TARRITO DE MIEL I ©
Cuando sus ganas aumentaban lo expresaba con
la velocidad de su cadera empujándose frenético contra Mabel, la mujer inerte y
muda, que se le resbalaba de las manos, porque ella no contaba con la capacidad de
frenarlo o pegarse a él, como si podía hacerlo Lucio contra su espalda. Para que
no se alejara tanto, la sostuvo de los codos con los dedos pegajosos por la miel, haciendo
que el plástico de los brazos se
hundiera y trasladara el aire atrapado en esa zona hacia otra parte del interior
de su amada. El mismo chirrido que hacen
los inflables calientes en verano, cuando se los olvida adentro de la piscina y
se los sostiene con los dedos en garra para sacarlos del agua. El
crujido sintético que emitía el cuello de ella cuando él la sostenía de la nuca con los dientes
apretados, pero con la astucia suficiente de no perforarla con los
colmillos para que no se le desinflara y terminara tirada con las facciones
deformes, y la fisonomía achicharrada, igual que un condón usado.
Cuando
Lucio salía de la casa para cumplir con las obligaciones diarias, su ánimo se
desinflaba igual que el cuerpo de Mabel cuando la aplastaba contra el colchón
para guardarla, porque la extrañaba y adoraba pasar el día entero tirado en la cama junto a ella. Charlaban de cosas imposibles, planeando un
utópico futuro juntos y entregándose al ejercicio de socavar las necesidades
fisiológicas de él cuando el pene se le ponía tieso.
Lucio contaba las horas que faltaban para volver a verla y para que el día lejos de
su chica fuese más tolerable, recurría a los recuerdos gratos que habían pasado juntos desde que la había adquirido por eBay. Cómo olvidar las cosquillas en la panza, esa emoción silenciosa de ver doblar la
camioneta blanca por la esquina y acercarse hacia su casa; y el vértigo de estar permanentemente alerta para recibir el paquete antes que la chusma de su tía política, que con total
impunidad abría toda la correspondencia de toda la familia; la obnubilación de verla
transformarse de una pila de plástico plegado a un ser fenotípicamente similar
a él, pero con el pelo pintado de rojo y
una enorme boca coral bien abierta, que invitaba a ser penetrada hasta la garganta sosteniendole la cabeza con ambas manos. <<Las
arcadas, que rico escuchar las arcadas de ahogarla con la pija en la campanita…>> pensaba
mientras soplaba desesperado, para tenerla en sus brazos lo antes posible, y mientras soplaba el pene se le iba izando al compás de los soplidos.
Ella, Mabel, sería la encargada de consolar sus noches de deseo, <<Basta de noches a solas>> y también la responsable de despertarle el ingenio por replicar la humedad de una mujer real y caliente colocando en su entrepierna un tarrito de vidrio alargado lleno de miel. Ella era la que le rogaba al oído que siempre estaba lista para recibirlo y toleraría todas y cada una de sus embestidas y asfixias. Con el frasco de miel encajado en el bendito espacio cóncavo fue como descubrió cosquillas nuevas en el glande, nada parecidas a todas las que había sentido antes. Una sensación superior a la que le había propinado alguna vez, alguna vagina contratada, porque la miel granulada le raspaba milimétricamente la cabeza y el prepucio se le trababa con la boca del frasco. Tal vez, un impacto algo más agresivo que el que sentía cuando golpeaba su miembro contra un cérvix real o cuando una lengua generosa y veloz lo rodeaba con el propósito de producirle algún tipo de hormigueo urticante que le estirara la piel al limite de ser agrietada por la excitación. Sin embargo, la ocurrencia de replicar una vagina húmeda con un tarro de miel encajado en Mabel tenía una musa, existía una inspiración primigenia que nacía de la necesidad por revivir la única e inolvidable noche junto a Sofí
El último verano, Lucio había coincidido con sus amigos en el Corcovado, un pub maloliente de su ciudad donde la vio bailando sentada y risueña junto a otras personas. Luego de muchos tragos y cuando la sangre se le había cargado de valor, se acercó a ella con la certeza de ser rechazado una vez más, como le solía pasar con cualquier mujer a la que se le arrimaba para entablar alguna especie de vínculo corto y engorroso. Parecía que olían su desesperación. Algunas le daban la espalda cagándose de risa por su aspecto incómodo. Los cuatro dedos de cada mano en los bolsillos, los codos en jarra sosteniendo la camisa blanca dos talles más grandes, regalo de su tía para el cumpleaños 21, y que a la legua se notaba que otra persona se la había planchado con apresto de punta en blanco, cual atuendo de comunión. El cuello largo y recto y los ojos demasiado abiertos mirando fijo al objetivo. En una ocasión fue interceptado por un ridículo masculino alfa de cejas gruesas, mucho más corpulento que él, que lo frenó posándole una mano en el pecho, haciéndole saber que ese era un territorio al que no podía aspirar; otras veces, simplemente le decían que no, entonces Lucio giraba sobre sus talones cada vez más acostumbrado al rechazo. Luego se perdía entre la gente esperando a que la vergüenza se le despegara del cuerpo. Extrañamente, Sofía lo correspondió con más atención de la que había recibido en años y accedió a acompañarlo a un lugar un poco más íntimo donde pudieran desdoblar las ganas mutuas. Mareados y con el olfato inhibido, culpa del vodka que les ocultaba el aliento a esbornia, se besaron mucho y desprolijo y, casi como si se tratase de una tarea titánica, estuvieron largo rato tratando de colocar el condón afinando la vista, porque todo les daba vueltas.
A pesar de tener grabadas en la mente, fracciones bastante borrosas de esa noche, por culpa del alcohol, y no una retentiva clara y acabada, como a él le hubiese gustado, había un instante que permanecía en su recuerdo más nítido que el resto, y era la sensación sedosa que abrazó su pene cuando penetró a Sofía y la flojera que le contaminó el cuerpo entero al segundo de acomodar su pija bien al fondo del útero. También recordaba el maravilloso chasquido que hacían los genitales de meterse y sacarse entre pis y flujo resbaloso. Ese recuerdo lo erectaba al instante. Toda la fuerza virulenta de una porción de carne, nervios, cuero y sangre, latentes abrazadas por las paredes afiebradas de Sofía.
El tarrito de miel que le había encajado a Mabel, era un honor a Sofía. Un frasco angosto y alargado, que se rodeaba cómodamente con una mano cerrada, con el perímetro similar al de la agarradera de una mancuerna de cinco kilos, como las que usan los deportistas principiantes, y que había buscado con dedicación entre las góndolas de los supermercados, porque el mismo no podía ser de cualquier tamaño, sino con la anchura similar a la de un falo potente y compacto que al apretarlo le hiciera sentir un poder robusto, la vidorra, el deleite y por qué no, el dolor. Uno que cupiera cómodamente en la vagina de Mabel, que dejara entrar a su pene con holgura, pero que no le hiciera sopapa o un vacío que implicara luego de eyacular, tener que sacárselo a martillazos para desencajar el envase atascado en el tronco. Después de eyacular en su interior, cuando le tocaba enjuagarse con agua tibia la miel pegada al glande, asombrosamente, y como un bálsamo cosmético, le dejaba la piel resplandeciente y perfumada, con un vaho muy lejano a lavanda, gracias a la cera natural que las abejas, seguramente, habían aportado en la producción del magnífico ungüento.
Pero
la logística no acarreaba solo comprar un tarro de miel diferente al estándar y meterlo en la entrepierna de su chica
inflable, sino que la melaza debía ser
de una consistencia media, ni muy líquida ni muy espesa, comolas mieles que están
llenas de azúcar cristalizado y que pudieran hacerle daño
al meter el pito parado. Además, debía consumir o descartar un tercio del
contenido para evitar un enchastre mayor al que ya hacía normalmente usando aceites y otras sustancias escurridizas, porque al introducir el pene, la miel rebalsaría por los costados hasta derramarse sobre la cama.
El frasco de flujo dulce debía tener la cantidad justa de miel, porque tampoco podía olvidar
los centímetros cúbicos que su eyaculación aportaría y que colmaría el tarro casi hasta el tope. Y otra
cosa no menos importante, tampoco podía estar comprando un tarro de miel para cada
vez que tuviera ganas de hacer el amor con Mabel, así que decidió usar el mismo por varios días. Mezclaba y
vaciaba el contenido según su conveniencia. Con el uso casi diario, la miel se
fue transformando en una sustancia híbrida extraña y blancuzca nada agradable a la
vista y el olfato. Metía una cuchara larga, revolvía con dedicación para que el semen se
fundiera con el resto, desechaba un poco menos de la mitad, tapaba y dejaba el tarrito en el segundo cajón
de su mesa de luz listo para el próximo
encuentro, escondido bajo unos cuadernos anillados, donde él creía que su indiscreta tía no revisaría.
Una
vez pensó ofrecerle el endulzante especial a la hermana del
nuevo marido de su madre para alegrarle las tardes de café, momento en
que esta se arreglaba las uñas con ahínco atenta más a la telenovela que a lo
que pasaba a su alrededor, diciéndole que era una miel especial traída de la India, justificando así la consistencia
atípica, el color albuginoso y el aroma saturado. Y aunque intentó justificar
la posibilidad de tal fechoría diciéndose que se lo merecía por entrometida,
desistió de hacerlo porque le pareció lo
más cercano al incesto y eso era
algo que le revolvía el estómago.
Existe
una teoría que dice que para que un relato sea interesante, deben dejarse
huecos, intersticios, mejor dicho espacios de
indeterminación que el lector luego, en una acción cocreadora, llenará con
las conjeturas que su acervo cultural le permitirá completar. En pocas palabras,
no contar todo es mejor que contar hasta el último detalle, porque de esa forma
nada quedaría librado a la imaginación.
Pero te diré esto querido lector y es que, cuando algo tiene que pasar,
pasará y que la primera materialización para
que se cumplan los designios es imaginarlos y luego verbalizarlos, dejando así de ser meras fantasías para convertirse con el tiempo en cosas o
hechos tangibles. Así que agregaré una
sola cosa más y el resto lo dejaré librado tu capacidad de sacar a flote lo que subyace en este
relato.
Resulta
que en una de esas tardes de limpieza profunda cuando su tía juntaba la ropa
que había para lavar en el cuarto de su nuevo sobrino, descubrió en el segundo cajón de
la mesita de luz el endulzante natural y lo devolvió a la cocina, lugar a donde
creyó que pertenecía, luego de leer la etiqueta que decía claramente “Miel natural de abejas” y más abajo “Made in Argentina” y que Lucio no dijo una sola palabra cuando una siesta, vio
sobre la mesa del comedor el tarrito en cuestión y junto a este a su tía
revolviendo el café con total displicencia, sino que se acercó despacio hasta sentarse
frente a ella y disfrutó de verla ingerir el líquido negro y aromático
endulzado con su semen, pensando que
todo esto no hubiese ocurrido si su pariente no fuese tan metiche.
- ¿Café? - le preguntó ella -¿Miel o azúcar?
- Lo
tomo amargo tía, gracias.
Hipnotizado quedó de ver luego como ella juntaba desesperada las gotas de miel que se le habían caído en el escote o cuando metía los dedos en el frasco para juntar más y chupárselos con los ojos cerrados. Ella le preguntó extasiada dónde quedaba el lugar en el que él había conseguido esa miel indescifrable, que no se parecía a ninguna otra, porque quería comprar más, pero Lucio no contestó, porque no supo si lo decía en serio o era pura provocación ya que ambos sabían dónde había estado guardado dicho tarro: en el cajón junto a Mabel; y también sabían que el mismo no debía estar en la cocina.
Después del hipnotismo de saber que gran parte de su última eyaculación se digería en el estómago de
su tía, recordó a Mabel y corrió al cuarto rogando que esta no se la hubiese tirado
a la basura ya que se encontraba guardada en el mismo lugar donde, sin éxito,
había escondido el tarrito de miel.
Continuará...

es uno de los mas morbosos que te he leido princesa
ResponderBorrarMe alegra que te guste. Besos
Borrargracias por contestar mis mensajes. siempre me haces hervir la sangre TE AMO
ResponderBorrarHolaa judit, seguramente hay mejores palabras para decir esto pero me encantó y siento que sentí lo mismo al final cuando le encontraron la Miel.
ResponderBorrarAdemás me gustaría ser afortunado como Lucio con el pub jejeje igual bueno, lo repito me encantó este. Besos y espero el siguiente con ganas
Mientras leo y escucho la verga se me va subiendo gradualmente. Es inevitable. cómo lo haces hermosa? mira te juro que intento leerte sin ponerme malito pero no lo logro princesa. eres mi todo. que rica chaqueta me hago ahora mismo. sigue así mi amor
ResponderBorrar