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ISLA DE HOMBRES ©

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El otro día alguien me preguntó cuál era mi mejor fantasía y me tildé pensando por largo rato. <<No tengo fantasía>> resolví prematuramente, pero después recordé que por muchos años  tuve una de las mejores fantasías, la que no era superada por ninguna otra fabulación de las que pululaban  en mi mente y me sorprendió que la olvidara por tanto tiempo, la relegara casi por completo, hasta hoy que la recojo otra vez para colocarla en un pedestal, en el púlpito mismo de mis ensueños, de mis utopías y sería algo así:

Llego  a una isla de puros hombres encallando mi balsa en la orilla de una playa del sur de Italia. Arrastro el bote, pero dos hombre, dos de los primero que veo, se arriman a ayudarme para dejarlo sobre la arena. Mi italiano es muy malo, aunque ellos me hacen entender  que los siguiera.  Caminamos hasta un pueblo con calles angostas de adoquines, casas blancas con marcos y puertas de celeste mar de donde se asoman las caras de más hombres que me miran sorprendidos al pasar.

Me llevan ambos, tomándome de una mano cada uno hasta una fresca casa. Pasamos por la galería, el comedor y finalmente al baño. Uno abre la ducha mientras el otro me desabrocha el vestido sucio, quita mi  ropa interior y ambos me bañan teniendo cuidado de mis codos y rodillas raspadas. Luego me secan con paciencia el pelo, otro toma el cepillo y me peina mientras nos reflejamos en el espejo. Yo desnuda, ellos con sus camisas salpicadas.

Vaya uno a saber por qué razón obedezco sin miedo, sin palabras,  a todo lo que me proponen y los dejo avanzar. Entra un tercer hombre al cuarto para dejar un vestido rojo  hermoso con flores pequeñas lilas y blancas sobre la cama, que cuando quiero agarrar este me lo quita de las manos porque quiere ponérmelo él.  Río,  sorprendida, abrumada por tanta atención.  Vamos los cuatro a la cocina, pero al sentarme junto a la mesa otros hombres se asoman desde las ventanas recostándose en los dinteles con caras de sorpresa y emoción.

Los saludo con la mano y algunos me devuelven una sonrisa, otros mueven la cabeza.  Los dos primeros ponen  comida en la mesa, mucha comida que devoro con hambre atrasada, chupándome los dedos, bebiendo con la boca llena, mordiendo más sin haber terminado de tragar lo anterior.  Terminado esto uno de los de afuera me dice << vieni , afuera con noi, bellísima>>  Salgo entonces. Camino escoltada por un grupo de  diez o doce hombres al menos que se acomodan el pelo o acondicionan la ropas para verse más pulcros de lo que ya estaban y recorremos el pueblo.

 Veo que no hay mujeres, ninguna asoma su cara de entre las caras curiosas que murmuran mientras me dirijo a la plaza  principal. A pesar de esto lo que menos me invade es el terror o la idea de que algo malo fuera a pasarme, porque en mi fantasía no existen los contratiempos como la posesión o el acoso, tampoco los celos ni la violencia; nada de eso aparece en el abanico de posibilidades y la seducción es libre, genuina e inocente.  

Tardo entonces aproximadamente una hora para comprender entre balbuceos  que estos hombres están solos sin hembra desde hace años y eso me acongoja, así que movida por la empatía y la maravillosa idea de poder disponer de todos ellos, digo para mis adentros, sin exclamarlo, que decido quedarme a vivir en la isla de hombres para hacerlos felices. A todos y  a cada uno de los cincuenta. No hay mujeres, por ende tampoco niño, y la edad de estos  ronda entre adultos mayores y ancianos; jóvenes muy pocos  y a simple vista parece haber  más ancianos que el resto.

Llegada la noche, luego de compartir la tarde con casi todos recorriendo el pueblo,  voy a la misma casa donde me habían bañado antes, que curiosamente era una casa disponible para mí, como si la hubieran preparado con la esperanza de recibir alguna mujer algún día. Me paro  en el escalón de la puerta para saludarlos agradecida, pero otro me indica algo mientras el resto afirma con la cabeza <<Scegli un uomo per dormire con te>>  lo que no entiendo de primer momento, pero si luego a fuerza de gestos, preguntas y repreguntas y lo que quieren es que elija a un hombre, solo a uno, para que me acompañe en la noche.  Apoyo la mano en el mentón para pensar un rato, estiro el otro brazo y señalo diciendo:

-          Tú e tú, vieni con me – y escojo a dos de los hombres más grandes.  


Otros, los más jóvenes se retiran a sus casas con algo de desilusión y a mí me rompe el corazón no consolarlos de momento, sin embargo me tranquiliza saber que con el tiempo lo resolvería.  

Vamos los tres a la habitación y no me hace falta sacarme nada porque ellos se encargan de desvestirme y de acomodar la cama. Me acuesto en el centro de las sábanas blancas inmaculadas, con olor a sol y los observo sacarse la ropa con prolijidad. Luego retozan uno a cada lado y comienzo a darles besitos intercalados girando la cabeza hacia cada uno cada vez, como jugando al ping  pong de besitos y reímos por eso.  

Sus barbas huelen a tabaco de pipa. El cuerpo les hierve progresivamente hasta agolparse en las entrepiernas y en la base de sus cuellos dejándoles petequias coloradas como las que afloran en la piel cuando se hace mucha fuerza.  Ellos estiran sus manos para acariciarme las tetas, el vientre y parte de las piernas pero ninguno rosa siquiera la ingle hasta que yo les dirijo las manos para que lo hagan. Uno me sostiene y abre, el otro chupa el dedo y acaricia en el centro, lento haciendo que mi humedad fluya hasta dejar una aureola sobre la sábana.  

Giro de costado dándole la espalda a uno y le atrapo la pierna con mi pierna alentándolo a que me  penetre la vagina, pero desde atrás, mientras al de enfrente lo beso haciendo que aspire los gemidos que el anterior me causa con su empuje;  también tomo su pene con la mano haciendo subir y bajar el cuero brilloso y morado por los años.  Cuando el de atrás finaliza, giro y le pido lo mismo al otro acercándolo con la otra pierna. Copulamos de costadito. Ellos suaves, lentos, firmes, tardando en eyacular y  permitiéndome disfrutar de sus atributos por más tiempo y de sus penes latiendo adentro, frotando mis paredes rosadas, golosas y húmedas.

Al otro día desayunamos juntos y se despiden dándome acalorados besos en la boca, cuello, hombros y ojos y me dicen cosas lindas en un italiano que no entiendo, pero que me seduce;  les digo otras tantas palabras en mi idioma sin que ellos tampoco me entiendan.  Durante el mediodía almuerzo sola en la playa mirando el mar, tal vez queso, aceitunas griegas, alguna fruta. Luego tomo una siesta sobre la arena tibia y cuando cae la tarde camino hasta el bar frente a la fuente donde otros tantos hombres me ven entrar y me saludan amablemente. Uno me señala una mesa, otro corre una silla para que me siente, otro sin que se lo pida me trae un vaso pequeño y una botella de un licor fresco que no me empasta la boca como los licores de invierno.

 El bar es  un lugar antiguo, mal iluminado con mesas y sillas de madera y ratán, olor lejano a tabaco y a embutidos, hombres jugando a las cartas o al dominó. Bebo tranquila. Uno pone música en un tocadiscos viejo y se pone a bailar estirándome la mano para que lo acompañe. Me niego con la cabeza, pero el resto alienta y accedo con timidez. Giramos, reímos, pegados, me sostiene de la cintura y de la mano con firmeza hasta que decido besarlo. El resto mira. De a poco se arriman otros bailando a nuestro alrededor y salgo de los brazos de este para besar a otro, a otros apasionadamente, tomándome mi tiempo. La música sigue sonando, pero ya no bailan, esperan atentos  a que termine de besar a todos los que quiero besar dentro del bar. Ninguno se propasa ni se desespera, solo me siguen y acceden a cuándo y cuánto yo quiero.

Camino hacia mi mesa con la boca hinchada por la saliva de tantas bocas. Saco con parsimonia la botella y el vaso y los pongo sobre la sentadera de una silla. Desabrocho los dos primeros botones del vestido dejando asomar gran parte de mi escote.  Me reclino hacia adelantes apoyando los codos y los senos sobre la madera. Miro  algunos ojos detenidamente mientras me muerdo la boca. Me subo la falda del vestido dejando el culo al aire y señalo  a otros dos hombre para que se arrimen. Uno se coloca en cuclillas por detrás  y separa mis piernas para besarme los labios  con su lengua gorda y zamarrearme el clítoris haciendo que me tambaleen las rodillas; a veces lame más arriba, acariciando la puerta del culo. El otro, el de adelante, baja el cierre para sacar su glande y me deja comerlo al son de los gemidos. El de atrás entonces se para, para meterla muy despacio, controlando los movimientos y las ganas de no acabar muy rápido.   Y así seguimos  mientras el resto del bar nos observa desde sus sillas  manoseándose la entrepierna.  Yo veo mientras como algunos dejan saltar la leche de tocarse viendo el espectáculo, otros solo se aprietan la verga a través del pantalón pero todos, absolutamente todos en ese bar se estimulan viéndonos y ninguno se desespera por querer metérmela, porque en el fondo, muy en el fondo saben que en algún momento le tocará estar conmigo.

Una de esas tardes, cuando parece que duermo  la siesta, en una reposera del patio con los pies subidos a un banquito descubro que un hombre virgen me observa  y se toca  atrás de unos arbustos sin darse cuenta que yo ya lo había visto antes, entonces bajo los pies, separo las rodillas y subo el vestido dejando mis labios a la intemperie. Espero a ver que hace. Como no sale de su escondite, le clavo la mirada y le ordeno que venga conmigo. Sale pero no se arrima y le explico que soy suya como también de todos los otros. Me cuenta desde lejos que sus ganas son muchas pero que yo siempre elijo a los más grandes, así que tomo un manojo de zarzamoras de la frutera, las estrujo con los dedos hasta hacerlas puré y me las refriego por los labios y los pelitos. Luego lo llamo chasqueando los dedos como se llama a una mascota. El se arrodilla, apoya las palmas contra el piso y comienza a arrimarse en cuatro patas. Cuando su nariz está cerca le digo que coma, todo cuanto pueda.

- Vení chiquito, lameme la fruta.

Así  es el universo de  mi fantasía ideal, así pasaría los días. A veces, algunas situaciones cambian y las historias se agregan, pero lo que no cambia jamás es que soy feliz siendo la única mujer  en la isla de hombres.


By Jud Páprika

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Comentarios

  1. desearía q esa isla existiera y yo ser un habitante

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  2. Si esa isla existiera me encantaría vivir allí, tan solo para esperar a una donna bella come te y per fare l'amore con te, i nostri corpi soccomberebbero a un lungo e piacevole momento che sarebbe indimenticabile. (a una mujer hermosa como tú y para hacerte el amor, nuestros cuerpos sucumbirían a un largo y placentero momento que sería inolvidable).

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  3. Que delicioso y erótico relato mm un placer esquisito, único y mm creativo. En esa isla tengo que estar presente bien hoy

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  4. Que linda fantasia tenes y que excitante relato tenes y que manera de expresar todo

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  5. Ojalá existiera esa isla para poder observarte, desearte, esperando mi turno sin prisa. Dedicándote una paja tras otra hasta que llegará mi momento.

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  6. cuantas ganas de ser un elegido en la isla, elegido por vos para dejarnos sentir que no es poco, y descubrirnos despacito que es más rico...

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