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JUAN, MI EX CUÑADO. ©

 

Agobiada por la acidez de haber recibido el cambio de mileno con extrema efusividad, por los  tragos, el  baile y las risas junto a la familia de mi prometido que arengó con entusiasmo recibir el año nuevo en el campo, me senté el primero de enero por la mañana en el patio central donde daban todas las puertas de los cuartos de la antigua casa colonial, con una jarra llena de agua y abundante hielo, porque necesitaba apagar el fuego de  mi estómago.

El resto dormía y el sol no completaba el patio, apenas una pasarela de luz caliente irradiaba contra las baldosas en la otra punta indicándome que no eran más de las ocho de la mañana. Subí un pié a la silla y apoyé el codo sobre la rodilla dejando al descubierto la vulva por un costado del short confiada de mi soledad.

A  lo lejos escuché muy bajito el “aiñ” de la Ñoña.  No le decía la Ñoña” en el sentido de ñoñez que se le solía dar en mi barrio a una incorregible nerd, esa era yo,  sino que usaba el mote peyorativamente y a sus espaldas, porque repetía esa sílaba al iniciar toda frase o aplicaba la ñ de forma extraña en las palabras “¡Aiñ! esto está muñ cañiente Juan”, “¡Aiñ! No hay otro, este ño me gusta Juan”.  Aunque el Aiñ lejano, esta vez,  tenía otro volumen, eran repetidos  ¡Aiñ!, ¡Aiñ!, ¡Aiñ!, así que giré la mirada hacia uno de los cuartos de donde venía el sonido y descubrí que detrás de una de las hojas abiertas de la puerta doble Juan se impulsaba frenético dentro del cuerpo de la Ñoña y que en cada empujón esta  largaba su caluroso gemido particular, es decir, que no solo usaba su ñoñez en sus fastidiosas frases domésticas sino que también lo aplicaba al copular. <<Con la cantidad de cosas que le diría yo a Juan de estar en su lugar>> repuse en una ráfaga de pensamiento.

Me colgué mirándolos a lo lejos, porque los cuerpos horizontales y grises por la sombra del cuarto se veían hermosos sobre la cama. Él sobre ella apoyándose de los hombros a los muslos. Ella con las piernas no muy abiertas, tampoco las usaba para rodearlo por sobre su espalda.  <<Qué astuta>> Lograr que Juan entre con su mega verga dejando las piernas paralelas y descansadas.

 No abrirlas demasiado hace que los labios no se despeguen del todo y se sienta a la perfección cuando la cabeza irrumpe para hacerse lugar entre los pliegues. Friega la  delantera en el entrar y salir. Abrirlas mucho aparta los labios y quitan la sensibilidad que estos confieren hacia el clítoris.


Tuve un antiguo novio que estaba obsesionado con abrir mis piernas mientras miraba cómo me penetraba lento y de a ratos se aceleraba para luego preguntarme si me excitaba que él llegara muy al fondo de mí vagina con la punta de su verga. Le contestaba por cortesía que sí, pero sinceramente podía estar leyendo un libro  mientras él hacia lo suyo porque sus vaivenes me daban lo mismo. Nada más frío que el morbo masculino de penetrar la carne sin otro oficio que ese: atravesar un agujero. Mi agujero. Me distraía y  me alejaba su falta de sensibilidad y de información al suponer que me haría acabar conforme entraba profundo, como si yo tuviera el clítoris en el cérvix ¡Qué tipo estúpido, por Dios! Obviamente nuestra relación flotó al fracaso más rápido que un pedo de buzo.

Supuse que el espectáculo era casual y por las dudas tomé de la mesita la lima de uñas por si necesitaba hacerme la distraída arreglándome las manos, por si alguno de los dos descubría  mi presencia, pero nada de toda la escena había sido ocasional, él sabía que escucharía a su novia gemir luego de verme sentada y medio dormida.  Al quedarme mirando pero sin mirar, como cuando se direcciona la vista hacia un punto pensando en otra cosa que poco tiene que ver con lo que se mira, “Colgada” digamos,  Juan arqueó su espalda y tiró la cara hacia atrás asegurándose de que seguía atenta y cuando nuestros ojos se cruzaron no pude disimular arreglarme las uñas sino que se me aflojó la quijada y abrí la boca involuntariamente, entonces él lanzó divertido una media sonrisa.

 Creí que su exhibicionismo tenía un límite, pero luego,  asegurándose con besos que ella no girara y siguiera ignorando mi presencia,  se sentó en el borde de la cama y la condujo con manos amables a arrodillarse en el suelo para poner su cabeza entre las piernas y que comenzara a mamarlo rápido sacudiendo la melena oxigenada; o sea que no solo me mostraba cual era el rictus de su cara al sentir placer sino que exponía la espalda y el culo de La Ñoña que subía y bajaba tragando el tronco entre gemidos. Él impaciente, algo agresivo la sostuvo de los pelos con ambas manos para acelerar la consumación sin dejar de mirarme hasta que revoleó los ojos y se olvidó del mundo, pero antes que acabara la Ñoña se paró, desapareció dentro del cuarto, volvió con un estuche negro de donde sacó  una especie de tornillo con los bordes y las puntas suaves y redondeadas, más largo que un consolador pero también mucho más fino y se lo introdujo en la uretra hasta hacerlo desaparecer. Me erizó la piel de la impresión como cuando se observa a un faquir meterse una espada por la boca hasta el estómago, pero luego quedé fascinada de ver salir a borbotones gotas de leche con tan solo dos movimientos mientras la verga empujaba sola el tornillo hacia afuera. La Ñoña, a quien yo despreciaba y mencionaba peyorativamente, se había ganado mi absoluto respeto y la hubiese felicitado por su capacidad de  hacerlo acabar con tan poco esfuerzo de no ser que realmente ignoraba que en ese raid éramos tres y no sólo ellos dos. De ahí en más comencé a llamarla por su nombre y olvidé el apelativo “Ñoña”

...

Lo había conocido el año anterior cuando asistí por primera vez, junto a  su hermano, a la casa de sus padres con la finalidad de conocer a la familia completa y que ellos me conocieran a mí como la prometida de Franco. Al ver  el rostro de  los hermanos descubrí que la persona que consideraba hermosa en un principio y de la cual me había enamorado, resultaba ser una versión diluida de la belleza, porque entre hermanos siempre hay  uno que concentra los rasgos más definidos, los  más agraciados y es el más virtuosos; entonces una leve decepción me acaparó y pronuncié mentalmente <<¿Por qué carajo no conocí primero a mi cuñado  en vez de a mi novio?>> Así fue como supe de Juan y cruel asumir que una importante cuota de amor por Franco se disolvió al saber de su existencia.

Al continuar la charla de sobremesa con la familia, me compadecí de la matriarca al imaginar lo difícil que debió ser criar cinco hijos varones todos con menos de dos años de diferencia.  Así que ese primer asado familiar, gravitó entre risas y anécdota graciosa sobre las peripecias que había hecho ella para educarlos sin un padre presente en un pasado no tan lejano y como ellos, todos, le estaban amorosamente agradecidos.

Mientras retiraban los platos para seguir con el postre algunos se pararon y él también. Giré para observarlo de lejos, pero  ya me estaba mirando así que aparté la vista de inmediato. Sus pupilas perforaban mi sien entonces volví a hacerlo. Bajó los ojos a mis tetas y volvió a mi cara, entonces yo, ni corta ni perezosa,  bajé los míos hasta su entrepierna y también volví a su cara.  Finalmente terminó la conexión sacudiendo la cabeza  mientras con la mano reafirmaba la hebilla de su cinturón. Era una incomodidad que le había encantado como a mí me había encantado él, o como me encantó luego que apenas me metí a la pileta él se sumergió apoyando los codos en el borde para estar cerca sin estar juntos y no salió del agua hasta que yo lo hiciera. Inclusive me alcanzó la toalla y me rodeó con los brazos para cubrirme sin tocarme siquiera. ¿Podía interpretarse como el gesto de un pajero?  Sí, pero también me había parecido amable.

 

Los ojos son más íntimos que los genitales, no por el cliché de que “son la puerta del alma”, que en parte es verdad, sino porque revelan los  pensamientos, los deseos, las intenciones, buenas o malas y hay ojos que son engañosos, ocultan los verdaderos propósitos; a esos ojos los ignoro por completo, los evito.  Con los olores pasa lo mismo; así como la mirada están los que atraen y otros que generan rechazo sin motivo ni explicación. No es el perfume, es otra cosa y Juan olía rico, un perfume que me imantaba cada vez que nos saludábamos con un beso de mejilla en los posteriores encuentros familiares. O como olía mi entrepierna luego de tenerlo cerca.  Diferente, el flujo de la calentura huele diferente y  tiene una consistencia transparente similar al preseminal de un hombre hirviendo. Clara de huevo cruda, pegajosa y perfumada “olor a caliente” que me pega el calzón a los labios y hace hilos cuando lo separo.   

Los ojos y el perfume de Juan eran verborrágicos,  terriblemente comunicativos. Recuerdo la segunda vez que vez que tuvimos una conexión ocular. El mismo día en que mi actual ex esposo me lo había presentado, luego del almuerzo pasamos al living porque los hermanos insistían en ridiculizar a Franco con fotos de su infancia.  Juan se quedó parado detrás del sillón con la punta de sus dedos dentro de los bolsillos y acompañaba el escrache presente, pero distante mientras los convidados hurgábamos entre carcajadas  las imágenes sobre la mesita ratona. Cada vez que yo levantaba la mirada él me dirigía la suya con intensidad. Ahí comprendí la causa de su  distanciamiento, deseaba decirme algo sin que el resto lo notara. Otra vez, bajó las pupilas brillantes hacia mi escote y volvió a mis ojos con un pestañeo lento y respondí el mensaje una vez más  bajando las mías a su bragueta para luego clavarme en su cara. Cuando vio que era reciproco, se disculpó del resto que no le prestó atención y se retiró de la sala subiendo las escaleras.  Hubieron otros encuentros familiares donde procuraba repetir esa conexión, pero decidí cortarla cuando meses después presentó a todo el clan su nueva novia: la Ñoña.

Lo ignoraba, estaba enojada, celosa, ofendida y sentía su mirada siempre que nos cruzábamos, pero en vez de devolvérsela como hacía en un principio,  me hacía la distraída para “sin querer” rascarme cortito el escote con las uñas rojas. Siempre que yo hacía esto él se retiraba al instante.  Una de esas veces, cuando su interés era evidente decidí terminar con el castigo y le devolví una vez más la mirada haciendo el mismo recorrido del día en que nos conocimos y entendí que sus manos en los bolsillos eran para apartar el pantalón de la pelvis y  disimular como la verga se le desplegaba por un costado de la ingle  luego de mirarme las tetas.

...

Para el diez de enero muchos habían vuelto al centro de Buenos Aires a retomar sus actividades y en el campo quedábamos unos tíos, su madre, él y yo. Franco desde el cinco se había despedido dejándome en compañía de su familia. Esa misma noche supimos que si soportábamos el sueño y esperábamos que el resto se acostara antes que nosotros, quedaríamos a solas sin levantar sospechas. Fueron  extraños los primeros minutos porque no supimos de qué hablar entonces  lanzó:

-          ¿Qué tal tus cosas? ¿Bien? – y rió por la ridiculez que estaba preguntando, como si no supiera de mi vida siendo que desde el treinta de diciembre compartíamos la casa.

-          Y, complicada – dije bromeando – el agua de la pileta tiene demasiado cloro, la cerveza no está tan fría como me gusta…problemones ¿Viste?

-          …mi hermano, digo, tu novio te dejó sola desde hace cuatro días…

-          No. Sola no estoy. Está tu mamá, tus tíos…

-          …estoy yo.

-          Estas vos. Ves, sola no estoy.

-          Si lo sé. Me refiero, sola a la hora de dormir.

-          Mejor. La cama toda para mí.

-          ¡Ah! Pensé lo extrañabas.

-          Claro que lo extraño, pero es cómodo estirar las patas en toda la cama

-          ¿Y qué más te gusta hacer sola en la cama?

-          Mirar la tele, leer un poco…-respondí esquivando el punto.

-           ¿Nada más? – dijo haciéndose el pillo.

-          ¿Y qué más crees que hago? Decime vos – le respondí decidida a dar vuelta la charla  para que lo que esperaba que yo dijera lo terminara diciendo él.

-          ¡Em! No sé.

-          Sí sabés. Por eso preguntás. ¿Qué suponés que hago? Dale, decí.

Sonrió sin atreverse a responder y miró el vaso vacío al que se aferraba. Estiré la mano sosteniendo también el vaso, apoyando los dedos sobre los suyos, como si su mano no existiera y le serví cerveza con mucha espuma porque entendí que no lo reclinaría para evitarla, porque estaba anclado sobre la mesa con el brazo tenso. Ambos sabíamos lo que me había mostrado diez días antes en esa mañana del primero de enero,  ambos sabíamos que la mamada de la Ñoña había sido en mi honor.

Cansada, aburrida de las idas y vueltas, de las miradas, de los tributos sin tacto, le dije:

-          Sí, hago muchas cosas sola sin tu hermano.

-          Me encantaría saber – dijo sin despegar la vista del vaso

Luego un silencio tenso.

-          ¿Sabés lo que es el petting?

-          No. ¿Qué es?

-          Sexo sin penetración y siempre pensé ¿Si yo hiciese petting con otra persona? ¿Le estaría siendo infiel a Franco? - Dije haciéndome la ingenua sabiendo que la infidelidad es una combinación de cosas que completan la traición independientemente de que haya o no penetración.

Extrañamente se había puesto tímido, nada conocido al Juan del living mirándome las tetas u ocultando la erección con las manos en los bolsillos. Tal vez le excitaba más la fantasía que la realidad, así que me acerqué a su silla, me recliné y lo besé suave y húmedo. Sin palabras se paró, me tomó de la mano y con parsimonia caminamos hasta mi habitación, pero en la puerta le dije que mejor fuésemos a la suya.

Recostados en la cama, con la ropa puesta metió la mano por debajo de la remera hasta agarrarme una teta con la palma completa. Me besaba lento y esperé a ver qué más hacía. Como no avanzaba más que eso y tampoco fregaba el pezón pero su erección era notable, le bajé la bragueta y saqué su pene para observarlo desplegar la cabeza por debajo del cuero. Luego le pedí que se sentara en el borde de la cama, exactamente en el mismo lugar donde se lo había mamado la Ñoña y lo chupé arrodillada en el suelo en la misma posición, cerciorándome con la mirada que el estuche negro estuviera sobre la cómoda, entonces él, entendiendo mi intención de recrear la escena, salió unos segundo de adentro de mi boca para pararse a cerrar la puerta, porque una vez más había quedado abierta. No fuera cosa que alguien nos estuviera viendo.

By Jud Páprika


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Comentarios

  1. Tus relatos nunca decepcionan, por cierto, te envié un correo, lo leíste?

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  2. Que buen relato, me encantó, ya quisiera ser Juan para que me la chuparas 😘

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  3. Una verdadera lástima no disponer de más relatos. Justo termino de leer este, el último, con la verga bien dura y húmeda una vez más.

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  4. Preparo libro amores, en breve les aviso. Me gustan sus comentarios. Más lindos ustedes...😘😘😘

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  5. Guaoooo como das vida y sensación en tus relatos..magica tu pluma y tu pensamiento

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