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No hay peor error para estimular el clítoris  que tratarlo desde el primer momento con violencia. La fricción debe ser progresiva, tentadora, siempre alrededor antes de asaltarlo. Caricias cercanas no directas que lo pongan en alerta y lo hagan desear, porque el prepucio clitoriano es tan sensible y tímido como una mujer dolida, de la que no se espera que en la intimidad sea la más sucia y puta de todas, y no se puede descubrir su costado delicioso si se la trata con rudeza desde el vamos. Se debe ser paciente, para que sola despliegue su lascividad animal escondida.  Patricia no era atenta a estas cosas y me metía el dedo o rascaba presionando mucho haciéndome dar saltitos de pelvis hacia atrás para apartarme. En cambio Helena...

Creo que en ninguno de los otros campamentos anuales a los que asistimos durante toda la secundaria operamos con tanta precisión como esa vez, porque sabíamos que era el último, luego  cada una tomaría distintos rumbos, a trabajas o arrancar la universidad. Lejos de ponernos nostálgicas o tomarlo como una triste despedida, sacamos todo el deseo agazapado que nos teníamos entre nosotras y que habíamos reprimido durante el ciclo lectivo. Si pudiera graficar como fueron las madrugadas de ese viaje, podría decir que algo similar a los destellos que producen los fuegos artificiales de un  4 de julio, reventando complacidos de lograr la ansiada libertad.

La primera noche transcurrió de la siguiente manera: una patrulla de jóvenes ex alumnas y algunas pupilas, habían preparado la cena y nosotras esperábamos sentadas junto al fuego  con la cola en el pasto, las raciones en platos de lata enlosada. Un círculo enorme de caras anaranjadas por el reflejo de las llamas masticando en silencio.  Luego de comer, cada grupo dividido por edades, hacía una representación chistosa o emotiva y nunca faltaba el que arengaba una danza ridícula que obedecíamos entre empujones y risas formando una ronda inquieta  alrededor de la hoguera.   

Siempre me pregunté cómo sería la perspectiva de alguien escondido en el bosque al ver tantas mujeres girando descalzas, revoleando el pelo y con la ropa suelta. No creo que supusiera que este ritual fuera promovido por creyentes del Espíritu santo, sino por otros líderes paganos, porque nuestras sombras inmensas proyectadas en las copas de los arboles daban un tinte fantasmagórico a la escena.   

Después Geovanna, antes de retirarse a su aposento, porque no dormía en carpa como nosotras, sino en el enorme edificio blanco de ventanas pequeñas y persianas cerradas, que asilaba decenas de seminaristas, hacía la repartija organizando cómo se ocuparían las carpas:

-       Vos, vos, vos y vos en la uno. Vos, vos, vos y vos en la dos, Vos…-iba señalando hasta completar las treinta tiendas.

Era  fundamental que esa primera noche, entre Helena, Patricia, Celina y yo nos mostrásemos poco amigas, porque Geovanna odiaba la camaradería y era tan arpía que solía poner en el mismo grupo a chicas que se llevaban mal. De eso se encargó Helena arriba del micro horas antes de llegar al campo de retiro, volcándome medio vaso de jugo en el pie para luego arrancar una fingida discusión lo suficientemente escandalosa, que provocara el espanto de las más chicas que llamaron a la preceptora para separarnos. Ésta se lo alcahuetearía a la superiora, ya que nuestra intención era que se enterara de la discordia y decidiera ponernos a dormir juntas.   Sin embargo a mis tres amigas les tocó la catorce y a mí la cinco junto a otras tres granujas  insoportables de segundo año que traté muy mal desde el principio revoleando mi bolso con violencia dentro de la tienda:

-Me tocan un pelo mientras duermo y les juro que las cago a palos – dije como saludo levantando un puño simpático.

Entrada la madrugada, luego de ignorar por horas los juegos boludos de las pibitas, preparé con parsimonia mis petates y los saqué de la carpa para dejarlos afuera debajo del  sobretecho anaranjado.

-¿Dónde vas? – preguntó una

- “Queti” – dije sin mirarla mientras enrollaba mi bolsa de dormir

-La hermana superiora se va a enojar si te vas – agregó la segunda

- ¿Y “quiénte”? – le pregunté

- ¿”Quiénte”, qué? – repreguntó

 -¡Quién te preguntó pendeja! – Respondí amable  – Siempre hago esto en los campamentos, ustedes no lo saben porque son nuevas. Además si se lo dicen a la superiora ¿A quién creen que le va a creer? Hagan la prueba y verán. 

Silencio y brazos cruzados observándome.

Salí derecho a la catorce. Apena subí el cierre vi cómo las otras  hacían sentir a Steffi como bicho de otro pozo. La ignoraban por completo cuchicheándose las orejas para que no se enterase lo que decían. El objetivo era que deseara migrar a la cinco así nosotras podíamos desplegar nuestros deseos con tranquilidad sin que una aspirante  nos botoneara con Geovanna.

-          Vos no podés estar acá – me dijo Steffi apenas asomé la cara por la lona.

-          Tengo que decirle algo a Helena y me voy – respondí sin mirarla.

Luego me enganché en la ronda de secretos que el resto comprendió al instante, porque no nos decíamos nada más que "bshi, bshi, bshi" para hacerla sentir mal. Secretos, risa, secretos,  carcajadas, secretos y relojeo a una lágrima que le asomaba tímida por su ojo izquierdo.  Finalmente Steffi, dándonos la espalda se metió en su bolsa para secarse la cara con disimulo y fingir que se disponía  dormir.  Un año esperando ese viaje, la excitación era demasiada  ¿Quién duerme en un campamento? ¡Nadie!

 El vacío que le hicimos fue intolerable hasta que pudimos escuchar cómo se escurría los mocos aflojados por la congoja. .

-          ¿Estás llorando Steffi? – dije haciéndome la sorprendida

-          Naaa que ver nena – respondió con la voz cortada.

-          ¿No querés ir al grupo de Salomé?

-          No, porque ustedes después le  van contar Geovanna - respondió.

-          No, “nah que ver” – le aseguró Celina

-          ¿Y si le preguntamos mejor? – agregó con duda

-          Si le preguntás te va a decir que no, ya la conocemos – dijo Patricia conteniendo la risa de la felicidad que le causaba saber que estábamos a minutos de salirnos con la nuestra.

-          Mirá – agregué mientras me le arrimaba con confianza y pude comprobar que efectivamente tenía los ojos rojos de llorar – este es tu segundo campamento, pero para nosotras es el último y ya vinimos a muchos otros; sabemos que la hermana se hace la que se acuerda dónde nos mandó a dormir, pero mañana no recordará un choto la vieja, así que, para que te quedas tranquila – estiré la mano posándola cómplice  sobre su hombro – si por casualidad te pregunta o te reta, saltamos las cuatro a decirle que la confundida es ella y no vos ¿Querés?

Aceptó convencida de creerse amiga de las más grandes y salió contenta de suponer que nos preocupaba su bienestar cuando lo único que queríamos era que se fuera para darnos intimidad. Inclusive la custodiamos hasta la carpa cinco e hicimos una tregua de meñiques enganchados con las granujas que traviesas aceptaron nuestros términos, pues la alegría de  transgredir la noche se les notaba en las caras.

Una vez a solas comenzamos nuestro rito por turnos, algo similar al juego de palmas que varios años antes hacíamos en los recreos de la primaria. Siempre juntas. Las cuatro enfrentadas cruzando los brazos para aplaudir nuestras manos a los costados, arriba, abajo, cambiando de compañera en cada verso y repitiendo una y otra vez

“Yo con todos,

 yo con vos,

 yo con vos,

 yo por arriba.

yo por abajo…”

  Sólo que  ahora era una versión distinta del juego. Rotábamos en duplas separadas: Helena con Celina, Helena conmigo, Celina con Patricia y viceversa pero nunca Celina conmigo o yo con ella, estaba definido que al iniciar Celina y yo hacíamos de mujeres y las otras dos  de varones, porque sabían cumplir muy bien el papel de aquellos que escaseaban en la escuela de señoritas. Una nueva melodía del juego podría ser: 

"Yo con todas, 

yo con vos,

Yo con Helena,

Yo con Patricia,

nunca con Celina"

Inclusive lo hacían tan bien que cuando a Celina y a mí nos tocaba acariciarlas tomando sus lugares no alcanzábamos la virilidad que Helena y Patricia desplegaban sobre nosotras. Ni gemidos muy gritados, ni penetración, solo hacer lo que suponíamos le hacía un hombre a  una mujer en la intimidad, acariciando las partes que nos gustaban sin saber cómo se llamaban, sin saber que esos métodos tenían técnica y nombre.

Para arrancar Celina y yo nos acostábamos paralelas en el piso de la carpa boca arriba sin taparnos, luego las otras dos se arrodillaban junto al cuerpo de cada una. Helena podía ser mi hombre y Patricia el de Celina o al revés.  Se servían acariciando y lamiendo los recovecos y las puntas dulces con las lenguas planas y tibias, sin embargo nunca lamimos los clítoris. Ahora que lo recuerdo, creo que ignorábamos que nos podíamos estimular de esa manera. Aunque sin exagerar, puedo asegurar que la temperatura que manejábamos entonces y  la tersura de la piel de los dieciséis años hacía que nuestros dedos fueran tan suaves como las sinhueso que probé en la adultez.


 Las de abajo nos dejábamos sin quejar, solo recibíamos agradecidas, las lamidas, las yemas, los cuchicheos cercanos, los besos y abríamos apenas las piernas con el calzón puesto, pero con las tetas libres.  Los  brazos de las otras  bailaban con desesperación, pero con mucha precisión, porque ya lo habíamos practicado antes cuando éramos más inexpertas, más chicas, más torpes y más tímidas. Este era nuestro último campamento, nuestras últimas noches y no podíamos permitir que la vergüenza nos arruinara el juego.  Existía un momento clave en la madrugada para hacerlo y era  una hora antes de que saliera el sol, cuando desde del resto de las carpas amainaban los grititos histéricos y los juegos de linternas.

Cada una tenía su método. No puedo opinar cómo lo hacía Celina porque nunca jugué con ella a que fuera mi hombre y yo el de ella. Tampoco supe cómo lo hacía yo, pero sí recuerdo que procuraba imitar en todo a Helena y  no a Patricia, porque era bruta.

 Patricia era como los platos obligados que abuela Emma me hacía tragar para merecerme el postre. En este caso, el postre era Helena, así que, cuando me tocaba ser su hombre, le devolvía las mismas caricias que ella me propinaba al masturbarme, usando el dedo tenso y seco;  aunque parecía gustarle, porque se sacudía pidiéndome más con los ojos.

 No le metía la lengua hasta la garganta como me hacía a mí, sino que directamente no la besaba y cuando me lo pedía o me tomaba con fuerza de la nuca para acercarme a su cara,  le apoyaba los labios cerrados para darle un pico rápido, pero ella insistía  tratando de abrírmelos con la lengua dura y la boca abierta dejándome parte de la cara babeada.   Prefería más chuparle las tetas que atender a su cara y trataba a nuestros encuentros de dupla  como al plato de verduras amargas salteada con ajo que deglutía en bocados grandes para que el almuerzo terminara de una vez.

El método de Patricia era más efectivo para el desenlace que para el comienzo, porque su energía, o tal vez desesperación,  era mucha y no lo hacía de forma gradual. En ningún momento amainaba el frenesí de sus caricias. Era efusiva desde el principio y esto hacía que, a la que le tocara como hombre, sintiera un poco de fastidio entre los labios.  A mí me generaba algo de rechazo, pero la aceptaba con parsimonia sabiendo que al hacer el cambiazo me tocaría estar con Helena, así que me aguantaba todo lo que podía, porque no deseaba acabar con ella.

Una vez, cansada de no recibir nada deleitoso de su parte y porque desobedecía lo que yo le pedía, tomé su mano con mis manos y me llevé a la boca el dedo con que me masturbaba para con los dientes emparejar su uña mal cortada y escupí el sobrante sobre las mantas. Luego, con la punta de la lengua me cercioré que todo estuviese liso y en condiciones de seguir frotándome sin recibir otro puntazo desagradable. Después volví a colocarla en mi entrepierna  "Ahora sí. Seguí" le dije y aunque continuaba siendo irritante compensaba mi cuota de placer mirando como Helena hacía retorcer a Celina entre gemidos "¡Ay Hele! ¡Ay Hele! ¡Sí Hele!"

No es que Patricia no sabía, sino que era vigorosa y entre sus ganas era difícil hacer que desacelerara o que dejara de fregar apoyando con fuerza los dedos. De todas formas cuando la calentura era masiva y la sutileza desaparecía, su roce era fundamental si se procuraba llegar a un orgasmo poco contenido de piernas abiertas, de labios mordidos, de humedad, gritos y vicio. Inclusive recuerdo una vez que me hizo temblar haciendo que me sentara para llegar mejor a su cara y mientras acababa tomé su antebrazo  y guié su mano para que me penetrara sabiendo que un dedo no rompería la telita de la castidad que Geovanna quería que mantuviésemos intacta hasta el matrimonio.   Cuando ella  alcanzaba el orgasmo de una de nosotras, su carácter cambiaba y su brutalidad mutaba a pura suavidad, como si con la primera paja sosegara sus ansias de esperar tantos meses las noches del campamento anual y con el pasar de los días, sus caricias  se asemejaba cada vez más las de Helena. 

En cambio Helena… mi momento preferido era hacerla convulsionar siendo su hombre,  porque verla retorcerse agitada era como escuchar con los ojos cerrados una dulce canción parecida a Exist for love  o  como si un dulce y narcótico perfume penetrara por mis fosas nasales haciéndome aflojar los párpados a medio ojo. Cuando ella era mi hombre lo hacía serena. Empujaba mi pezón rosado, terso puntudo, pero nada estrujado con una caricia de lengua lenta, profunda que lo sacaba de su centro y éste volvía rebotando como gelatina a su posición inicial.  



  No solo besaba tranquila colocando los labios hacia adelante sino que lamía los pezones en círculos por varios minutos, lo que me hacía delirar de sentir y  ver. Todas queríamos con Helena. Jugaba a hacerme desear antes de sumergir su mano dentro de mi bombacha. Rascaba despacio por sobre la tela, apretaba los labios, maceraba el momento y cuando mi pelvis estaba completamente tensa de empujar hacia adelante pidiendo más  y de la puerta de la vagina afloraba el deseo empapando la zona, recién ahí pasaba lento el índice por la rayita de arriba abajo. Los mejores orgasmos los provocaba Helena. Su método era efectivo. Después de ese juego sedoso no hacía mucho esfuerzo para hacerme acabar con  los muslos acalambrados y los ojos en blanco. Sólo unos pocos movimientos para entregarme por completo a la semiinconsciencia de la pettit mort y mientras eso sucedía  tenía la manía de pasar una mano como garra por mi pelo desde la frente hasta la nuca, para luego sostenerme al arquear la espalda.

Luego, con los  cuerpos sudados dormitábamos apenas unos minutos antes del desayuno, porque a Geovanna le gustaba hacerlo a las siete en punto.  No teníamos noción que al olor a lona húmeda de la carpa se le había  sumado el de nuestro sexo y cuando la preceptora entró lo primero que nos aconsejó fue que nos bañásemos más seguido, obligándonos a abrir la tienda para que le  corriera el aire, sin saber que el aroma abombado sí era de nuestros genitales y no por falta de higiene, sino por expeler dos o tres orgasmos cada una en esa fracción de noche.

“Yo con todos,

 yo con vos,

 yo con vos…

Helena, yo con vos,

y vos conmigo."



By Jud Páprika

© Todos los derechos reservados


"Exist for love"  (Escuchar con los ojos cerrados)

https://www.youtube.com/watch?v=7YDkrJaiCrw




Comentarios

  1. Si que sabes pintar una escena, gracias por la recomendacion musical por cierto, exito.

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  2. Tienes el poder de llevarme donde quieres Jud. Bella canción. I love you

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  3. En las duchas habrán tenido más tiempo para juguetear🔥

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Sinceramente, puedo ver según voy leyendo cada cuerpo, cada pecho, cada vagina, cada poro de piel extremeciendose bajo el latigo de unos dedos y una lengua bien sabia en su quehacer. Enorme relato Jud, felicidades.

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    Respuestas
    1. ¡Oh hermoso Patricius! siempre me dedicas hermosas palabras, tan lindas que me dan ganas de robártela jajaaja gracias de corazón

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  6. Wow hermosa linda bella preciosa Judit Papikra qué rico hermosa eres una belleza de mujer sexy sensual divina me encanta saludos buen día

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