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CHORIZO, TELA Y ACRÍLICO.

 

Colocó el celular dentro del cenicero de la puerta del acompañante, luego me llamó como habíamos quedado y me dejó verlo de costado, en perspectiva lateral mientras conducía su Scania . Manejaba atento al camino y no me podía mirar, pero sí  contestarme. Apoyó la verga erecta sobre el volante de acrílico, lo sostuvo con las rodillas mientras con ambas manos enroscó rápido una franela hasta convertirla en un corto tramo de soga gruesa. Luego , volvió a sujetar el volante ya la vez los extremos del trapo tirante haciendo que la verga quedara atrapada entre ambos elementos. Acrílico y tela y en medio de estos, su enorme chorizo ​​carnoso que fregaba dando volantazos,       haciéndolo saltar con las partes escalonadas del círculo negro que usaba para conducir. Quedé fascinada con su ingenio. Lo imaginé en otros viajes conteniéndose de tocarse por no poder desocupar las manos.

-          ¿No tenés miedo de chocar moviendo el camión de un lado a otro? – le dije.

-          No. La ruta a esta hora está vacía – me respondió -  Años que la recorro. Además se siente rico.

Le pregunté si no era más fácil parar y masturbarse como lo hacen el resto de los mortales y me aclaró que gracias a mis audios se pasaba la noche al palo mientras viajaba de una ciudad a otra y que no podía masturbarse mientras tanto; que una vez paró para hacerlo, pero que al  otro relato mío, de los que tenía guardados en su celular y que yo había grabado exclusivamente para él, la erección volvía a pronunciarse como si no se hubiera deslechado minutos antes.

-          Así que me las rebusqué. me dijo - Te escuché con la pija hecha una piedra sobre el volante por mucho tiempo,  necesitaba más… usé la franela. No es lo mismo que coger o tocarme, pero me sirve. Es que tu voz… tu voz…

-          ¿Sabías que siempre creí tener  voz de pelotuda?

-          ¿Cómo? ¿Y eso por qué?

Le conté la anécdota de una vez en que me dirigía a la dirección de la escuela, para dejar el cuaderno de clase y que antes de llegar escuché desde el pasillo que el secretario le decía a la preceptora que ni se le ocurriera proponerme a mí para dirigir el acto, porque con mi voz se iba a dormir el público, rematando su argumento con: “¡Parece estúpida. ¡La Jelinek es un poroto al lado de ella!” La preceptora se adhirió a su comentario con una carcajada burlona que se escuchó desde afuera, ​​así que no entré a la oficina en cuestión, sino que dí media vuelta y lo dejé sobre mi escritorio. Al otro día mentí diciendo que estaba apurada y por eso olvidé dejarlo donde debería dejarlo.  

-          Seguro que el secretario estaba caliente y vos no le dabas bola ¿O me equivoco? - me dijo algo indignado

-          No. No te equivocás. De todas las formas es un embole dirigir un acto. No me gusta que me miren y estar ahí parada en medio de  un escenario con la atención de todos encima… no, no, no. Es feíto.

- A mi me vuelve loco tu voz

Volvimos a su verga sujetada al volante por el trapo y a los peligrosos zig-zags que hacia conduciendo. Le pregunté si no era mejor seguir escuchando mis audios en vez de contratarme para que le leyera en directo vía Skype y en ese momento me llenó de emoción relacionar mi situación con la que alguna vez había leído en algún libro de historia latina y que me hizo comprender que el mundo es circular, porque los actos y los roles de las personas se repiten constantemente ya través del tiempo. No le dije nada de mi éxtasis mental, porque temí enfriarle el momento con un comentario nerd, sin embargo, su pedido me llevó al siglo III.

En la Roma antigua el aristócrata sabía leer   y escribir, pero no lo hacía por sí solo. Si quería  plasmar sus ideas contrataba a un escriba para dictárselas.  Con la lectura pasó lo mismo, para entretenerse, jamás repasaba las palabras con sus propios ojos, sino que contrataba a un hábil lector que lograba ponerle los pelos de punta a la audiencia con la destreza de su entonación  y reafirmando  las palabras con  movimientos la cara y  manos. ¿Quién iba a decir que tanto tiempo después yo iba a hacer el mismo trabajo de un antiguo lector romano? Supongo que la diferencia está en que, además de cobrar por esto, yo disfrutaba de corromper la mente de Carlos con una lectura medida sobre mis fantasías y experiencias, colocando la garganta en mi estado natural, sin hacer el esfuerzo de sacar la voz más robusta , dejando que el murmullo salga limpio   y sedoso. Cuanto más embelezaba sus oídos, yo más me estimulaba.  Nada más lejano de un aristócrata que  Carlos y yo de un lector romano. Además en ese entonces a las mujeres no se les permitía leer ni escribir y menos cobrar por ello.

Viajaba con él y a la vez no. Solo   mi porción de cara en la pantalla de su celular y a la que él no prestaba mayor atención por mirar el camino. Yo me asomaba de  la nariz al escote y a veces mostraba un poco más abajo, pero no quería que chocara a causa de sacudirles las tetas, además me  había dicho que con mi voz le bastaba. La fuerza de la palaba... ¡Ay, la fuerza de la palabra!

Arranqué leyendo TREN y para cuando el hombre de mi relato me sujetaba de la ropa para apoyarme con fuerza su delantera sobre el culo, del ojito de la uretra de Carlos comenzó a brotar, lento y constante, un   moquito blanco que le bañó el volante y los testículos. Eyaculaba mucho, pero despacio y dejé de leer apreciar la parsimonia de la escena que me humedeció el calzón al instante. Mis cuatro labios latían. Sin gemidos ni interruptus y con el mismo silencio de su cabina en mi habitación, paré maravillada para  ver cómo le brotaba sin pausa una enorme cantidad de guasca densa, blanca y pegajosa.


-           Seguí Judit, no pares que tengo los huevos llenos.  

-          ¿Sabes lo que te haría escupir con fuerza?

-          ¿Qué? - me dijo corto y seco, algo fastidiado por haber frenado mi lectura.

-          Un masaje prostático

-          No creo – me respondió – ​​ya lo probé y acabé igual de lento. ¿No te gusta cómo acabo?

-          Me encanta, pero me da curiosidad saber, cómo sería sentir tanta leche golpeando contra mi cara. 

-          ¿Qué más te imaginas al verme sacar leche Judit? - añadido seducido

-           Yo arrodillada con la boca cerca de tu glande. 

Sacó la franela, tomó rápido la cabeza de la verga con una mano, la aproximó a su ombligo y la soltó hasta que golpeó contra el volante  para mostrarme que la seguía teniendo tan erecta como al inicio.  Su estandarte estaba duro y  bañado de glasé blanco y delicioso. Luego me contó que el hecho de estar sentado tantas horas en una butaca de cuero con resortes le calentaba los riñones y que siempre viajaba por kilómetros al palo,  pero que pocas veces sacaba leche, hasta que empezó a escuchar los relatos y descubrió que antes no lograba eyacular fácilmente, y que ahora el estímulo mental de mi voz lo ayudaba a sacar rédito de una situación física inevitable.

-          ¿Qué mejor que tenerte acá conmigo leyéndome a mí, solo a mí?

-          A mí también me gusta y me agrada la novedad de la situación. Viajo con vos, pero a la vez estoy en mi casa.

-          Además cobrás y te haces unos mangos…

-          Si. También. 

-          Está bien Judit. Tu trabajo vale. Si yo te hubiera conocido antes, te habría pagado para que me acompañaras en cada uno de mis viajes ¿Sabes lo que es estar la noche entera mirando la ruta y escuchando la misma música siempre?

-          Ya me lo habías dicho y no,  no me lo imagino. Supongo que debe ser aburrido ¿no?

-          Si, da tristeza. Un verdadero embole. Sé que no podés acompañarme siempre, pero cuando me llega un mensaje tuyo avisándome que vas a poder leerme, el amigo se alegra de una manera…. Te quiero pedir una cosa más. 

-          ¿Qué? - contesté

-          No te toques mientras me lees.

-          ¿Por  qué?

-          Porque vas a acabar y la otra vez me pareció que luego del orgasmo tus ganas cambiaron ¿O me equivoco?

Me reí sin darle la razón, sin embargo le pidí unos minutos para ir al baño y aproveché para meterme mi bolita china dentro de la vagina, porque dejarla quieta cuando estoy caliente, me hace latir el   cuerpo y volví como si nada hubiera pasado. Abrí las piernas para apoyar la concha sobre el almohadón azul, el mismo que mencioné en algún que otro relato y me dispuse a leerle. Por unos segundos, mientras lanzaba las palabras de mi boca, me abstraje corrigiendo mentalmente la mala sintaxis de una frase y cuando volví a mirar a Carlos de su verga volvió a brotar leche con la misma tranquilidad de antes. Le puse la excusa de que la señal estaba mala y que se me pixelaba su imagen, así que apagué mi cámara, pero él no la suya.  Necesitaba aflojar los gestos de la cara de sentir cómo la bolita china oficiaba de verga dura adentro mio,  mientras movía la pelvis fregándome contra la silla y a la vez  verlo largar semen con la misma velocidad de un helado derritiéndose.

-          ¿Apagaste la cámara para tocarte? - me preguntó pespicaz

-          No. – Le mentí

-          Lees más agitada que antes. No te creo.

-          Créeme. Es que leer me hace recordar y recordar me calienta. – Mentí, otra vez, aunque parcialmente.

-          Abrí la cámara ¿A ver?

-          No.

-          Entonces sí te estás tocando - aseguró Carlos

-          ¿Y en qué te afecta que me toque? - le dije finalmente -Ya acabaste dos veces. Prometo no cambiar las ganas si acabo. En serio. Lo Prometo.

-          No te toques. Es mi condición. Así como a vos te calienta verme caliente, a mí me pone loco oírte excitada sin poder consolarte. Así te quiero de caliente toda la noche.

-          Es que la lentitud… tu tranquilidad me desespera. Necesito fregarme. No sé si comprendés lo que me late el cuerpo ahora, mi concha está empapada y mi boca lo único que desea en este momento es limpiarte la leche que te quedó pegada en la cabeza.

Desobedeciendo su pedido, seguí leyendo sin abrir la cámara y bajé la mano para rascarme despacio los labios húmedos tratando de no agitarme demasiado. Después de un rato mis palabras se intercalaban con gemidos y el desenlace fue inevitable. Para cuando abrí los ojos él me había quitado de la puerta del acompañante y sostenía el celular con una mano enfocándose de frente. Había estacionado. Caliente y enojado por desobedecerlo  se arrodilló en la butaca, tomó su verga de lleno y comenzó a moverse frenético empujando la pelvis como si debajo suyo tuviera a una mujer en cuatro patas, mientras decía que así sería como me daría si me tuviera con él dentro de la cabina de su camión. Gruñía furioso mientras empujaba fuerte.  Que no acabara escupiendo hizo que no pudiera distinguir si el semen que le colgaba de la verga era nuevo o el anterior que le había quedado de acabar de escucharme leerle. Me pidió que  abriera la cámara y sin reparos le mostré cómo sentada me reclinaba para apoyar  las tetas sobre el escritorio  y tenía una mano metida entre las piernas. Luego saqué mi bolita china y la arrimé a la cámara  para que apreciara el vapor del flujo pegado y cómo pendulaba entre mis dedos.  

-          No puedo entender qué es lo que hacés que necesito que me acompañes cada noche, en cada viaje.

-          Yo tampoco lo entiendo. Si  lo único que hago es leerte.


By Judit Páprika

Todos los derechos reservados por el autor.












Comentarios

  1. Eres la escritora más excitaten que existe en el fucking mundo 😍😍

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Ufff, no puedes imaginar la erección que me provocas y como no deja de gotearme cada vez que te leo.

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  4. Nunca me senti asi con un relato, increible

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  5. Che piacere è leggere le vostre storie. Voglio riempirvi la bocca con il mio latte

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  6. habia perdido tu enlace y la alegria que tengo ahorita de encontrarte. Tienes material nuevo. Veo que cada día mejoras Gracias por compartir tus experiencias bella, te pongo en favoritos no quiero volver a perderte

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