VISTAS

SEGUIDORES

EL VIEJO MARIO ©



Al iniciar la adolescencia Judit había descubierto que el viejo  de enfrente de su casa, el que estaba loco de remate afectado por la Segunda Guerra Mundial y que había emigrado a la Argentina en busca de una vida más tranquila de la que le había deparado su pasado en Italia, cada inicio de la tarde salía a la vereda, se paraba junto al arbolito de la  entrada, bajaba la vista hacia su entrepierna, sacaba por la bragueta la verga flácida  y la estrangulaba de una forma extraña y poco cariñosa, seguro de que los habitantes de la cuadra no lo verían porque  pernoctaban la siesta de un espeso verano que no les dejaba hacer mucho, sino hasta después de que el sol bajase un poco.  

  Cuando Mario sentía que la tenía bien parada al punto tal que la cabeza le asomaba por completo dejando atrás el cuero que revestía el tronco, empezaba a sacudirse cortito y frenético mientras levantaba la vista al cielo balbuceando palabras inteligibles, tal vez hablando con los demonios de la posguerra que todavía lo atormentaban. Judit curiosa de ver cómo era esa porción de hombre que todavía no había conocido del todo,  más que por la ayuda de  su primo cinco años mayor que ella en un juego de roses clandestinos dentro de la pileta,   llevaba la reposera y un libro detrás de la ligustrina para espiarlo  simulando leer alguna novela que poco le interesaba. 



 El viejo se torcía los genitales con violencia hasta que escupía débilmente la simiente sobre la parte externa de la botamanga del pantalón sucio y luego,  ya más aliviado, ya concluido el ritual de cada tarde, empezaba a cantar a grito pelado  “Oh capito que ti amo” sacudiendo los brazos en alto y sin preocuparse por guardar el  pene achicharrado.

Judit, luego de tomarle el tiempo todo el verano, descubrió que las siestas eran su momento.  Así que una tarde, además de un libro, llevó su cepillo del pelo, que tenía un mango grueso y suave. Se peinó con paciencia y por precaución miraba las palabras de cualquier página, solo para disimular, por si  algún integrante de la casa se despertaba para espiarla a sus espaldas y descubría la verdadera razón de por qué  siempre, luego del almuerzo, pegaba una reposera al cerco de plantas del frente de la casa.

Cuando  Mario salió a hacer lo suyo, ella puso el cepillo entre sus piernas apoyándolo en la sentadera de la reposera para luego ocultarlo con su falda de viyela estampada y cuando lo vio bajarse el cierre del pantalón, sabiendo que el show estaba por comenzar, tomó el artefacto a través de la tela, lo sostuvo de la parte peluda, lo empujó hacia su entrepierna y se sentó sobre él abriendo los labios, para fregarse el lugar más rico de sus genitales. Judit no pretendía penetrarse con el cepillo, porque deseaba continuar con el himen intacto un tiempo más,  sino que necesitaba imaginar cómo se sentiría tener entre los labios eso grueso y firme que Mario le mostraba cada tarde.

El apetito fue inminente y la humedad empezó a mojar el mango de madera. Sin apartar los ojos de su sabroso vecino, ella empezó a pasear el artilugio con movimientos cortos y rectos, y a medida que lo hacía ir y venir con más soltura la nuca se le retorcía lentamente, como si una mano varonil la tomaba de los pelos y la obligaba a tirar la cabeza hacia atrás hasta quedar con la vista al cielo de la misma manera que lo hacía  Mario al eyacular.



El placer le revoleó los ojos y el libro cayó al pasto. Alucinó entonces que el tano loco se obnubilaba de verla tan púber, tan vecinita, tan chiquita, tan hormonal, contoneándose por su culpa y sin soltarse la verga, se cruzaba para quitarle la mano y ser él el que le empujaba el cepillo entre las piernas.

Cuando Judit acabó, largó  dos grititos extenuados que el viejo Mario escuchó con claridad desde la vereda de enfrente, así que, con la certeza de que alguien lo espiaba detrás del ligustro, apuntó su pene hacia la mata de plantas que ocultaba a la precoz voyeur que lo acompañaba en las siestas de calor, y se acarició con parsimonia  el tronco a media asta como cuando se acaricia a un gato viejo y dormido.

 Después de esa vez,  Mario empezó a salir notablemente más pulcro y perfumado, con la raya al costado tapándose las partes calvas con el poco pelo que le quedaba. Un olor antiguo y abombado.  Fragancia de las que ya no existen, de las que no se producen más y que seguramente fue envasada en un pequeño tarrito panzón en algún viejo pueblo tradicionalmente perfumista ya desaparecido de la Costa Azul. Un nimbo que penetraba las fosas de Judit cada vez que apoyaba la cara entre las hojas para olerlo mejor. 

De ahí en más, cada vez que Mario salía a la vereda a hacer lo suyo miraba con entusiasmado hacia la casa de Judit seguro de que alguien se calentaba con su presencia preguntándose cuál de todas las mujeres que vivían ahí era la que lo espiaba; sin saber que ella, que Judit,  en una comunión sexual y anónima, lo amaba y  deseaba sin importarle demasiado la diferencia de edad que había entre ellos, sin tener en cuenta los sesenta años de vida que los separaban.  




 

By Judit Paprika

Todos los derechos reservados por la autora ©

Si queré escuchar mis relatos completos, mi última novela erótica "ISLA DE HOMBRES", mis guías de masturbación JOI y otro material interesante,  entrá a mi canal privado de telegram. Pago único no mensual. Consultas a @JuditPaprika43 (telegram)


 

Comentarios

  1. Ser voyeur, de cosas así prohibidas, es muy excitante muchas veces, y si es en público más todavía.

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

¿POR QUÉ LOS RELATOS? ©

EL MEJOR ALUMNO ©

LIMPIEZA GENERAL I ©

DIÁLOGOS EXPLÍCITOS V: LECHE X LECHE ©

DIÁLOGOS EXPLÍCITOS III: CALIENTES ©

AQUELARRE © 🌈

CONFESIÓN II: ¿LO VAS A COMER? ©

DE PERRITO ©