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PAJA "LAIKIN LANDN" ©

 



Me levantó del culo hasta apoyarme en su delantera y aproveché para rodearlo con las piernas, no porque tuviéramos super fuerza sino que aprovechábamos la poca gravedad dentro del agua que nos ponía lentos y livianos.  La piel caliente, en una contradicción cutánera, se erizaba y ponía los pelitos parados mientras él me  acariciaba los muslos intentando no perder estabilidad por el movimientos de las olas. Trataba de lograr un ritmo parejo  entrando y saliendo de mi entrepierna, pero se hacía casi imposible me penetrara cómodamente, porque no era no era cómodo el lugar, tampoco caliente, más bien complicado, aunque esto no nos enfrió la excitación de hacerlo en público.

 Existe un gran mito y es creer que dentro del mar  todo es más suave, que penetrar a una mujer bajo el agua hace que las cosas fluyan de mejor manera,  como si el pene de algún modo representara a un pez que se desliza cómodo en su hábitat hasta entrar contento en su cueva submarina, pero no hay nada que seque más la humedad de la vagina que el agua, y más si es con sal. Sin embargo era  excitante por el hecho de hacerlo  con gente cerca que bien podía deducir que estábamos cogiendo, aunque solo se nos veía del pecho a la cabeza.   

Lucho nos miraba a unos metros sin atreverse a unirse a nosotros como habíamos estipulado en la carpa minutos antes de sumergirnos en el Atlántico, aunque no dejaba de chusmear lo que hacíamos simulando simulando que no estaba con nosotros. Recuerdo que entre carcajadas le dije a Franco que estábamos torturando a su amigo con nuestra inventiva y que si seguíamos así no iba a querer visitarnos más, y éste me contestó que tal vez no estaba acostumbrado a la intensidad con la que nos manejábamos en lo cotidiano, pero lo curioso fue que precedentemente, mientras ellos mantenían sus charlas de whatsapp él parecía sumamente excitado en ayudarnos a cumplir la fantasía de hacer un trío antes de casarnos y que por esa razón había viajado unas semanas antes de la boda de Londres para Buenos Aires.

Ya metidos en la carpa de playa, otra vez nos observaba atento, pero  más me miraba a mí a los ojos tratando de conectar de algún modo y se fregaba  algo en su entrepierna con la mano dentro del short, que  no era su pene, porque se notaba  a la legua que no estaba erecto. Tal vez  simulaba masturbarse para no recibir otra frase desagradable de su amigo alentándolo a que se nos uniera. Y cada vez que Franco giraba la vista, él me dirigía una minúscula ojeada con un minúsculo gestos que traduje a <<¿En serio te vas a casar con este estúpido? ¿En serio te gusta esto? Yo la estoy pasando como a mierda>>

Franco empujaba frenético, porque la situación de hacerlo de a tres lo excitaba hasta el tuétano, aunque después de un rato él era el único caliente dentro de la tienda y  tan ensimismado estaba que no se percató que con Lucho habíamos arrancado un charla de miradas y gestos que me desconectó de lo que hacía mi novio, sin embargo ambos le seguimos el juego hasta que terminara, porque lo queríamos mucho y no deseábamos decepcionarlo cortándole la concreción de su fantasía.

Fue extraño poder conectar más con su amigo, a quien conocía desde hacía pocos,  que con la persona que tuve al lado por un poco más dos años. Ahora, mucho tiempo después, analizo la situación y  me pregunto por qué no hice caso a las señales que el destino me mandaba y que  me dejaban clarísimo que no debía casarme con Franco puesto que ya había recibido la primera por parte de Juan, mi ex cuñado y ahora de parte de Lucho, su amigo.

Entendí entonces que muchas veces movidos por los legados sociales de repetir lo que el resto de la gente hace y que cree que es lo correcto, como casarse, formar una familia, hijos, casa, perro, etc., desatendemos al instinto que nos alerta de cometer errores y que estos mandatos, muchas veces, no nos dejan ver que las cosas no deben ser como creemos que tienen que ser,  sino como sentimos que tienen que ser.  Perseguimos estereotipos desobedeciendo a lo que realmente deseamos. Inclusive “hacer un trío” o “cumplir todas las fantasías posibles antes de casarnos” son putos clichés, como si luego de casados esas posibilidades quedaran vedadas por la comunión de la monogamia. 

 El trío de la playa fue el soliloquio de Franco y un raro espectáculo para Lucho y para mí, ya que conectamos, sin querer, desde otro lado misterioso que no implicaba el mar, ni la playa, ni una doble penetración o una acuclillada mía en cuatro patas con una verga en la vagina y otra en la boca, nada de eso, sino miradas cómplices que se decían que tal vez sería mejor con algo más, algo distinto que no incluyera a Franco.  Mientras mi novio me sacudía de entrar frenético Lucho me acarició la frente y remató el gesto con un beso entre las cejas; lo que entendí significaba mucho más que muchas palabras, algo similar a  <<Entiendo que hagas esto para complacer a mi amigo, pero tan incómodo como vos también estoy yo y por eso te comprendo>>

El viaje a Chile, su próximo destino, se   suspendió por las cenizas del volcán, así que tuvo que quedarse una semana más durmiendo en el futón  de la sala intermedia que teníamos entre el comedor y la salida al patio,  que no era living, ni estudio, ni sala de juegos, solo un paso demasiado ancho como para ser pasillo y que concluía  en la  enorme mampara con una hermosa vista al parque. A la mañana siguiente de que le avisaran sobre la reprogramación del vuelo, cuando Franco ya había salido a trabajar y yo arrancaba la semana hábil en la cama,  Lucho entró muy temprano a mi cuarto para dejar su maleta vacía junto a la cómoda, lugar que le habíamos destinado para que no estorbara el paso por la casa, creyendo que yo todavía dormía. Con la cabeza apoyada en la almohada lo observé entrar haciendo ese pasito en cuclillas que se procura hacer cuando no se quiere despertar a alguien flexionando las piernas flacas y largas como los de una garza empantanada y me hizo gracia notar que encorvaba la espalda de forma exagerada generándose una especie de  joroba que le restaba centímetros al metro noventa y cinco de estatura.

- ¿No te gustó lo que hicimos en la costa verdad? -  Le dije en castellano, cuando todavía tenía la manija de la valija en la mano y no se había dado vuelta para emprender la retirada de mi cuarto.

Ai tougdat iu stillaslip…maibi - dijo en un inglés entreverado.

-  ¡Ja! No. Estoy despierta ¿Y por qué susurras, si ya no hay nadie durmiendo en la casa? 

-  "Aidotnou…bicos... no lo sé" – me contestó mientras giraba para mirarme.

Estiré la mano moribunda sin modificar otra parte del cuerpo; él estiró la suya para unirse conmigo imitando mi pose y  recostándose en el lugar que antes había ocupado Franco. Con las  palmas pegadas  entre las almohadas y las mejillas casi como un rezo, empezamos otro diálogo de miradas y sonrisas tiernas. Creo que no nos quedaba otra; inglés yo no sabía casi nada y él, castellano, menos que menos, pero parecía manejar bien lenguaje de los ojos y las gestualidades.

Entró  poniendo el índice y el pulgar en forma de pinza y apretó con firmeza el trozo de carne que hay entre el interior de mi vagina y la comisura externa cercana al clítoris. Pellizcós suaves, lentos, ininterrumpidos deslizando los dedos hacia la salida para luego volver a meterlos. Como si con ese movimiento estuviese robando un trozo del mazapán de un pastel húmedo y que al retirarlos  descubriera que obtuvo el poquito que abarca el perímetro de ambas yemas pegadas y que por eso debía reiterar el movimiento para sacar  más. 

Sin bajarse el short, asomó la verga dura por arriba de la cintura dejando los huevos apretados bajo el elástico. Encajó luego su glande bajo la tira de mi bombacha y a medida que se frotaba, sin desengancharse del todo, porque la cabeza era frenada por el bretel, sentí como su pene rígido me mojaba con preseminal mi cadera izquierda.

Quise apoyar la mano para agarrárselo y aprisionarlo más hacia mí y tal vez, también, jugar a juntar su viscosidad para luego chuparme los, pero me la apartó con suavidad,  porque según parecía, con esa porción de mi ropa interior le alcanzaba para pajearse. Se movía y no dejaba de masturbarme, así que me relajé.  Su verga en mi cadera era un bálsamo delicioso que me aflojó la ingle y apoyé las palmas de las manos a los costados de mis tetas para deslizarlas lento y con los dedos, como dos arañas enormes, atrapé los pezones para provocarme cosquillas. Dejé que mi  cuerpo respondiera como se le diera la gana, sin la tensión de estar pendiente de decepcionar a alguien.


Cuanto el más aceleraba sus movimientos más tiraba de mi calzón y el tronco se le iba poniendo al rojo vivo por la fricción del elástico tenso. Cuando lo llevó al límite de lastimar la piel, recién ahí soltó sus ganas a chorros dejándome el costal bañado de leche translúcida  y aunque supuse que había concluido, seguía duro como en el primer minuto así que no dejó de moverse ni de tocarme hasta que yo  también terminara.

Con esa parte del cuerpo mojado de su semen giré sobre la cama humedeciendo la sábana de abajo y volví a ponerme en la pose inicial para mirarlo de cerca como lo habíamos hecho apenas se había acostado junto a mí. Él hizo lo mismo y vaya uno a saber por qué, empezamos a reírnos. No era sólo un diálogo de las miradas, también de las risas acompañadas por muecas fruncidas desplegando satisfacción.  Recién ahí lo noté relajado desde que había puesto un pie en nuestra casa.  

A la hora, estando yo en la cocina volvió a arrimarse parándose junto a mi otro costado. Sonreí contenta de tenerlo cerca y lo besé rápido sin desatender la sartén caliente. Como no cambiaba de lugar, porque esperé que se pusiera detrás para que me bajara el short y me cogiera como pensaba que deseaba hacerlo, giré apoyándole el culo en su frente, pero me acomodó para que me quedara como estaba. A través de su ropa  sentí la erección  y los golpeteos  que hacía con la verga en mi cadera mientras me acariciaba lento el pelo. Observaba su mano cómo arrancaba de la parte superior de la frente y terminaba el recorrido de la última mecha sobre mi cintura. Retiré la comida del fuego para que no se quemara y porque quería saber a dónde quería llegar con tanta parsimonia. Lo hizo por largo rato mientras yo le pasaba el pulgar mojado con mi saliva  por los labios, porque tampoco me había dejado besarlo.  No despegó un segundo una de sus manos de mi pelo y  con la otra estiró hacia arriba el  bretel de mi tanga para acomodar otra vez el pene debajo del elástico. La diferencia fue que esta vez sí me dejó tocar y juntar con los dedos  la babita transparente que  le  salía de la cabeza para pintarme los labios.  

¿Para qué más? Dos acotadas acciones que nos alcanzaron para experimentar las mejores  pajas de nuestras vidas. Sin ningún otro gesto erigido por los preceptos  con que nos criaron. Desobedecimos al sexo ideal. Ni chupada, ni penetración, ni besos, ni empuje frenético, solo suavidad, mesura y calor. Lo necesario, sus pellizcos y la fricción, dos dedos y un elástico  ¿Para qué más?

 Soy una convencida que la impronta tanto de mujeres como de hombres es cultural, la forma de encarar, qué palabras decir, cómo acomodar y qué condiciones tiene que cumplir un cuerpo deseable. Todo es cultural. Como si los que diferimos de los modelos estandarizados no tuviésemos derecho al goce. Falsas actitudes que son inducidas en y por el imaginario social que nos convence sobre cuáles deben ser las practicas correctas, mientras que estas formas establecidas resultan ser insatisfactorias para la mayoría de los mortales. Y en eso responsabilizo al porno, porque da una perspectiva masculina y distorsionada del sexo.  El punto es que no existen prácticas correctas, no existe el orgasmo en la mujer pura y exclusivamente por una penetración profunda, solo existe fregar la carne en el punto justo, un sonido, un aroma.  Y a las pruebas me remito.

Días atrás decidí tocarme abriendo la cámara y para sorpresa mía del otro lado estaba un hermoso y corpulento joven colombiano de veintidós años que me había mentido la edad y que al escucharme gemir, sin haber abierto yo todavía mi cámara, sin verme un solo pelo, sin casi frotarse él, acabó rabioso. Le pregunté qué le había pasado, no porque hubiera acabado tan pronto, sino por la cara de espanto que puso. No parecía contento y me respondió que estaba acostumbrado a ver, pero no a oír y que eso le hizo perder la cabeza. El sonido para él fue el detonante. Luego se disculpó avergonzado repitiendo una y otra vez que eso nunca le había pasado y se justificó diciendo que regularmente duraba “mínimo” veinte minutos <<Veinte minutos es una eternidad. ¡Qué aburrido!>> pensé. Es decir que la creencia de lo que debe durar un “hombre de ley” le quemó la cabeza y  no le dejó disfrutar  haber descubierto exactamente lo que lo hacía venirse rico. Como si el sexo fuese una cuestión cuantitativa ¡¡¡Qué ridiculez!!!   

 Se sorprenderían al descubrir que según el país las frases cambian a la hora de copular y se repiten según la región, porque nuestro proceder obedece a un condicionante cultural de conducta; pero cuando los cuerpos logran desprenderse de eso, dejan de lado los estereotipos, y en su llano instinto, en su estado más puro del deseo, tienen un punto en común: son todos iguales buscando recibir un desenlace sabroso; y si son lo suficientemente empáticos y considerados, también darlo.  

En ese estado primitivo de la carne no importa el pasaporte, tampoco importa qué porción de carne fregar.   Algunos se excitan lamiendo un pie o les sobra con un gemido, otras, como yo, cuando le rascan la cintura baja, otros, como Lewis (Lucho para los amigos) aprisionando su carne con un elástico. Entonces a la mierda con el “sexo ideal”, a la mierda  con las vergas enormes, a la mierda con las formas de los cuerpos esculpidos. ¡El deseo, es deseo! Y un cuerpo deseoso siempre es lindo porque es tibio, suave y apetecible.

Risas nerviosas y cómplices en el auto durante el viaje al aeropuerto de  Ezeiza.  Besos de despedida sin mirarnos a los ojos ocultando la congoja. Su saludo desde lejos apuntándome y sacudiendo el mismo dedo con que me hizo acabar en la mañana,  que traduje a <<Te volveré a ver porque tenemos algo pendiente>> mi respuesta afirmando con la cabeza y más risas.

Lo bueno es que a los dos meses, a su vuelta de Chile Lucho se quedó con nosotros con la excusa de ayudar a mi marido a trabajar  el campo. ¡Como si supiera algo de arar la tierra o esquilar animales!  Después…  después alguna que otra siesta de domingo cuando Franco se desmayaba en la mecedora del patio luego de bajarse uno  o dos tubos de vino tinto.

Después…

-          Lucho si me seguís pellizcando así acabo. Y si acabo me hago pis...

-          “Yastduit beibi” – contestó Lewis

Después Johann, después entender que la monogamia no era lo mío, ni lo será jamás ¡Gracias a Dios! 


By Judit Páprika        








Todos los derechos reservados por el autor ©



Comentarios

  1. Hola mi reina amada y querida.Como estas en este dia Jueves.Sabes me gustas mucho tu.Estoy perdidamente enamorado de ti.Mi amor te quiero y te amo toda tu de pies a cabeza.Mi bebecita mia.Te amo y Te deseo con todo mi corazon.BB.Tus relatos me hacen pensarte dia y noche mi reina amada.Quien pudiera ser Lucho para adorarte mimarte como mereces.

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  2. Esta muy interesante y abre la mente y te hace volar la imaginación y te lleva em sus alas yte lleva a un paraíso desconocido y misterioso.Me gusta mucho todo lo que escribes.Te felicito de todo corazon.

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  3. tienes un dominio sobre mi picho que te leo y me calienta la sangre. Quisiera estar en el lugar de lucho y pelliscarte igual.

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  4. Hermoso y extremadamente erótico.
    ..Lo acabo de leer desvelado a las 3 30 de la mañana..
    . Me.encantó la sutileza del "just do it" del final. Esas cosas me dan vuelta! Bravo Jud!

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  5. Otro escrito genial, como siempre superándote, como siempre magnifica, caliente, provocadora y provocativa. Felicidades por el relato y por la experiencia, hoy la envidia me corroe, yo quiero también estar allí... así... y dejar los estereotipos a la puerta de tu dormitorio.

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  6. Tu manera de escribir hace que sienta como si me hablaras al oido y me calienta de una forma que no puedo explicar

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