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MANTEQUITA © (BDSM)

 





 Apiló dos almohadas en el centro de la cama como simulando un cuerpo más que nos acompañaba y me ordenó que  me acostara boca abajo sobre los cojines mullidos. El apoyar las tetas me alivió inmediatamente el dolor de espalda  con el que convivo desde los trece años por la fuerza que ejercen los 1200 milímetros  de delantera y que me encorvan la pose hacia adelante cuando no presto atención a cómo coloco los hombros.   Se arrimó por detrás y lejos de montarme como pensé que lo haría, dada mi pose de perrito esponjoso, se recostó  sobre  mi espalda con cariño y me dijo al oído cosas dulces que decidí creer de momento, al menos por ese rato en el que jugábamos a que éramos  una  de esas parejas que se juran amor eterno, algo momentáneo y parecido a las comuniones raras que pactan las personas monógamas que confían ciegamente el uno en el otro.  Olvidamos por una hora  a su esposa y el  inminente amorío que yo tengo conmigo misma y que no me permite acomodar mis pasos al ritmo de otro ser que no comprenda la asfixia que me causa tener gente cerca por un tiempo prolongado.  

Tensé la espada y aspiré un gritito corto que frené en medio del pecho cuando vi de refilón que bajaba el rebenque de cuero grueso hacia mi culo.  

-          ¿Sigo? – me preguntó sereno

-          Seguí – afirmé no muy convencida

Latigueó una, dos, tres veces y a la cuarta vez me vio morder la almohada, poner el cuerpo rígido para soportar los golpes. No hizo un quinto fustazo, porque volvió a recostarse sobre mi espalda para decirme

-          No es así como funciona.

-          ¡Ah! ¿No?

-          No

-          ¿Y cómo funciona?

-          Si ponés el cuerpo tenso apenas el látigo  se acerca a vos, es porque no te gusta el sado.

-          Pero a mí me gusta que me des nalgadas o me tires del pelo

-          Lo sé – respondió – pero no es lo mismo, vos sos demasiado vainilla para esto Judit y si realmente sintieras placer de ver el golpe aproximarse en vez de ponerte rígida para “resistirlo” – hizo las comillas con los dedos de una mano al decir resistirlo – te entregarías a la dulzura del chicotazo del cuero picando sobre la piel.  

Pero la curiosidad era más fuerte que mi miedo  al dolor y quería que siguiera no solo para saber qué se sentía en una sesión de BDSM, muy improvisada por cierto, sino que necesitaba hurgar cuáles eran mis límites convencida de que en alguna de esas prácticas descubriría algo más sabrosos que lo que venía sintiendo con el sexo soso; algo más que me obnubilara de emoción y me volviera adicta a repetirlo. No estaba segura de qué era lo que encontraría, pero aprovechaba sus preferencias y ayuda para encontrarlo. Entonces, luego de pedirle que continuara, yo todavía en cuatro patas en el centro del colchón y elevada por las almohadas, tomó mis manos y las llevó hacia mi espalda para atarme las muñecas con una sábana prolijamente doblada.



-           Del nudo central dos tramos largos de tela  se extendían hacia abajo, los que usó también para sujetar los extremos a mis tobillos, limitándome el movimiento de las piernas.   Salió un instante de la cama, buscó su celular y luego me lo acercó a la cara para mostrarme  la minuciosidad con que me había amarrado. En ese plano me veía hermosa.  Un  magnífico triangulo conformado por piel y la tela de la sábana tirante que iba de mis muñecas a los pies y en el centro mi culo muy abierto.

        Mirá. ¿Ves? Es un espectáculo tenerte así. ¿Cuánto tiempo aguantarías atada?

-          Creo que ya no lo aguanto. ¡Soltame!

-          Ok. – respondió desilusionado

Ni él servía para amo ni yo para sumisa. Quedamos recostados en la cama charlando sobre la excitación que él experimentaba al flagelarse la psiquis y la carne. Trataba de hacerme entender algo que para mí no era del todo digerible, pero que describía como el súmmum de la sexualidad.

-          No sé. Me siento una carmelita descalza al lado tuyo, con toda la experiencia que tenés.

-          No es cuestión de experiencia Judit. Es cualquier cosa lo que estás diciendo, es cuestión de gustos. Mira, por ejemplo, desde chico, cuando todavía no tenía experiencia alguna, me ataba los huevos a la verga estrangulando ambas cosas y así pasaba las mañanas enteras transitando el placer de sentir la pija erecta y morada bajo mi pantalón. ¡Bum, bum. Bum! me latía el choto. Creo que podía estar así el día entero. Ves, no es una cuestión de experiencia acumulada sino de saber qué es lo que te transporta a un estado de placer absoluto, sin importar lo que sea.


      Y cuando supe que eso me gustaba, es decir, cuando empecé a hacerlo, todavía no había compartido la cama con nadie. Todo el trayecto de la secundaria con el choto atado a los huevos; parte de la universidad con el resorte de castidad estrangulándome el pene. En los eventos familiares, en las reuniones con amigos… nadie sospechaba lo que tenía sujeto bajo los pantalones y eso me daba, me da todavía cuando lo hago, una especie de poder indescriptible. Me sentía más seguro y complacido. En algunas ocasiones, cuando me erectaba y la cabeza empujaba inútilmente contra la punta de metal del cinto de castidad, se me escapaban algunas gotas de semen por resistir la compresión por tantas horas.

-          Cuando conociste a alguien, me refiero, cuando finalmente compartiste la cama con alguien ¿Qué pasó? – le pregunté curiosa y seguí - ¿Te gustó más meterla que estrangularte las bolas?

-          ¡Nah! No fue gran cosa el sexo compartido, ni meterla tampoco. Igual lo seguí haciendo.

-          ¿Con esa persona?

-          ¿Qué persona?

-          Con tu eventual pareja o con quien cogieras en tus primera veces.

-          No. Tampoco se lo dije a muchas personas con las que cogí, ni a mi mujer se lo conté. ¡Ojo eh! no por miedo a que me creyese enfermo u otra cosa, sino que nunca me nació revelarle mi secreto. No quería que nadie supiese la raíz del vigor que me daba el sentir y el saber que estaba con los genitales amarrados bajo la  ropa a pocos metros de las otras personas que ignoraban por completo mi estado de satisfacción íntima. Es algo mío.

 Le ordené que tomara un poco de manteca de la heladera, la ablandara con el calor de la mano, volviera a la cama y se la pasara por la parte tirante que hay entre los huevos y la rosquita el culo. Le dije que  se la untara con dedicación y empujara la base de la verga desde ahí para que sintiera el inicio del tronco que se esconde en ese tramo de piel pelada, porque deseaba, apenas terminara de fregarse, sumergirme con la cara para lamerle la manteca, para después fornicarle el culo con la lengua. Luego, mi dedo resbaloso, inquieto  muy adentro del recto y mi boca subiendo hacia el escroto,  recorriendo el tronco hasta detenerse en la cabeza, pero no para tragar la pija completa, sino para mover la lengua rápido y cortito sobre el frenillo tirante. La primera vez que se lo hice tuve dudas; no supe si había acabado rápido por mi dedo o por las lamidas, pero luego, cada vez que nos encontrábamos me pedía que le hiciera lo mismo, hasta que en una ocasión refunfuñó palabras entre gemidos <<Sí, sí, sí. Cortito, cortito. No pares>> refiriéndose a las caricias acotadas de mi lengua a un costado de su glande.

En la parte previa de nuestras citas, se le notaba la ansiedad de soportar toda la cena y la charla innecesaria, porque no veía la hora de que pasásemos a la cama. A mí también me aburría esa parte de la salida. Así que, un rato antes de encontrarnos,  cuando me llamó para que tuviéramos otra noche “romántica”,  le fui sincera.

-          Mira Andrés, a mi me vuelve loca ponerte loquito.  No vayamos a comer, ni al cine… ¿Qué tal si venís a mi casa y tomamos algo?

-          Si, si, claro – contestó en tono monótono

Y antes de que cortara, me apresuré a decirle:

-          ¡Ah! Y traé mantequita que a mí se me acabó

Como respuesta, se le escapó una risita ansiosa porque supe que lo que le había dicho era música para sus oídos. Estaba siendo directa, sincera, osada… ¿Y cómo no serlo? Si su verga era  la más afiebrada y tirante que había lamido en mi vida. Si sado era lo que quería, entonces sado tendría, además del ritual de la mantequita, claro.

Luego de sacarme las ganas de lamerle el perineo como había hecho en otras oportunidades y repetir el trayecto con la boca hasta detenerme en la cabeza, en esa ocasión, aparté la cara de su entrepierna, me arrodillé en la cama, tomé la sábana de arriba, la plegué con paciencia y la dejé a un costado de nosotros, sin darle pistas de mi nuevo plan, aunque se imaginó que lo ataría de algún modo similar como lo había hecho él conmigo. Después le levanté las piernas sosteniéndolo de los tobillos y apoyé la vulva sobre sus huevos moviendo la pelvis como si lo estuviese penetrando con una enorme verga que deseaba tener y de la que, evidentemente, carecía. Rascaba sus cuádriceps y cuanto más aceleraba mi empuje, su pene más duro se ponía. Sin salirme del su centro, estiré la mano, tomé la sábana, junté sus tobillos y le empujé las piernas lo más cerca que pude hacia su cara. Largo un quejido de dolor porque tenía poca elongación y cuando dijo “esperá”,  no esperé, se las empujé más todavía y le pedí las manos para unir  sus cinco extremidades bajo un solo amarre. Cabeza, manos y pies todos confluían en solo y enorme nudo grueso que lo dejaban boca arriba y con el culo expuesto, casi de la misma forma que se atan las cuatro patas de un carnero antes de ser sacrificado, con la diferencia de que su culo y sus huevos asomaban por entre los muslos y el pene no paraba de sacudírsele solo.

Cuando pude extrañarme de la escena, cuando pude escuchar que se agitaba cada vez más por el placer que sentía de estar atrapado a mi merced, cuando me cansé de observarlo de todos los ángulos posibles rodeando la cama, tomé el rebenque y empecé a azotarle el culo.



 Ahí mismo comprendí cuál era la diferencia entre él y yo. Cuando yo veía acercarse el látigo de cuero color crudo hacia mis pompas, me ponía tensa del miedo que me causaba sentir el fustazo sobre la piel;  en cambio a él eso lo estimulaba. Cada vez que me veía levantar el brazo para tomar impulso le vibraba el cuerpo,  el pene le bailaba con la punta brillante por el preseminal que  le brotaba incesantemente; se le sacudía con autonomía rebotando contra el bajo vientres. Golpeaba cerca del ombligo, festejando extasiado de recibir el picoteo del castigo divino.

Cinco latigazos, quince latigazos y el masajeador prostático ya metido,  vibrando a velocidad máxima dentro de su ano. Veinte latigazos y sus  palabras que imploraban más, mucho más,  repletas de saliva que se le escapaba y le humedecía la barba apenas crecida. Los huevos y las nalgas al rojo vivo. El espacio  pubococcígeno,   también llamado comercialmente punto L, del que no se debe restar utilidad, porque estimula la puerta de la próstata desde lejos, casi como si se rascara la espalda con un pullover puesto, escaldado por los golpes.

Mi teoría es que si un hombre se excita con las caricias en el punto L es porque pide a gritos un dedo o un pene que lo estimule desde adentro. Cuando yo le fregaba esa parte con mantequita, se endurecía más que con cualquier otra caricias.  

- ¿Más mantequita Andrés? ¿Más mantequita? - me nació preguntarle con cada golpe. Una frase imposible de analizar sintácticamente,  pero repleta de significación para ambos. – ¿Mantequita…? ¿Mantequita…? - seguí

- Sí, más mantequita, más mantequita, por favor – respondía gimiendo.

Recién cuando se me cansó el brazo presté atención al estado en que le había dejado el culo. La sangre atrapada bajo la piel en líneas horizontales que destellaban los largos hematomas jaspeados y que se acentuaban en un rojo intenso  en el cenit de cada una de las  inflamaciones.

Con los pies y las manos cerca de la cara giró y quedó recostado en silencio sin que yo pudiera verla la cara. Arrimé la mano sin decir nada y lo desaté. Se paró y se puso la ropa sin girar a verme y se fue caminando con dificultad hasta salir de mi casa.

Después del éxtasis hay una desilusión, porque  este suele ser el súmmum buscado, aunque luego de él nada bueno puede pasar. Después de la pequeña muerte del orgasmo que corta la respiración, que nos transporta a un vahído que nos pone un poco más allá del acá presente y consiente, aparece el vacío infinito. Por eso, el proceso previo al éxtasis es lo más importante y el que se debe prolongar. Porque coger es más que la genitalidad, es todo lo que lo rodea y lo que nos enfoca en el deseo, en otras palabras, todo lo que nos acapara la atención y que, lamentablemente,  se suele considerar  condimento secundario de un  único momento sublime como puede ser la eyaculación o  en el peor de los casos, la penetración. Entonces, el valor de estos  elementos debe cambiarse, ya que son más importantes todos esos condimentos mal llamados periferia del orgasmo, que el orgasmo mismo, porque el orgasmo, indefectiblemente, es el inicio del fin.

Pensé por muchos días en él, antes de que me volviera a  llamar,  suponiendo que tal vez  el entusiasmo me había hecho apresurar el desenlace o que lo había lastimado demasiado ya que no pude dosificar la energía de los latigazos. Cuando recibí un nuevo mensaje que no decía otra cosa  más que “Tenemos que hablar” lo cité en mi casa una vez más evitando los preámbulos absurdos de impostar una salida desganada. Abrí la puerta y lo vi parado con su hermoso traje negro impecable y una camisa blanca inmaculada. Me miró fijo con ojos de ternero degollado  y sin mediar palabras me extendió la mano para darme un pan de manteca recién comprado y en su antebrazo colgada,  una nueva fusta de cuero negro brillante, que no era como el rebenque que se usa para domar las bestias a golpes de anca, como el que yo  había usado en nuestro último encuentro, sino algo más adepto a sus preferencia. Como respuesta tomé la manteca y la fusta con ambas manos y apenas tuve los elementos en mi poder, se tiró al suelo metamorfoseándose en una mascota enorme que entró caminando a mi casa en cuatro patas arrastrando la corbata por el suelo.   

No puedo ser femdom porque para ello se debe establecer una rutina y si hay algo que me aburre es pasar tiempo con otra persona que dependa de mi asistencia intermitente. Mezquino la atención a cuentagotas. Así que gran parte de ese mes, cuando nos juntábamos,  no hizo más que estar recostado en la alfombra mientras yo hacía los quehaceres de la casa o pasaba largos ratos frente a la computadora completamente en silencio corrigiendo mis cosas. Me sorprendía sobremanera que a pesar de que, aunque en muchos momentos me olvidaba de su presencia, él seguía expectante a recibir alguna migaja de atención. Esas veces, generalmente eran cuando, decidía tomar un descanso de leer y corregir trabajos, entonces giraba mi silla y lo llamaba para que apoyara su cara en mi regazo, luego lo sostenía de los pelos y le llevaba la cara a mi entrepierna para que oliera lo que fuera que tuviera para darle de oler sobre el jean, que poco dejaba expeler el caldo            que se gestaba en mi vagina, que él desconocía que se me escurría entre los labios mientras lo ignoraba ahí arrodillado con los genitales apichonados dentro del cinturón de castidad, a pocos metros de mi persona.


By Judit Paprika    Todos los derechos reservados    ©



Comentarios

  1. Es bueno volver después de mucho y ver cómo evoluciona cada historia cada vez mas

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  2. uyuyuy acabo de descubrir esta maravilla no la habia leido antes- gracias siempre a ti mi bella escritora - me pones a mil con tus palabras y como hablas- tocará ir para argentina a encontrarnos jeje je

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  3. Hola Judit te conoci hace muy poco por tu anuncio generosa oferta sueles hacer a diario o casi en chat de sexo, si me recuerdas ya sabes de mi reconocimiento que hasta me dijiste te hacía sonrojar. Te escribo porque sólo había leido algún relato tuyo, hasta hace un momento no había oído tu voz ni tus relatos hablados, al hacerlo instantáneamente ha acudido a mi mente mi amado Julio Cortazar y sus relatos en propia voz (adoro el de las buenas inversiones) tu tono tu ritmo tu forma de hablar contando es muy parecida. Ya ves das muchas y variadas satisfacciones. Gracias.

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    1. OH! Boris, que maravilloso halago el tuyo compararme con el maestro Cortázar y te agradezco tus maravillosas palabras. Me alegra mucho te guste lo que cuento. Besitos

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