EL MEJOR ALUMNO ©
Arrodillada frente a sus piernas le lamía la cabeza. Desde abajo lo veía
cerrar los ojos, tirar la nuca hacia atrás y volver a mirarme. Supuse que la
imagen era para él más que afrodisíaca y que recabaría ideas para estimularse en
el futuro solo o con alguien más. Recuerdo las palabra que intercalaba con
gemidos <<¡No! ¿Qué me hacés? ¡uff
que rico!!>> Recuerdo pensar <<Pero
si solo se la estoy chupando, tampoco es para tanto>> y recapacitar
que sí era para tanto, porque no
importaba qué hiciera sino a quién se lo hiciera. Entendí que tal vez estaba acostumbrada
a hombres avezados que habían recibido infinidad de mamadas, pero él no. Era la
primera vez que alguien le lamía “algo”.
El cuerpo tenso, subiendo y bajando la cabeza del techo a mi cara y viceversa, apoyando sus manos abiertas sobre la ingle
sujetándose los huevos con la punta de los dedos. Temblaba de a ratos. Cuando sentí con la lengua que la sangre de
las venas se le aceleraba, porque sí, se puede sentir el latido con la
boca, me paré junto a él muy pegada, apoyándole una teta sobre su costal izquierdo, lo rodeé con un brazo por la cintura, con la otra mano le sostuve
la verga y rematé el momento sacudiéndosela
hasta que largó cinco intensos chorros de leche muy espesa, muy blanca
sobre la cerámica. Lo miré con cara de “nada”, pero con ojos perversos, atenta a
sus reacciones.
Había algo de vampirismo en ese oxímoron de la escena, por un lado él aflojándose de placer parado con su verga en
mi mano, sin percatarse que lo miraba alerta como un cuervo a su presa, y por otro yo con apariencia imperturbable escondiendo el interior convulsivo, tratando de que mi
Nosferatu interno se apaciguara de tener enteramente para mí tal porción de
hombre nuevo. Tal vez una especie de
equilibrio para regular el hambre, sacar las ganas de a migajas, porque no quería que terminara todo
intempestivamente y temía que los años de espera para este encuentro se
vieran desperdiciados en minutos. No podía permitirme tal torpezas, no de mi parte
al menos y uno de los dos debía controlarse.
Se sentó en la cama
con la cabeza goteando las últimas chispas de su debut y me miró sonriendo.
-
¿En serio
nunca…? – dije sorprendida sin completar la pregunta
-
¡¡No!!
Jamás – respondió mientras se paraba para besarme.
El sábado de la semana anterior había ido a mi casa como venía haciendo
desde hacía tres veranos, momentos en que lo ayudaba a preparar sus exámenes
para el ingreso a la universidad. Nos
sentábamos bajo la parra que setenta años antes había puesto mi abuelo apena
puso un pie en la Argentina. La parra
era tan tupida que no permitía pasar el agua entre las hojas y me dejaba
desplegar los papeles con tranquilidad cuando llovía. Ahora que lo pienso creo que los italianos no
pueden vivir lejos de las uva, ni de la oliva ni de los tomates, supongo que yo
tampoco. Parecía ser el lugar más fresco
y silencioso de la casa seguramente porque estaba muy al fondo del patio.
Repetí mi chiste estúpido diciendo <<Pasá a mi despacho>> como si se tratara de una oficina, si bien estaba a la intemperie, aunque en algún punto era cierto si se considera despacho al lugar de trabajo y yo lo usaba para dar clases particulares. Una mesa de mármol con un pie de metal torneado que era la antigua máquina de coser de mi abuela, quién llegó también escapando de la guerra un año después que mi abuelo con mi madre en brazos. Un pequeño mantel blanco bordado, la jarra de jugo con hojas de menta y el infaltable mate caliente con “shushitos”, siempre caliente, sin importar la temperatura de enero en Buenos Aires.
Día por medio, todo ese mes, cada tarde yo abría la puerta, él
ingresaba, caminábamos costeando la casa
cuarenta metros hasta la mesita del fondo, dejaba la moto contra
el tapial, tomaba algo fresco, lo que eventualmente yo le ofreciera, se sentaba y
abría la mochila paras sacar los apuntes. El calor siempre era tema de
conversación. El mismo ritual cada verano de los últimos tres años, porque en
febrero eran las mesas de examen, las
que hasta ese momento no había podido superar.
- Yo no
entiendo que haces. Porque leímos todo y cuando me llamaste el año pasado para
decirme que habías desaprobado otra vez me sentí horrible, la peor profesora.
–le confesé resignada.
- ¡Neee! No
es culpa tuya. Además cambiaron el examen – respondió
- Y sí, no
van a dejar el mismo del año anterior porque se copiarían. Y si no es mi culpa
entonces es que no me escuchás cuando te leo o te explico –
- ¡A bue!
¿Me vas a cagar a pedos ahora? – dijo con confianza
- ¡¡¡Sí
Pablo!!! No podés ser tan bolu…bolas.
- Ibas a
decirme “boludo” lo sé, lo sé, decilo. Si soy re boludo – dijo riendo
- Horas
explicándote al “cuete”, prestame atención porfa ¿Sí? Sino te vas a recibir
junto a tus nietos. – retruqué seudo
enojada
- ¿Te imaginás?
– lanzó una carcajada. – Hacemos combo, vengo con mi
nieto a estudiar y pagamos dos por uno.
- ¡Ah no, si
sos de chistoso vos! – agregué con sarcasmo – Dale arranquemos
Nunca quería leer y para hacerla corta y porque me aburría insistir que
lo hiciera comencé yo y frenaba cada dos o tres párrafos para preguntarle qué había entendido de lo que
había escuchado. Jamás contestaba mal hasta podía hacer un breve análisis
con los teóricos y mientras lo escuchaba trataba de entender qué le pasaba en
el momento del examen siendo que conmigo respondía perfectamente. Qué especie
de ente se apoderaba de su razón que no lo dejaba desplegar estas conjeturas.
A la hora y media, me paré para ir hasta la cocina a buscar más hielo y calentar el agua del mate. Atravesé
todo el parque con el termo y la jarra en las manos. Después de cinco o seis minutos desde adentro miré a
través de la ventana y lo vi sentado acoquinarse en la silla, acomodarse algo en su
bajo vientre, subirse la remera, asomar el glande por sobre la cintura del short colorido, desatar
el cordón, mojar un dedo con su boca y pasarlo despacio por la cabeza. De a ratos levantaba la mirada para asegurarse
que no lo estaba viendo nadie porque se creía solo, pero imagino que no quería
ser descubierto y no supo que mi conexión astigmática era camuflada por el
mosquitero, un tender, otras plantas y un costado de la cortina. Inmediatamente
se me vino a la mente un recuerdo de la adolescencia cuando vivíamos en el campo. En
frente teníamos un vecino, Don Mario, un hombre muy loco y viejo. El barrio lo
evitaba, justamente por eso, estaba completamente loco y alguna que otra siesta
se paraba junto al arbolito de su
entrada para sacudirse la verga mientras hablaba al aire con sus
demonios. Movida por la escopofília, casi como desde una platea preferencial, me sentaba detrás de la ligustrina con un
libro, para hacer de cuenta que leía, pero lo espiaba entre las hojas porque
necesitaba saber cómo era esa porción de
varón que todavía, y por mi edad, no había conocido.
Pude haber vuelto a la mesita del fondo enseguida, pero quería seguir mirando, así que apreté el botón de la pava eléctrica para apagarla y ahí permanecí
atenta a ver qué más se animaba a hacer.
Repetía este gesto de mojarse el dedo y acariciar la cabeza a cada rato y no se
permitía desplegar ninguna mueca de placer con la cara. Tenso y caliente
vigilaba que nadie lo cachara por su
travesura. <<¿Qué hago?>>
pensé, y me pareció muy pretencioso
creer que lo tenía “Servido en bandeja”
como decimos los argentinos, porque tal vez solo le gustaba el vértigo de no
ser descubierto. No encontré respuestas
a como volver al patio, solo se me ocurrió meter las manos por debajo de mi
sostén para pararme las tetas un poco, pero la remera no me permitía mostrarle el
escote. Quería tirarle un anzuelo. Corrí
hasta a pieza, tomé una musculosa cavada, no escotada adelante sino a los
costados que me permitiría mostrar apenas más de lo correcto y salí con el
termo, la jarra llena de hielo y puse cara de “Jamás te vi pajear desde
mi cocina”.
- ¿Te
cambiaste? – dijo observador
- Si. Me
salpiqué sacando hielo…
No dijo nada, solo sonrió. Retomamos la lectura, o hicimos que
retomábamos la lectura y lo que menos hizo fue seguir las letras de su apunte
con la vista. No lo veía pero me daba cuenta que más allá de su hoja de estudio
perfilaba la mirada a mi teta que asomaba apenas por el costado mostrándole el
lunar enorme que tengo sobre el ceno izquierdo. Terminamos con Piglia y sus
teorías del cuento, enderecé la espalda,
estiré los brazos y bostecé ampliamente.
- ¿Entendiste
algo? – le pregunté
- Sí – tenso sin mirarme a la cara
- ¿Y qué
entendiste?
- … (subida
de hombros)
- Ay Pablo!
Estás re boludo. Prestá atención cuando leo, sino…- dije fingiendo no saber que
pensamientos acaparaban su cabeza.
- Si es
que…tengo problemas – mintió muy mal –y no sé qué me pasa. No me dejan pensar.
Cansada de las vueltas, corrí los apuntes y apilé sobre la mesa un puño,
otro puño y el mentón.
- Yo sé lo
que te pasa – lance´
- ¿A si? ¿Y
qué me pasa? ¿A ver?
- Te vi
- ¿Mmm? ¿Me
viste? …¿Cuándo? ¿Cómo? De qué… ¿Eh?
- Desde la
cocina, recién. Te vi.
Sus manos agarraron fuerte los apoyabrazos de la silla y su expresión
era de terror, temí quisiera irse. Trató de aclararme que se estaba acomodando
porque le apretaba la cintura del short y cuando se tapó la cara con los
papeles para reírse y luego disculparse, lo interrumpí diciendo:
- Tranquilo,
me gustó…mucho.
En ese momento tuve la certeza de la descabellada hipótesis que me venía rondando la cabeza hacía tiempo sobre cuál era la verdadera razón por la que venía a estudiar a casa tan seguido: él no
necesitaba ayuda para ningún ingreso, necesitaba verme. Supuse tal vez que juntaba estímulos para luego desahogarse con alguna novia o que era yo el vino que le
maceraba las peras para luego comérselas solo.
Dije alguna cosa, no recuerdo
exactamente qué aclarándole que a veces el deseo es normal, que es señal de que
estamos vivos, que no desear es lo peor que nos puede pasar en la vida porque
es como estar vegetando, como un coma estando despiertos. Me escuchaba
atentamente y se arrimó confidente a la mesa de mármol imitando mi pose. Apoyó puño, puño y mentón y me lanzó un beso cortito al aire que respondí con una
sonrisa amplia.
Me enderecé apoyando la espalda sobre el respaldo blanco, saqué mi pie
del crocs lo pasé por debajo de la mesita de mi abuela para apoyarlo sobre su
silla cerca de la entrepierna, entonces se enderezó también abriendo las
rodillas, dejando que lo rosara pasando la planta como un parabrisas por sobre
el short. Se sentía rígido, vertical, tibio. Reíamos entre tanto. Trataba de
sacarle charla y nos divertía descubrir que no podía hilar una sola frase coherente entre suspiros. Estaba desconcentrado, yo en cambio
completamente lúcida. Cuando concluyeron los últimos minutos de clase, saqué el
pie rápido y dije:
- Tenés que
irte. En cinco minutos llega otro alumno. Ya es la hora.
- No
pero…cancelalo. Sigamos – dijo desorbitado - ¡Por favor! Mirá como estoy
- No, no
puedo cancelarlo lindo. Lo siento.
- ¡Dale!
Dame el pie – rió de escucharse pedirme un pie.
- - Ya haremos
algo, pero no acá. En mi casa no.
- ¿Y dónde?
- No sé
todavía. Te aviso.
- No pero…-
dijo sin insistir más.
Ninguno dejó de sonreír un
instante, era chistoso y excitante verlo. Se paró con dificultad con una carpa
evidente, caminó hasta la moto y la empujó por el largo pasillo hasta la
salida arrastrando los pies con desgano. Tomé el picaporte y abrí.
- ¿Hablamos?
– dijo saludándome con un beso espeso en la mejilla
- Dale.
Hablamos. – y cerré.
El Tetrapillón era un hotel pulcro que alojaba eventualmente algún que otro turista. Una conserjería pequeña escoltada por las rejas negras de una escalera de mármol travertino blanco que ascendía como máximo hasta el cuarto piso. No había ascensor y al subir se podía sentir el frío de las paredes con historia, como los edificios antiguos de principios del 1900 con aire a convento, a hospital vacío. Las sábanas eran de algodón blanco con olor a plancha. Y la habitación no contaba más que con una cama de hierro, escoltada por dos mesitas de luz con sus respectivos veladores y desde el techo una hermosa lámpara de cristal transparente. Sobriedad, frescura, un ambiente nada recargado que dejaba respirar con facilidad.
Apenas atravesé la puerta, dejé
el bolso en el suelo, me saqué las sandalias, rodeé la cama y me tiré de
costado dejando los pies afuera. Hice un repaso mental de la ropa interior que
llevaba puesta. Estaba todo en orden. A los pocos minutos escuché un trote que
se acercaba subiendo la escalera de a dos escalones. Entró abriendo lento la puerta, asomó primero
la cabeza, después pasó el resto del cuerpo despegando apenas la hoja de madera que cerró rápido y saltó
junto a mí para besarme.
- ¡Qué asco!
– aparté la cara.
- ¿Qué pasó?
– respondió sorprendido
- Tenés olor
a cigarrillo
- ¡Uy
perdón! No sabía que no te gustaba.
- No perdoná
vos – suavicé el tono – es que me gusta besar y no tengo sexo sin besar. ¡Odio
el cigarrillo! No sabía que fumabas.
- …(subida
de hombros)
Corrió al baño y salió mascando chicle. Yo seguía acostada mirando el
techo. Volvió a acompañarme y comenzó a besarme lento con su cara sobre la mía.
Se notaba que tenía la energía muy alta.
- ¿Qué
hacemos profe?
Seguimos besándonos para que se calmara un poco y le tomé la mano para apoyarla
sobre mi ombligo. Desabrochó mi jean, bajó el cierre, metió los dedos por debajo
del elástico del calzón y llegó más abajo. Apenas podía moverla así que levanté el culo para bajarme todo
hasta las rodillas y dejé que siguiera. Después de un rato se arrodilló, terminó de desvestirme las piernas y comió,
chupó, atrapó con los labios haciendo sonidos, demasiados sonidos que me
abrumaron. Cuando terminé con el primero, se levantó con el mentón y los pocos pelos de su barba mojados. Corrió mis piernas con sus rodillas para intentar metérmela,
pero no lo dejé y automáticamente tomé distancia con las palabras tratándolo de
“usted”.
- - Sabe una
cosa Jiménez, usted es muy mal alumno y creo que lo voy a castigar.
- ¿Si profe?
Y cuál será mi castigo.
- Se va a
sacar toda la ropa y se va a quedar ahí acostado.
- ¿Puedo
meterla profe?
- No Jiménez,
no puede.
- Pero profe
– amaba su papel, amaba la parafernalia de tener que acatar órdenes.
- Profe nada
– dije subiéndome a él sin meterla – usted fue hasta mi casa, se pajeó en mi
patio creyendo que yo no lo vería y eso es imperdonable Jiménez ¿Qué castigo
cree que tiene que recibir? Dígame, lo escucho.
- No se
profesora ¿Se la chupo otra vez?
- ¡Bien
Jiménez! ¡Muy bien! Vamos a esperar un rato más y cuando yo esté dispuesta otra
vez usted va a volver a hacerlo ¿Entendió Jiménez?
- Sí Jud…
- ¡Shhh! Jud
nada, no sea irrespetuoso y no me tutee.
- Pero profe
me estalla la verga, me duelen los huevos, mire como los tengo.
- No importa
Jiménez. Usted fue muy atrevido, muy, muy atrevido y tiene que pagar por eso.
Su castigo fue comerme dos veces más soportando las ganas de meterla. Cuando se hizo de noche, recién ahí lamí su
cabeza arrodillada frente a él como conté al inicio de este recuerdo, este
hermoso recuerdo hecho relato. Si bien
había pagado por una noche en el hotel no pensábamos quedarnos a dormir, no era
una posibilidad para ambos, pero si regresaríamos tarde a nuestras casas.
Teníamos tiempo.
Luego de esperar y charlar de a ratos tirados en la cama yo retomaba mi
personajes para someterlo a la condena que debía cumplir. Fui hasta el baño y
al salir vi su bóxer en el piso y me lo puse. Luego agarré mi calzón y cuando
vio mis intenciones entre risas empezó a decirme que no, no, no y no.
- Jiménez
hágame caso. Usted hoy no está en posición de negarse a nada.
Acostado boca abajo enganché sus piernas y subí la tanga hasta
encajársela en el culo. Me di cuenta lo chiquita que era porque no lograba
taparle nada. Los huevos y parte de la verga asomaban libremente por el costado del elástico rosado. Los acaricié
con dedicación. Me acosté luego junto a él que simulaba un llanto chistoso
abrazando la almohada. Le acaricié las nalgas sintiendo como le cortaba los
costados y cuando pasaba por el medio, subía el culo excitado y cada vez que repetía
este movimiento le enterraba un poco más mis dedos. Cuando cambió el chiste del
llanto por gemidos con los ojos cerrados, tomé un condón, lo abrí, lo desplegué
por mi dedo, me arrodille detrás y seguí acariciándolo hasta meterle la primer
falange del índice. Por debajo asomó una
excitación completa. Le pregunté si quería que parara pero me rogó que
siguiera. Metí el dedo completo acariciándole la glándula y cuando empezó a
empujar el culo contra mi mano le pedí que se pusiera en cuatro.
Acostada boca arriba me deslicé entre sus piernas como un ternero
buscando alimento y seguí con el masaje. Tal vez sea exagerada pero
había logrado una erección descomunal que no se podía comparar con las del
inicio de nuestro encuentro. Lo tenía atrapado con la boca y con la mano y gemía
distinto, poseso. Cuando hubo terminado se tiró rendido peguntándome otra vez
qué era eso que le había hecho porque no lo conocía, pero me ahorré las
explicaciones; después de todo qué importaba lo que fuera, lo que importaba era
que lo disfrutaba, además yo ya no debía explicarle más nada, porque había
dejado de ser su profesora.

Que rico relato mami, ojala y fuera sido yo jejeje
ResponderBorrarte castigaría igual 💋💋💋
BorrarComo me pones la verga ! Que bien que te haya encontrado
ResponderBorrarauuuch rico está castigado usted también Lucas.quad, por atrevido 💋
BorrarBueno, para ser un castigo no esta tan mal... Jimenez habra logrado meterla?
ResponderBorrarLo dejo a tu imaginación lindo Dimitri 😘 qué suponés que pasó?
BorrarMmmm pudo pasar cualquier cosa, supongo que se le paro de nuevo y lo recompensaste por eso dejando que se follara tus enormes tetas ya que lo comenzaron todo, pero tendra que esperar para que su maestra lo deje metersela, quiza esperar hasta que ingrese a la universidad, jaja.
BorrarPero qué comes qué adivinas Dimitri?
ResponderBorrarOjala fuera a ti completa a quien me comiera mmmmm
Borrar💋👄👅
BorrarQue delicia, ¿dónde estaban las profesoras como tú cuando yo estudiaba para que me castigaran tan rico?
ResponderBorrarJajajaja 😘
BorrarLo que daría por conocerte y pasar una noche de lujuria y placer.
ResponderBorrarQue rico relato mi amor, me calientas mucho y se me para al leer cada nueva publicación. Si fueras mi maestra, me portaría mal para que me castigaras a todo momento de distintas formas.
ResponderBorrar💋💋💋
BorrarQerico suena ese castigo qiero ser tu alumno para me cartiges asi bb 🥵🥵
ResponderBorrarJijiji 😆 💋
BorrarMe caliente
ResponderBorrarTe mande mensaje por Gmail para hacer un relato
💋💋💋
Borrar2
ResponderBorrar💋💋💋💋
BorrarOjalá ser castigado por semejante diosa como tú
ResponderBorrar😍 Y más si juegas con mi culito y verga
😘😘😘
Borraruff que castigo ese Jiménez es afortunado de tenerte como maestra, quien no quefria estar en su lugar en este relato xd
ResponderBorrarMmm hermoso relato mami me hubiese gustado sentir todo lo q le hiciste. te iba acabar bien rico . A dónde te hubiese gustado q te acabarán ?
ResponderBorrar👅👅👅👅
BorrarHola profe perdón pero acabe leyéndola
ResponderBorrar💋
BorrarUhhhh, lo amé, gracias :))
ResponderBorrarQué ganas de ser castigado una y otra vez por tan deliciosa profesora.
ResponderBorrarha no si no te digo que me dejas durisimo a punto de votar :) que sorpresa encontrarte mi reina, quiero traerte a Miami tengo casa grande toda pa ti.
ResponderBorrarSimplemente, sublime. La forma de describir cada acción te hace situarte en la escena y sentir ese deseo carnal. Muy buen texto.
ResponderBorrarMe encantas.
Es rico verdad? no sabés lo delicioso que fue vivirlo, lo recuerdo y mmmm ¡Ay!...
BorrarMe encantaría ser ese alumno, me vas a tener que tener muy cortito profe
ResponderBorrarTe castigaría tanto...
BorrarMmm.... Profe no me deja tocarla un poco?
BorrarCreo que tengo muchas ganas de que me la chupe
Borrar💋
BorrarDonde hay que ir para que me castigues así?
ResponderBorrarun relato intenso, muy intenso y precioso
Tienes la mejor voz que he escuchado en mi vida!
ResponderBorrarStoria eccellente, molto emozionante e calda. Hai lasciato il mio cazzo duro.
ResponderBorrar💋💋💋
ResponderBorrarjooooo pero que delicia mi niña
ResponderBorrarMi maestra siempre mi fantasía
ResponderBorrarbesito, pero soy profe universitaria, no maestra
BorrarQue delicia y si yo hubiera sido el tbm hubiera hecho lo mismo, y más viendo a semejante mujer como vos, me imagino que esa no fue la primera vez que lo hizo, quien sabe cuántas veces se habrá tocado en tu nombre, en su casa jeje, super el relato amiga, un abrazo
ResponderBorrarFue la primera vez que lo vi hacerlo, aunque sentíamos atracción, mucha atracción. Creo que me sirvió para franquear ese límite de profesora-alumno que no me animaba a cruzar. En fin. Me alegra te haya gustado lindo.
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