SERVIDA POR JOHANN ©
Cuando vivía en el campo en una oportunidad tuve que llevar a servir a Mariposa, una yegua que me habían regalado para mi cumpleaños 25. No tenía idea de que se trataba “servir una yegua” solo sé que el dueño del padrillo nos había cobrado muchos dólares, por eso quedé estupefacta cuando me comunicaron el precio por teléfono. Pensé << ¿Tanta plata? Espero que la cría salga hermosa. >> Sentía algo de remordimiento la embarazaran así, “servirla” ¿qué implicaba eso? hubiese preferido que ella eligiese con quien hacerlo, pero ante la insistencia de mi esposo, ahora ex esposo, gracias a dios, no puse resistencia.
Caminé el kilómetro y medio hacia Die Fholen la estancia del alemán devenido en estanciero argentino dueño del
semental en cuestión, que según mi marido aseguraba era exclusivo por su especie.
Apenas llegué me recibió Jhoann que en un castellano torcidísimo me hizo
entender que la llevara adentro del palenque; ¡Uff! otros trescientos metros
más caminando bajo el sol. Un peón silencioso me saludó agachando su
boina mientras me sacaba de la mano las riendas de Mariposa. Otro me aconsejó
que me quedara del otro lado de la tranquera y mientras decía esto se oían
golpes secos y aterradores que venían desde las caballerizas. Parecían las patadas
de un gigante desesperado por derribar las puestas del infierno.
Afirmaron mi yegua a un tronco
dejándole las riendas cortitas, otros dos peones le habían atado las patas
traseras y sostenían ambas sogas tirantes para que no las moviera. Luego el
chirrido de una bisagra vieja y oxidada
avisaba que habían dejado salir a la bestia que se arrimaba voraz y a todo
galope pendulando su sexo. Un frenético pura sangre que atropelló todo cuanto
pudo a su paso hasta llegar al palenque. Cuando alcanzó a Mariposa, se subió
impetuoso, alocado hasta penetrarla con acierto y sin piedad. Yo jamás había
visto tal amalgama de sexo, fuerza y violencia toda junta y me sentí
estúpida al repasar los recovecos de mi inocencia en creer que la dejarían
caminar por el campo y que, si se daba, tal vez, solo si ella lo deseaba, se
aparearía por gusto con otro macho de su especie, pero no fue así. Quedé estupefacta.
Era algo instintivo, primitivo, bestial que me abarrotó el pensamiento, una
mezcla de sorpresa, confusión y calor que se me agolpo en la cara. Parecía un
tomate. Sin que nadie lo notara me hice viento con la mano para refrescar la
frente. Recién ahí me percaté que Johann estaba parado junto a mí y sonrió
cuando lo miré sin poder cerrar la boca. Segundos después, luego de cuatro
enérgicos empujones el padrillo salió con la cabeza goteando litros
de semen sobre los labios de Mariposa y la tierra seca.
- Ven acompáñame - me dijo tajante y nos
alejamos del palenque para dirigirnos hacia la galería del casco de la estancia
- ¿Quieres un mate, agua, algo mas
fuerte quizá?
- No gracias - contesté aunque tenía la
garganta seca.
Me senté, él hizo lo mismo en otro
sillón de enfrente y se cruzó de piernas luciendo unas hermosas botas de
carpincho. Parecía divertido de verme abrumada. Luego preguntó:
¿Jamás habías visto servir una
yegua?
- ¡No! – Respondí - No sabía que era así. Hubiese preferido que la
trajera mi esposo
- ¿Por qué? ¿Qué te espanta de todo
esto? – Volvió a preguntar.
- No sé. Imaginé otra cosa…-
-Es algo natural – dijo riendo
- Todo los seres vivos follamos.
-Sí, lo sé, solo que la forma…es algo agobiante, no sé
cómo explicarlo…
-Es como tiene que ser, cuanto más
grandes son, más fuerte lo hacen y eso a veces asusta – insistió sin borrarse
la sonrisa de la cara.
- Sabes, tengo que volver – dije
mientras me paraba para a buscar a Mariposa
- No. No. Siéntate. Tu yegua debe
quedarse quieta por unos minutos, no puedes ieavartela así, sino tanto ”agobio” como
tú dices será por nada. ¿No?
Accedí a volver a sentarme, acepté un
vaso de agua fresca y luego un mate que compartí solo con él, para ver si
lograba relajarme y enfriar los pensamientos que me embotaban la cabeza.
Hablamos de cómo había llegado a la Argentina. Era astuto, invertía
en tierras por esta región pensando en un futuro sin agua, puesto que acá el
agua dulce abunda.
- ¿Sabes
de qué se trata The Shock Therapy? – dijo en un momento de la
charla
- ¿En
términos políticos? – le contesté
-
¡Vaia! Si la conoces, pero no es como tú crees. Tiene otros die
tönung… ¿cómo si dice in español?
- ¿Matices,
funciones? - pregunté
- Eso matices, utilidades mejor dicho. En la escuela de Frankfurt por ejemplo, cuando io era niño nos hacían shock therapy, el miedo y lo que nos aterraba geflogen, se iba para siempre. No tenía que sorprendernos, nein. Así como a ti te causó ver fecundar a tu yegua.
- Pero
no me asustó – dije simulando displicencia – solo que…
- Tu
cara no decía lo mismo y si no fue así ¿Qué fue?
Quedamos un segundo
en silencio, luego se paró rápido diciendo:
- Sígueme
Y lo seguí.
La casa central era
gigante, 260 metros cuadrados solo con el comedor, doce
habitaciones, galerías, baños y otros ambientes más que no llegué a
ver. Sabía de sus dimensiones por lo que contaban en el pueblo. Johann se metió
por la sala, atravesó el comedor, la cocina y tomo un pasillo que salía a otro
extremo de la estancia. Caminé detrás suyo y tomé noción que la parte que
había visto hasta el momento no era más que una pequeña porción del total de la
propiedad. Saliendo de la galería trasera había una explanada y más allá un
tupido bosque de caldenes, algarrobos y chañares,
paisaje seguramente diseñado por algún ávido parquista que quería
simular naturalidad en la vegetación, pero nada tenía de natural el ray grass
de esa parte del parque como tampoco un bosque en las pampas de Buenos Aires.
Caminó sereno hasta atravesar el bosquecito y aparecer en otro llano bastante
más desprolijo que el anterior, de unos doscientos metros que también recorrió hasta dar con otro establo más desprolijo que el de la bestia del inicio.
Cuando atravesamos la puerta vieja del enorme galpón, agradecí la sombra
porque ya no soportaba el calor en la cara.
-Espera acá – me dijo - y mira hacia allá por este hueco – indicó señalando la
junta rota que había entre dos tablones y por la que se podía ver hacia el otro
lado del enorme galpón donde habían más caballos comiendo alfalfa.
Lo vi entrar y atar una yegua color té
con leche en el centro de la escena y comenzaron a resonar los relinchos de otros caballos tan inquietos como el anterior, que
no pude ver en un principio porque el hueco no era muy grande y limitaba mi
campo de visión. Con cautela Johann soltó a los otros animales y
aceleró el paso para salir de ahí y volver conmigo a este otro lado del cuarto.
Mirando juntos me dijo que prestara atención y que esperara porque el
espectáculo estaba por comenzar.
Un padrillo apareció también pendulando su sexo, pero este además
lo pegaba contra su estomago hasta hacerlo salpicar leche sobre la paja. Retiré
la vista, escuché que habían comenzado a hacer lo suyo, entonces Johann
pasó sus dedos por mi nuca, cerró el puño apretando firme pero sin dolor mis
pelos y me dijo con ojos fríos:
- Shock
¿Recuerdas? – y me giró la cara otra vez hacia la pared – Mira, nunca dejes de
mirar.
El calor de mi cara
era evidente. No me erotizaba en los más mínimo ver caballos coger, sino que me
hervía la sangre tener tan cerca la evidencia que el vigor bestial existía y
provocaba en mí algo que aun hoy no puedo describir, pero que me nubló la
vista, me hinchó mis labios y me humedeció la entrepierna.
- ¿Ves?
– dijo luego sin soltarme del pelo - Ninguno de ellos está atado y fíjate como se
aman – y se dispuso a observarme mirar por la grieta de la madera.
No sé cuantos minutos
pasaron, pero parecía que no terminaban más. Unos con otros, relinchando, pateándose en su lucha por ver quién se la metía primero y mientras más perdía
la noción del tiempo menos quería apartar la vista de lo que espiaba.
Johann se aseguraba de que siguiera y le entusiasmaba mostrármelo, así que dio dos pasos hasta colocarse detrás mío, me tomó de las caderas con suavidad, desabrochó el cinturón, me bajó el jean junto con el calzón apenas hasta la altura de los muslos y apoyó su verga hirviendo, terriblemente dura sobre mis labios. No la metió, solo jugó a pasarla y a desparramar la humedad que delataba mi fuego interno.
-No dejes de
mirar meine köstlich stute –
dijo ronroneando.
Yo
obedecí. Su calor entre mis labios hacía que me mojara cada vez más. Nunca nadie
antes me había hecho exudar de tal manera y comencé a
necesitar que entrara de una vez por todas. Me movía al compás para que se animara, pero estuvo mucho rato
sin penetrarme, frotándome con su pija cabezona y jugosa.
Finalmente,
cuando yo ya no miraba más por la hendija, cerré los ojos, me concentré en lo
que él me hacía, afirmé las manos contra la pared y le empujé el culo rogándole me cogiera. Así lo hizo.
Entró
con la fuerza de un animal en celo mientras murmuraba:
-
köstlich stute, köstlich stute...
Tomó
la cola de mi pelo con firmeza y me llevó hasta el suelo sin salir de mi vagina.
Dijo que me pusiera en cuatro y siguió vigoroso, salvaje, duro, impúdico y demasiado
rígido.
Cuando
hubo terminado no hice más que recostarme sobre el heno, que cubría el piso, para
recuperar el aliento y se acostó a mi lado. Sentía los labios llenos de leche.
Me miró a los ojos respirando con dificultad y murmuró en mi boca otra frase
que apenas comprendí:
-Quédate
así meine stute. Quedémonos un rato a descansar.
Mi
agotamiento no era solo físico, también emocional, demasiada perplejidad junta.
Cuando desperté no era tan tarde. Otro peón más viejito que estaba sentado en
una silla de madera me miraba con cara de nada. Tanteé rápido mi ropa para
asegurarme que no tuviera nada descubierto. Subí el cierre y me levanté de un
salto mientras ajustaba el cinturón de cuero.
-Hola
– le dije sin obtener respuesta.
Salí
apurada. Había pasado algo más de una hora desde que me había quedado dormida sobe
el pasto. El sol había bajado bastante y ya no picaba tanto. Atravesé ambos
claros y el bosquecito. Llegué donde estaba Mariposa, todavía atada y no me
crucé con ninguno de los que había visto antes; ni al dueño de casa, ni a
los otros dos peones, ni a la bestia.
Sentí
entonces un abrupto piélago de semen espeso salir de mi concha que me empapó el
jean y los aductores. Todo lo que me había depositado Johann. Caminamos entonces
con Mariposa para volver a casa, algo confusas, pero húmedas y bien servidas.
by Jud Páprika
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Las dos de fueron llenas
ResponderBorrarsi.
Borrarsiii te llenaron bb, que rico. te sigo mamita
ResponderBorrarMuy buena historia quedaron estaciadas y complacidas me gusto mucho el relato saludos de Mexico😘
ResponderBorrarGracias 💋
BorrarMmmm rico calentón.
ResponderBorrarQue rico que te hayan llenado también, espero algún día hacerlo yo
ResponderBorrar@DamiCorneador
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