, no hacía caso a nuestras miradas porque no éramos nosotras las que podíamos sancionarla, pero sí prestaba particular atención a los movimientos de la hermana  Geovanna, hasta creo que silenciosamente éramos cómplices, porque más de una vez le avisábamos con alguna mueca cuando la superiora se aproximaba. 

Cuando se sonreían muchas nos colgábamos mirando el sensual espectáculo, aunque  técnicamente no se tocaban, pero se sentía que el aire que las rodeaba  se entrelazaba compinche mientras  caminaban rozando apenas los codos.  Nosotras,  las más chicas del grupo, las más libidinosas e inexpertas nos dejábamos  hipnotizar  sin tener muy claro qué era exactamente los que nos gustaba de esa  eucaristía que  transitaban solas y a la vez acompañadas. Una mezcla de ternura y sexo implícito en sus miradas, en sus piñitas cortas sobre sus brazos, en sus chistes cuchicheados indescifrables, las gracias que Susana hacía para que Emilia riera  con la boca abierta y los dientes al  sol.  

Por mi parte jamás vi nada licencioso y me erotizaba la idea de alguna vez poder experimentar algo parecido a lo de ellas. Nadie podía decir que hacían algo indebido a pesar de la seducción recíproca.   Eran muy cuidadosas al respecto.  En una ocasión solamente, cuando el micro estacionó  en la entrada del camping del retiro espiritual que nos prestaba la diócesis para pernoctar una semana por  el campamento anual, Susana  se apresuró a tomarla del  brazo para que no bajara.

-          Deja que bajen todas, después bajamos nosotras – le dijo

Y la sostuvo de la cintura rodeándola con ambos brazos para hacer espacio en el estrecho pasillo entre butacas de cuero y respaldos altos.   <<¿Querían un momento a solas? Quién sabe.>>, el asunto era que fuera de eso, lamentablemente, nunca, jamás vi que se besaran o se acariciaran como imaginaba que hacían cuando no las observaba a la distancia los sábados en el patio.

Un día Emilia dejó de transitar los pasillos de la escuela. Como no queriendo aclarar mucho sobre los motivos de su desaparición y con pocas pulgas, Geovanna nos contestó  que la habían mandado a una misión a África,  a pesar de que todavía era novicia y se suponía que las novicias no viajaban, sino hasta después de estar casadas con Dios. Se rumoreó luego que la superiora estaba  tan  al tanto  como nosotras de la concordia entre Susana y Emilia.  

Después de que el obispado desapareciera a Emilia de la faz de la tierra,  Susana no volvió a sonreír y al tiempo desapareció también, pero en ese corto período hasta su retiro obedecía las órdenes de Geovanna con la cabeza gacha, como por ejemplo matarnos haciendo gimnasia  convencida de que así aplacaría nuestros instintos,  pero lo absurdo fue que  el remedio me dio más de la enfermedad: el tincazo, luego el calzón húmedo y pegado a los labios por ese moco transparente y viscoso distinto a los fluidos cotidianos.   Entonces, la escuadra de jóvenes de María Auxiliadora se había convertido  en un riguroso entrenamiento militar nada alegre  <<Quiere hacernos chivar para oler a sopa como ella>> Le dije a Helena, porque sí, todas las monjas tenían un olor asexual a sopa de cebolla cristalizada, menos Susana y Emilia, ellas olían a frecias y siesta tibia.

Ahora más de grande comprendo que los orgasmos pueden ser infundados, pero debo reconocer que después de ese momento sagrado en el patio de la escuela tuve una obsesión y  busqué se repitiera de una y cien maneras diferentes. Por ejemplo, no me perdía una sola tarde en el lavadero simulando cepillar unas zapatillas esperando que el lavarropas centrifugara para acomodarme en el ángulo de aparato. Respingaba la estatura en puntas de pie y apoyaba la entrepierna,  con jogguineta y todo, para recibir agradecida  ese fabuloso temblor sobre la vulva.

Una siesta como tantas otras  me recosté vestida sobre mi cama y metí la mano bajo la frisa  rosada. Corrí el calzón a un costado dejándome espacio suficiente para rascar los labios con mesura y a medida que mis uñas intensificaban el guitarreo, los quejidos se me escapaban libres de  saberme sola en la casa. Y las imágenes se formaban bajo los párpados: Susana lamiendo a Emilia. Emilia sentada en el banquito gris de cemento junto a la Santa Rita del patio de la escuela, levantándose la túnica blanca y calurosa. Emilia abriendo las piernas dejando al aire su entrepierna peluda, muy peluda como yo creía que la tenían todas las pupilas. Cuando, muy a mi pesar sentí que iba a acabar en escasos minutos, abrí los ojos y desde la cocina el empleado de mi tío que había entrado a buscar una botella de agua me observaba atónito, así que como si se tratase de un familiar que me condenaba con la mirada saqué rápido la mano de adentro del pantalón y lo miré también. Cuando notó que yo dejaba de respirar fuerte se acerco, metió medio cuerpo adentro de la habitación, tomó el picaporte y cerró la puerta. Desde mi perspectiva de adolescente no me parecía nada atractivo, ahora de grande entiendo que era un hermoso espécimen masculino; grandote, medio gordito, cara de bobo, tímido, siempre mal vestido porque en la herrería se ensuciaba mucho, zapatos pesados con punta de hierro aun en verano, algo tetón, siempre con el contorno de los ojos salpicados de un polvo negro con olor metálico.

Aunque parezca una obviedad, lo voy a contar igual, era cantado que desde ese día comencé a frecuentar el taller de mi tío, que antes ignoraba por completo,  para ofrecer mate o más agua, no porque él me gustara, sino porque temía que contara algo, no sé, a mi tío, a quien fuera. Con el pasar de los días, cuando la vergüenza se me diluyó el motivo fue cambiando y me gustaba se pusiera rojo como un tomate cuando yo me aproximaba y me sentaba en la mesa de trabajo. Era divertido acosarlo con mi sola presencia haciéndome la distraída.

-          ¿No tenés tarea que hacer? - me dijo una tarde sin levantar la vista mientras pulía una pieza específica.

-          No. Ya no. Hice todo lo que tenía que hacer – le respondí subiéndome a la madera gruesa - ¡Uy! Tiembla – dije riendo.

-          Porque encendí la amoladora y hace temblar la mesa.

-          En el taller no era frecuente que hubiese papel o alguna lapicera sin embargo fue hasta la improvisada oficinita de mi tío, agarró una lapicera rota, un  trozo de papel sucio y escribió <<Qué querés>>, le quité despacio la Bic negra de la mano y respondí <<No sé>>, luego escribió  <<Tengo 33>>, y retruqué <<No me importa, yo 17>>>  Luego de eso, apagó el aparato, apoyó las manos en el ángulo, estiró los brazos y miró al piso como si estuviese pensando tomar una decisión importante. Bajé de un saltito y le clavé un dedo suave en la costilla. 

-No me hagas cosquillas - dijo riendo

No pude saber de su pene más que con el tacto, no parecía grande y me tocaba mal pellizcando los labios y estirándolos hacia afuera. yo tampoco sabía mucho cómo se hacía así que tomé su pequeño miembro con la punta de los dedos y apreté, pero el me sacudió la mano indicándome cual era el movimiento que deseaba y lo repetí; luego los saqué antes que pudiera ensuciarme dejando que terminara sobre su calzón. Ahora que lo pienso bien creo que él tampoco tenía mucha idea de cómo tocar a una mujer, porque me pellizcaba con los costados del índice y el pulgar tomando todo lo que sus dedos le permitían y estiraba fuerte. No era muy agradable que hiciera eso porque además tenía las yemas ásperas y sucias, pero lo dejé porque lo único que quería era acabar de algún modo. Un gesto similar imitaba con su boca y mis pezones, porque no lamía lento y suave como me hacía Helena en los campamentos, sino que los succionaba haciendo sopapa con la boca y estiraba las tetas hasta que se le soltaban para luego mirar cuánto se me habían parado y que tan paspadas quedaban por el roce frenético de la lengua y sus dientes <<Rosadito, rosadito...>> murmuraba para él mismo. Después de eso, cada siesta me disponía a autosatisfacerme metiendo la mano bajo el pantalón y esperaba recostada con la puerta abierta a ver si Vicente aparecía para sacar agua de la heladera. 

En cuanto a los orgasmos de manos libres, creo que el celibato de las hermanitas salesianas tenía su magia y pude comprobarlo en esta pandemia que me aisló sin dejarme probar varón o hembra por muchos meses. No copular hace que tenga tincazos en la madrugada mientras duermo sola, a oscuras, en silencio, sin explicación, de la misma forma que aquella vez en el patio frío de la escuela, como si el cuerpo de algún modo me pidiera o recordara lo que está necesitando.

Jud Páprika 


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