MANDIOCA DURA ©
Viajaba en tren por el interior del país en una parte donde los trenes son diferentes a los de capital. Compartimentos con puerta, adentro dos asientos junto a la ventana enfrentados para cuatro personas, más arriba esos estantes metálicos para las maletas de mano, un espacio o hall para las valijas grandes entre la puerta y las butacas. Ocupaba yo entonces un habitáculo sola mirando el paisaje que pasaba rápido ante mis ojos. En la base del vidrio un dintel que me permitía apoyar el codo. Crucé media ciudad con la mano bajo la mandíbula, pensando en esas cosas que se piensan cuando se viaja << ¿Quién podría vivir en un lugar tan alejado?, ¿Cómo es que puede haber una casa en medio de la nada?, ¿Aguantaría yo viviendo en un lugar así? ¡Nah! Creo que no; o sí, quién sabe.
Subí cuando todavía entraba el sol, pero no me daba a mí sino que refractaba en la cabecera del asiento de enfrente. Cuando empezó a oscurecer, hice un bollo con mi abrigo, lo apoyé sobre el vidrio, porque el codo ya se me había acalambrado y me dormí sin darme cuenta. Al despertar limpié la comisura de mi boca porque me había babeado toda. Era de noche, todo a oscuras. Un foquito débil parpadeaba cada tanto. Pude sentir que el tren había aumentado la velocidad, seguramente porque en muchos kilómetros no iba a frenar ya que no habían estaciones intermedias. Me paré para estirarme subiendo los brazos. Tenía la cara marcada por el bollo de ropa contra el vidrio.
La luz comenzó a titilar débil, la miré esperando se encendiera del todo, porque supuse que más adelante, tal vez, podría leer algo ya que la noche escondía el paisaje de la ventana y solo podía ver mi propio reflejo. Hice el esfuerzo de mirar hacia afuera colocando la manos a los costados de la cara pero fue inútil. En uno de los parpadeos amarillentos vi a través del cristal que junto a mí viajaban dos rodillas cubiertas por un pantalón gris claro. Asustada giré rápido tratando de adivinar el contorno de la figura y la voz de un anciano me dijo:
-Hola señorita. No se asuste. Subí en la última estación antes que el tren arrancara con todo. No hice ruido para no despertarla.-
Exhalé con la tranquilidad de que no se trataba de un fantasma y largué una nerviosa risa al aire.
- ¿La asusté?
- Si. – risas – pero no usted. Es que este tren sin luz se vuelve bastante tenebroso. Además ese foquito que no prenden…
- Bueno. A todos los trenes de larga distancia les falla la luz porque no son eléctricos y cuando toman velocidad usan toda la potencia. Intentó explicarme - luego agregó - Tenemos largo trecho sin luz. No hay estación hasta llegar a San Basilio; son como ciento cincuenta kilómetros más, creo.
- ¡Uh qué pena! Yo que me traje algo para leer. Trataré de dormir entonces.
- O aquí me tiene para hablar si lo desea.- dijo amable.
- Gracias - y sonreí con simpatía aunque creo que no pudo verme por la oscuridad.
El consejo de mi madre había quedado obsoleto en esta oportunidad. Me había dicho: "Cuando quieras evitar hablar con alguien en un avión o en un viaje largo, llevá un libro para que no te molesten. No lo leas si no querés, pero te servirá para evitar escuchar anécdotas que no llevan a nada. La gente no soporta enfrentarse al silencio, creen que deben llenarlo" Tenía un plan B: los auriculares. Aunque no me acordaba si los había puesto en la mochila o en el bolso grande. Me paré de frente a mi butaca y revisé los bolsillos de la mochila. No podía encontrarlos, porque solo contaba con el tacto, así que la apoyé en la sentadera obligándome a reclinarme para buscarlos mejor. En un corto parpadeo de luz pude ver que las gafas de grafito del señor a mi lado, inyectaban la mirada directo a mi pecho. Yo no tenía una remera muy escotada, solo que al reclinarme el cuello ancho se desbocaba y se podía ver como el sostén sujetaba mis enormes tetas que se sacudían mientras movía los brazos buscando los auriculares. Confiado por la oscuridad y sin mirarme a la cara, pasó la punta de su lengua por el labio inferior. Supuse no se dio cuenta que lo había visto hacerlo, así que por curiosidad y para ver que más hacía, encendí el celular y seguí buscando reclinándome con exageración, sacudiendo el pelo a los costados, haciéndome aire con la mano de a ratos o fingiendo alguna queja entre dientes un poco gemida. Tanto me gustó provocarlo, que prolongué la búsqueda sacando con parsimonia la mayoría de las cosas de mi mochila sobre la sentadera. Pude haberme arrodillado, pero no, seguí reclinada a propósito; me divertía ese juego astigmático de hipnotizarlo con las tetas.
- ¡Acá están! - dije contenta, aunque ya los había encontrado hacía rato.
Guardé las chucherías dentro de la mochila y la volví a subir. También vi de refilón que me miraba la entre pierna y lo poco que se me asomó del ombligo al levantarse la remera por alzar los brazos. Me senté otra vez, enchufé el auricular al celular y sorprendentemente, a pesar de la velocidad y la distancia tenía buena señal. Podía abstraerme con toda tranquilidad por el resto del viaje, pero vaya uno a saber por qué, me los quité.
- ¡Ups! No agarra nada. No hay señal. – dije
<<Mepa que tendremos que hablar>> pensé.
Hablamos largo rato de la vida, de cómo había enviudado dos años antes y me molestaba que entre frase y frase dijera cosas como <<Vos no sabrás de que te hablo, porque sos muy joven todavía>> o <<Ustedes los jóvenes…>> así que algo indignada lo retrucaba también con otras del mismo tenor como <<Sí sí, mi abuela me lo contó>> ,o sea, me indignaba que pusiera distancia en parecer más anciano de lo que ya era, así que se lo devolvía con toda la poca sutileza que le podía destilar. Cuando la charla se volvió monótona comencé a cabecear porque el sueño se apoderó de mí. Una vez más hice un bollo con mi abrigo, pero lo apoyé contra el respaldo y quedé con la cara hacia donde estaba él, aunque nuestros cuerpos no estaban cerca.
Los trenes de larga distancia tienen la característica de tener enormes asientos de cuero color marrón con resortes que te hacen subir y bajar al compás del viaje. Así fue que me dormí otra vez, pero solo unos minutos. Todo estaba a oscuras y no había luna que nos ayudara a ver en detalle. De tanto en tanto el destello de la lamparita nos dejaba ver por unos segundos la disposición del camarote.
Acomodada como estaba, con los ojos apenas abiertos vi que el viejo se llevó la mano contra su pierna izquierda y que por debajo del pantalón, paralelamente al muslo, un enorme tronco reposaba apuntando la cabeza hacia la rodilla. Era como si se hubiese metido una mandioca dura debajo de la botamanga y si me decían que era un desodorante de ambientes, también lo hubiese creído, porque era demencialmente gordo, aunque erectaba distinto a lo que yo conocía. Cuando anduve con otros hombres y se les paraba, por lo general lo acomodaban hacia un costado de la pelvis o para arriba. Él no. Era como si no tuviese calzón que se lo sostuviera, como si se le hubiese endurecido, pero no parado. Pasaba la mano con cautela, tal vez para no despertarme y lo apretaba fuerte, soltaba, apretaba, repitiendo el gesto por largo rato. Sin cambiar la respiración ni la pose afiné la vista y me entretuve viendo como se la estrujaba rico. Sus dedos eran grandes, como los de un antiguo trabajador de alguna tarea manual o de fuerza. Para entonces me hacía la dormida así que me enderecé hacia el frente llevando la cola un poco más al borde de la butaca y estiré los pies hasta apoyarlos en el asiento de adelante que estaba desocupado. Metí una mano bajo la remera abrazando mi barriga sumergiendo el dedo meñique apenas dentro de la cintura del jean y el otro brazo por debajo de mis tetas como apoyándolo inocentemente, pero que así me las levantaría un poco más. Seguí con los ojos apenas cerrados y vi que me miraba a la cara. Así que lo miré directa y dije:
- ¿Todo bien?
- Si. Si señorita todo bien.
Volví a correr el culo para atrás y me desperecé, fingiendo que recién despertaba. Miré por la ventana a la nada, luego giré mi cabeza para mirarlo otra vez y seguía con sus ojos estáticos hacia mi figura. No supe que hacer. Finalmente, después de unos minutos, corrí la cola un poco más hacia él. Pegué mi hombro con el suyo y sin mirarlo a la cara, estire despacio la mano hasta agarrar su mandioca dura que retozaba. La apreté como hacía él, la acaricié a través de la tela recorriéndola para arriba y para abajo...
- Me gustan tus uñas rojas – me dijo
- ¿Ajam? ¿Te gusta?
- Si. Mucho -respondió serio mirando mi mano.
- ¿Y qué más te gusta? - le pregunté
Cuando terminé de decir eso cerró los ojos, tiró la nuca para atrás y largó un suspiro alucinante. Lo estaba disfrutando. Mi mano levantó calor de frotar su ropa y desde la punta de su mandioca un jugo transparente la atravesó dejando un lamparon gris más oscuro. Con el índice hice un circulito y lo desparramé apenas un poco más. Al separar mi yema se formó un hilo pegajoso entre el dedo y el pantalón. Era leche espesa, transparente, muy espesa. Sabía perfectamente lo que estaba pasando, pero igual le pregunté:
- ¿Qué es esto señor?
- Lechita para vos querida
- No es blanca
- No. Ya no me sale así.
- ¿Y puedo ver más de cerca? -así que me arrodillé en el piso entre sus piernas - ¿Puedo? – le dije antes de desabrocharle el pantalón
- Por supuesto hermosa. Hacé lo que te dé la gana – respondió mientras con sus dedos gordos me acariciaba el mentón y me pasaba el pulgar por los labios.
Desabroché el botó y le pedí que levantara apenas el culo para bajarle el pantalón.
Tenía un calzón extraño, algo parecido a short muy ancho de tela clarita con una abertura en medio, imagino que era para sacar la mandioca cuando quisiera hacer pipí. No me hizo falta pedirle levantara el culo otra vez para bajar el calzón, porque su verga enorme, morada y gruesa asomaba casi totalmente por el costado junto con unos huevos flojos de pelitos blancos. Al sacarle el pantalón quedó apoyada sobre la butaca de cuero. Creo que quedé pasmada de la emoción. Le pasé los dedos de la punta a los huevos en varios viajes, con una parsimonia irritante mientras sentía con el tacto lo fuerte que le latía. La cabeza era enorme y estaba sucia por el jugo reciente. Había escuchado alguna vez que a los viejos les crece, pero nunca pensé que tanto. Jugué con ella como con un juguete nuevo. Era la verga más hermosa y gigante que había visto en mi vida.
- Está dura pero no se pone para arriba señor.
- Es que a mi edad es así chiquita. Las ganas no faltan, pero los músculos no responden de la misma manera. En mi caso, cuando estoy caliente solo se estira y se pone dura, pero no se eleva, me cuelga.
- ¡Igual se ve rico! ¿Puedo? dije sin aclararle para qué le pedía permiso.
- Adelante chiquita, es toda tuya.
Recliné la cara y comencé a pasarle la lengua como hacía con los dedos, pero no la chupaba del todo, solo la lamía como si le sacara la mayonesa a una salchicha alemana.
- Querés que me saque el calzoncillo nena
- No. Así me gusta más - respondí.
De todas formas abrió más las piernas y acomodó el calzón un poco más hacia arriba, para encajarlo en su ingle y para que la mandioca saliera totalmente.
Era un helado de frambuesa interminable, caliente e interminable que se endurecía a cada lengüetazo. Parecía que iba a estallar. Después la chupé de costado abrazándola con mis labios, como mordiéndola, pero sin dientes y también subí y bajé hasta que me harté de hacerlo. Cuando se me entumeció el cuello le pedí que se arrimara más al borde de la butacay me senté con la cola en el piso. Me dolían las rodillas. La tuve más cerca todavía. La agarré fuerte con ambas manos y la tragué todo lo más profundo que pude. Hasta hice arcadas porque me tocó la campanita, aunque no me entró entera en la boca. Era demasiado gorda y larga.
No pude evitar gemir al chuparla, tampoco puedo explicar que me pasaba entonces. Jamás suspiro o gimo al comer una verga, pero me salía involuntariamente. Comilona, desesperada, hambrienta, puta, orgullosamente puta y viciosa de tragarla, iba y venía con la cabeza apurada y de los costados de mis labios salían hebras de baba que cayeron empapando el frente de mi remera. Tenía el escote mojado. Era una deliciosa asquerosidad. Los labios de mi entrepierna también se habían humedecido así que le dije otra vez sin aclararle para qué le pedía permiso:
- ¿Puedo? (lengua) ¿Sí? (lamida) ¿Me deja? (besito) ¿Eh?
- No me preguntes más nada chiquita. Soy todo tuyo.
Me paré frente a él. Desabroché mi jean y lo bajé hasta la rodilla. Luego giré dándole la espalda y bajé el calzón reclinándome para pararle bien el culo cerca de la cara. Dejé la tanga a mitad de camino. Quería que me la rompiera de tanto tironear el elástico. Cuando vio mis nalgas las apretó con fuerza y jugó a separarlas haciéndolas aplaudir. Me recliné un poco de costado para agarrar su verga y pararla con la mano. Me senté lento disfrutando sentir como entraba. Una vez que la sujeté con la vagina, saqué mi mano y lo tomé de la pierna.
- Tranquila, yo la sostengo parada para vos queridita.- y la agarró desde la base.
No pude meterla toda, juro que era larguísima. Me nacía pensar cosas sucias para decirle, pero no dije nada, porque me ganó de mano. A medida lo cogía, subiendo y bajando, comenzó a decirme las mas provocativas groserías, las más asquerosas, que era una puta traga leche, que tenía que darme una lección poniéndome en cuatro para que la sintiera toda bien adentro, que me la metería tan fuerte que me haría sangrar, mear, llorar, que me iba a desgarrar el culo, porque iba a entrar fácil después de acabarme la puertita… cosas que solo respondí con repetidos <<Sí, sí, sí, sí,…>> Lo oía y me sorprendía la capacidad que tenia de excitarme. Todo él, toda su verga morada, enorme y dura me ponían los ojos en blanco; su boca era una soñada alcantarilla de donde salían las frases más soeces que jamás había escuchado.
- ¡Qué putita más caliente que sos! ¿Te gusta cogerte a un viejito ¿No? – dijo entre otras cosas mientras me abría el culo.
Montarlo me mareó bastante, porque respiraba por la boca. ¿Cómo fue que nunca le di la oportunidad a un señor de su edad? ¿Por qué ignoré a don Cipriano, el viejo de la otra cuadra que me saludaba acaloradamente cada vez que me veía pasar por la esquina para ir al almacén? De lo que me había perdido todo este tiempo. Pijas largas, moradas, cabezonas. No había nada de decrepitud en lo que escondían entre sus piernas y lo estaba comprobando en ese instante. Finalmente, luego de montarlo por largo rato dándole la espalda, me pidió que saliera porque me había llenado de leche. Nos acomodamos la ropa. Me resistí a limpiarme así que solo subí el calzón y el jean. Me senté en mi lugar y se acercó a mi cara tomándome del mentón y dijo:
- ¡Qué buena eres chiquita! – y me besó la frente.
- ¡Qué bueno es usted “señor”! - le respondí enternecida por su dulzura.
Luego ambos nos dispusimos a dormir y como la butaca doble de enfrente seguía vacía me acosté ahí acurrucando las piernas y usando, una vez más, mi campera de almohada. Cuando desperté el sol me daba de lleno en la cara. Me incorporé lentamente porque tenía las rodillas entumecidas y vi que él ya no estaba. Tomé mis bártulos y bajé como también lo hicieron los pasajeros en la estación de San Basilio. El bufido del tren, los gritos de la gente, las maletas que se chocaban al pasar por el estrecho pasillo, la escalera empinada del vagón que siempre me dio vértigo, los altavoces. Una vez en el andén busqué un lugar para desayunar porque eran las 7:30 de la mañana. Tomé una mesa, pedí un café con leche y medialunas. A la hora de pagar la cuenta revisé los bolsillos donde recordaba tenía algo de cambio. Entre los billetes había un papel que en perfecta caligrafía decía:
“Vuelvo para capital en seis días. Si querés viajamos juntos. Alberto”
Y debajo un teléfono. Temí parecer loca al reírme sola, pero me invadió la alegría de saber que en seis días exactamente, volvería a tener otro viaje inolvidable con la pija de mis sueños.

mmmm te leo y me late bb
ResponderBorrar🤤😈
ResponderBorrarGuachita, me hiciste calentar...
ResponderBorrarEra la idea, 💋
BorrarUffffff me la pusiste bien dura y mojada. Sos tremenda ;)
ResponderBorrarEste relato lo escribiste para mi, lo se. Hace un par de años te soñe asi en ese tren. Gracias por traermelo a la mente.
ResponderBorrar😘😘😘
BorrarMaravilloso, has conseguido que esté ahora mismo con la temperatura de la entrepierna como la de un volcán en erupción. Eres tremenda, solo lamento no haber sido yo el viejito
ResponderBorrar💋💋💋💋lindo
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