MANTEQUITA © (BDSM)
Apiló dos almohadas en el centro de la cama como simulando un cuerpo más que nos acompañaba y me ordenó que me acostara boca abajo sobre los cojines mullidos. El apoyar las tetas me alivió inmediatamente el dolor de espalda con el que convivo desde los trece años por la fuerza que ejercen los 1200 milímetros de delantera y que me encorvan la pose hacia adelante cuando no presto atención a cómo coloco los hombros. Se arrimó por detrás y lejos de montarme como pensé que lo haría, dada mi pose de perrito esponjoso, se recostó sobre mi espalda con cariño y me dijo al oído cosas dulces que decidí creer de momento, al menos por ese rato en el que jugábamos a que éramos una de esas parejas que se juran amor eterno, algo momentáneo y parecido a las comuniones raras que pactan las personas monógamas que confían ciegamente el uno en el otro. Olvidamos por una hora a su esposa y el inminente amorío que...