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CONFESIÓN II: ¿LO VAS A COMER? ©

 




Si el video se tilda, salí del relato y volvé a entrar. A veces pasa.

Lo tomó del pelo para que no apartara la cara de su entrepierna y para asegurarse de que todo lo que saliera de su orgasmo le quedara depositado en la lengua. El primer calambre dulce le duró casi un minuto y cuando empezó a mermar, juntó las piernas para que los labios se le cerrasen y le pidió que se los apretara y sacudiera con una mano. Con el tembleque, la parte interna de los labios húmedos, masajeó una vez más al clítoris <<Apretá y sacudime la concha como sanguchito mi amor. ¡Sí! Así, así, así… como sanguchito...>> Así logró el segundo orgasmo. En el momento en que sintió que el hormigueo de este se le empezaba a escapar, tomó el brazo de su compañero y lo tironeó para que quedara arrodillado entre sus piernas, luego con un grito desesperado le rogó que la penetrara como un animal en celo, porque si así lo hacía, empujaría con fuerza el cérvix y fastidiaría al clítoris desde adentro, que todavía seguía inflamado por los dos primeros orgasmos. Los constantes golpes de glande hicieron que estallara en un tercero y cuando acabó, se le tensaron el cuello y las extremidades. Recién ahí cayó rendida, inconsciente. Alcanzar dos orgasmos era maravilloso, pero tres, la gloria misma.



No sabría decirte cuándo fue mi primera vez. O sí podría decirte, pero reniego de pensarlo como el eje de inflexión de un antes y un después.

¿Por qué?

Porque me resisto adherir a la idea falocentrista de que alguien es o deja de ser virgen cuando le mete el pene a otra persona o se lo deja meter. Es injusto que todo dependa de dejar entrar otro pedazo de carne en el cuerpo.

Sigo sin entender ¿Acaso el sexo no es eso?

Es mucho más que eso, es más que usar el pene.

Pero es así, es una convención social Judit, el pito no puede faltar.

¡Claro que puede faltar! Justamente, me revienta naturalizar cosas por convención ¿Quién las puso? ¿Por qué? ¿Desde qué parámetros?

Creo que se contestan solas esas preguntas

¿De verdad crees que se contestan solas? Mepa que te estás haciendo el pavo.

Pará la moto. Si nos preguntamos todo el tiempo el por qué de las cosas...

...no seguiríamos reproduciendo pendejeadas. Por ejemplo, qué pasa si en vez de meterse un pene o metérselo a alguien, uno se mete un objeto ¿Eso cuenta como desvirgue?

Si, claro, porque desvirgar es dejar de tener eso cerradito

¿Eso? ¡Bue! Vaya eufemismo ¿Desgarrar decís?

Claro, como que algo se rompe y sangra

¿A vos se te desgarró el pito cuando la metiste por primera vez?

No, bueno, es distinto.

Claro que es distinto, es una convención injusta y cercenada, porque en cada caso es distinto y porque uno deja de ser virgen con el orgasmo, no con el desgarro. Es decir, ya sea provocado o espontáneo por alguna circunstancia física o psicológica, esa es la primera vez; no meter o sacar el pito. Yo tuve sexo mucho antes de ser penetrada.

¿Y cómo es eso?

¿Lo del orgasmo? ¿Me estás jodiendo? dijo ella mirando las tapas de la mesa que él no tocaba ¿Lo vas a comer?

Tomá, no lo quiero. Me refiero a… ya sé qué es un orgasmo Judit, quise decir eso de tu primer orgasmo antes de ser…

¿Penetrada?

Me acuerdo patente, pero es muy largo de contar. Me da paja. ¿Y vos te acordás?

Mas o menos. De pendejo me despertaba mojado y no entendía por qué, igual no me acuerdo si me había gustado o no. Sí recuerdo bien esa especie de estado febril general en las mañanas.

Me refiero a tener conciencia de estar transitando un orgasmo, disfrutándolo y en ese lapso de tiempo, haber rogado que no terminara, no la eyaculación específicamente, sino desear que la contracción dure la vida entera.

¡Ah! Entiendo. Sí, a esa edad también, pero no lo tengo muy claro. ¿Y vos? ¿A qué edad tuviste tu primer orgasmo?

Dudo en contarlo. ¡Bah! tampoco es que me lo preguntan tanto. Solo vos me haces esas preguntas, porque sé que te calientan - risas de ambos y Judit procedió a burlarse ¿Cuaño fui ti primira viz Chudí?― más risas.

Pelotuda, yo no te lo pregunté así, además estamos los dos hablando de esto ¿No?

¡Bue! Ponele que no. ¿Te vas a comer esa berenjenita?

No, Tomá. ¡Contame! ¡Dale!

Gracias. Es que de hacerlo, mi mirada hacia vos cambiaría mucho.

¿Por?

Por dos cosas a raíz de qué te pueda excitar con lo que te diga.

Y como saberlo si no me lo contaste todavía. Creo que estás prejuzgando.

Si lo que yo te cuente te termina calentando por la corta edad en la que me ocurrió, entonces amigo estamos en un problema y paso. Prefiero no contarlo. Ahora, si lo que te caliente es la ingeniería sexual que implementé y cómo lo hice siempre a lo largo de mi vida, entonces sí, lo acepto y entiendo.

Sos vueltera eh. Dale ¡Que tanto misterio che! Ahora quiero saber más que antes.

El tema es que por mucho tiempo no lo conté, primero, porque nadie tiene por qué saberlo y segundo, porque temía estar haciendo apología de cosas que aborrezco, pero con el tiempo entendí que, de lo que yo cuente, poco tiene que importarme la reacción de los otros, más cuando es algo de mi historia, de mi persona. Creo que desde que hago públicos mis relatos, me dirimo eso ¿Está bien que escriba sobre esto o aquello? ¿No estaré incitando a algo incorrecto con lo que digo? ¿Y si un degeneradito lo entiende distinto? Igual, después de tantas relatos y dos novelas, me lo pregunto cada vez menos, pero nunca se me aleja del todo esa incertidumbre.

¿Culpa tal vez?

Sí. Tal vez.

¡Ay Judit! Uno no puede hacerse cargo de cómo lo toman tus lectores. En casos particulares sí, pero cuando se trata de la historia de uno, menos que menos. Vos mostrás tus relatos dentro de un marco determinado, que no es para todo el mundo, por eso mismo no deberías tener pudor de abrirte y más si es verídico. Cómo dijiste, es tu historia.

Exactamente, pero la culpa, la culpa… miró la vasija ¿Lo vas a comer?

No. Tomá

Gracias

¿Más cerveza?

Sí, dale. Gracias. Mirá, cuando te lo cuente vas a entender por qué tanto preámbulo antes de decirte lo de mi primer orgasmo.

Tranquila. Lo estamos hablando entre nosotros. Nadie escucha. El mozo está lejos, las papas fritas no escuchan - risa floja por el mal chiste.

Cuando empecé la primaria, mis padres decidieron mandarme a hacer gimnasia artística. No sé si pretendían tenerme todo el día fuera de casa, a la mañana escuela, a la tarde gimnasiay que llegara a la noche bien cansada; según me dijeron yo era calladita pero hiperactiva.

Me imagino

En esa disciplina la elongación es fundamental, además de la fuerza y si bien yo ya tenía mucha elasticidad por la edad, me exigían que me ejercitara con esmero. Después de varios años de práctica, un día abrí mis piernas como solía hacer para precalentar y apoyé el pecho en el suelo con la cara de costado, como si intentará escuchara el parquet. De la nada sentí un tirón muy intenso en los aductores que se trasladó serenamente hacia el abdomen bajo y cuando se instaló en el centro de mi entrepierna, estalló de una forma tan deliciosa que no quise levantarme por largo rato.


Si el video se tilda, salí del relato y volvé a entrar. A veces pasa.

Deseaba que esa cosquilla, ese calambre, ese coso rico que me hacía cosas que no sabía nombrar todavía, se quedara ahí para siempre. Levanté el pecho y quedé completamente abierta con los labios de la vagina apoyados en el piso, después junté las piernas y aparté un poco el culo del lugar inicial. El piso estaba húmedo, justo debajo de mi concha. No sabía lo que me había pasado, ni tampoco me interesó saber qué era o cómo se llamaba escalambre, solo deseaba que se repitiera. Volví a pegar la pelvis contra el suelo, pero con las piernas flexionadas, además de abiertas, los brazos estirados, así como una rana, o la posición de las patas traseras de una iguana y otra vez el estallido. Se me arquearon la espalda y la cabeza para atrás, y cuando terminé, miré para todos lados. Me aparté otra vez para que nadie sospechara que era mía la nueva aureola con una gotitas de pis contra el piso. El segundo fue mucho más intenso que el primero y casi me meo. Nadie prestaba atención a lo que yo hacía. Volví a sentarme y me agarré las rodillas. No sé por qué tuve ganas de llorar. Había sido hermoso pero una sensación de angustia inconmensurable se me instaló en el pecho «¿Te sentís bien?» me dijo la profe y la abracé. Se me caían las lágrimas, llamaron a mi mamá. Todo un quilombo. Yo sabía que no podía decirles qué había pasado.

Y si, disforia postcoital

No la llamaría así porque no hubo coito

Bueno, copulaste con el piso. Sí lo hubo.

Puede ser. No fue de forma convencional, pero creo que tuvo que ver más con mis músculos que con otra cosa. De grande pude ponerle nombre a todo, pero a esa edad no tenía idea de nada. Pensaron que estaba enferma, que me había desgarrado o algo así y me hicieron faltar a la escuela dos días. Como imaginarás, la angustia me duró un pedo y cuando quedé unos minutos a solaen mi casa, repetí los ejercicios en mi cuarto. Te juro que desde ese día y hasta los dieciséis años, no dejé de hacerlos.

O sea ¿Te pajeabas contra el piso abriendo bien las piernas?

Sí. Así de simple. Pero se me fue complicando con los años, por eso tuve que aplicar otras técnicas, porque con exigir los aductores ya no me alcanzaba. En un principio me ponía la calza sin bombacha debajo y me la encajaba entre los labios, pero al fregarme, la costura me los lastimaba. Otro día puse el cepillo del pelo y me senté encima. Muy duro y con la emoción de sacudirme para atrás y para adelante, los pelitos me pinchaban y me arruinaban el clima.

Hablás de técnicas como empirista, cuando solo se trataba de tu concha contra el piso

¡No! No banalices mi búsqueda, que gracias a esas prácticas es que conocí mi cuerpo y las formas de llegar al placer mejor que nadie. Gracias a ese estallido inicial y prematuro en el gimnasio es que empecé un raid para multiplicar los orgasmos. No es moco de pavo eh. Eso señaló otra tapita―  ¿Tampoco lo vas a comer?

Tomá él le alcanzó veloz la vasija sin importarle lo que les había servido el mozo, porque deseaba seguir escuchando las travesías preadolescentes de Judit que le habían provocado una erección descomunal y temió eyacular sin haberse acariciado siquiera. Entendió entonces eso de la culpa a la que ella se refería por contar intimidades de una niña; culpa por excitarse imaginándola con las piernas abiertas, agitada, aun cuando estaba seguro que nunca se calentaría con alguien de esa edad.

Gracias

¿Y después? ¿Qué más hiciste? Digo, hablaste de “otras” técnicas

Sí empezó a hablar Judit, masticando una aceituna negra después, ya más grande digo, cuando ya no me servía el solo hecho de abrir las piernas y fregarme contra el piso, empecé a poner un peluche de gansito que tenía el cuello alargado; algo similar a un faloPonía el juguete en el piso y me iba abriendo, dejando resbalar los pies en el piso lustroso hasta llegar a aplastarlo con la conchaAsí me fregaba. Rico, mucho más caluroso que el piso solo, porque la fricción de la tela peluda del muñeco y la licra de mis calzas me adormecían los labios, pero era rico igual.

¿Alguna vez te encontró alguien haciéndolo?

Jamás. De hecho, recuerdo un verano que me había obsesionado con abrir las piernas. Mínimo lo hacía tres o cuatro veces al día. Mis padres habían alquilado una quinta hermosa y gigante. Apenas llegamos, lo primero que noté fue el piso lustroso de la galería. Cada uno andaba en la suya, no se daban cuenta que mi entrenamiento en bikini bajo la galería tenía un fin, que no era elongar para no perder el estado físico hasta que retomara las clases después del verano, sino, hacer usufructo de esa nueva manera de causarme placer. Total, si alguien se acercaba, me tiraba para adelante y tapaba el peluche. Simulaba que hacía ejercicio ¿Quién iba a sospechar? En cuanto todos estaban metidos en la pileta, yo me demoraba y así de sopetón abría las piernas y dejaba la concha golpear contra el ganso, después me fregaba con las manos apoyadas y los brazos estirados. Fregaba, fregaba, fregaba y si se me antojaba, me paraba otra vez y repetía la caída. Con la bikini era más cómodo, podía metérmela entre los labios mejor que la calza de entrenar.

¡Que calentona resultaste Judit!

Mirá quien habla. Sabes, los orgasmos haciendo gimnasia son silenciosos, uno los reprime y lo que parece un gesto de fuerza, la cara roja, el sudor, la agitación, se confunde justamente con eso, la fuerza, no el orgasmo intrincado en la garganta.

Ya. Entiendo el punto.

¿Cuál punto? ¿Lo vas a comer?

No. Tomá

El de ser o no ser virgen.

Ah si. Bueno, ves. En ningún momento de mi iniciar sexual hubo penetración y no se puede negar que todo eso que te conté también es parte del sexo.

Bueno ¿Y tu primera vez..? Perdón, me corrijo ¿La primera vez que te la metieron?

Chancho y curioso rieron No. Ahora vamos que no llegamos a…. lo miró picara ¿Estas erecto?

Sí. No pude evitarlo y creo que si lo acaricio un poco por sobre el pantalón, largo toda la leche.

Te van a ver Judit miró para todos lados sin dejar de masticar Mirá, la primera vez que entró algo en mi vagina me lo metí yo, lo segundo fue el miembro de un hombre. Otro día te lo cuento mejor. Vamos que se nos hace tarde.

Él se paró y sin querer levantó la tabla de la mesa con la erección. Ambos se miraron y sonrieron. Antes de alejarseJudit volvió unos pasostomó de una de las vasijas un manojo de aceitunas y salió del bar masticando.

Mientras se dirigían al coche, él insistió en querer saber más de sus intimidades. Cuando puso la llave, pero aún sin hacerlo arrancar, ella hablo entre dientes.

Una verdura

¿Qué?

Si eso que oíste

No te escuché bien

¡Ay! No te hagas. No lo voy a repetir

¿Qué verdura exactamente?

Y siguió tirando opciones de todas las hortalizas fálicas que se le vinieron a la mente hasta que dio con la indicada.

Por Dios. Necesito saber todo lo que hiciste.

La próxima corazón. Arrancá que vamos a llegar tarde

Que cerda y gastronómica me saliste. Me encantas.

¡¿Gastronómica?! repitió Judit y se le escapó una carcajadas.

Luego de terminar las diligencias de esa tarde, fueron a la casa y se se zambulleron en la suavidad de la siesta. Ya en la cama, con voz íntima ella le dijo:


Si el video se tilda, salí del relato y volvé a entrar. A veces pasa.

Tenía un novio que no hacía más que besarme y tocarme tímidamente. Él era virgen también, en el sentido que vos entendés por virginidad, en cambio yo ya había comenzado mi búsqueda mucho antes. A veces escuchaba hablar a mis amigas sobre cómo lo hacían con sus novios y tuve curiosidad por sentir una penetración. Intenté por varios días estimular a mi novio para que se anime a metérmela, pero no hubo caso. Así que una tarde de siesta, fui hasta la heladera, tomé la hortaliza en cuestión, le puse aceite, volví a la cama, abrí un poco las piernas y me la metí. Dios, se sintió horrible. No entró toda, porque era muy molesta. Cerré las piernas con mitad de la zanahoria afuera y esperé a ver si algo placentero estuviera por pasar, pero nada. La penetración me pareció sobrestimada, un verdadero fiasco. Sin sacarla empecé a acariciarme el clítoris y cuando acabé, naturalmente, la vagina ya mojada, succionó el resto de la zanahoria y esta resbaló con soltura hasta desaparecer. Recién ahí le sentí el gusto a la penetración, pero al sacarla estaba manchada de sangre.

Luego de escucharla él se destapó para mostrarle la enorme erección que le había provocado saber de sus antiguas búsquedas y para entregarse a sus directrices, porque ella sabía, casi como una coreografía estudiada por años, cuáles eran los pasos indicados para alcanzar el cénit del placer. Cómo un alumno aplicado y sin hacer preguntas la obedeció. Obedeció en cómo chupar, en cómo apretar los labios y sacudirlos, para luego penetrarla sin piedad cual sátiro dionisíaco; porque mientras empujaba el pene, intentaba construir con el pensamiento, cómo sería oler aquel peluche o pasarle la lengua a la aureola de flujo refractada en el piso lustroso de la galería. Su legua limpiando el piso. Su cara desde abajo, viendo cómo Judit se le acercaba y se le despegan los labios. Su cara en lugar del ganso resistiendo el golpe de concha contra su boca. La boca abierta para recibirla y la lengua estirada, esperando desvirgarla de la forma que él entendía lo que era desvirgar.

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