SACAPELUSAS ©
Luego
de que pulsara el botón de on azul
claro y de que él escuchara a lo lejos el chirrido mecánico del sacapelusas que
sonaba muy parecido al vibrador que
alguna vez habíamos compartido en la intimidad, como buen chusma, caminó ligero
hasta la pieza para averiguar qué era lo que yo estaba haciendo. Más que por el
deseo, su curiosidad era alimentada por una necesidad voraz de control y de
saberlo todo, porque en su cabeza hosca y primitiva, no concebía que yo pudiera darme placer sin su
presencia.
El sexo para él era con pene sí o sí o no era
sexo <<No
entiendo cómo las minas pueden quedar satisfechas sin una pija ¿No les falta un
buen “zodape”?>> o <<Porque no probaron “ésta”, sabés
cómo se les quita lo de tortitas a esas>> Eran algunas de las frases que me había dicho
en la última salida a la birrería que tuvimos, mientras yo lo miraba
horrorizada de descubrir ese otro costado nuevo y desagradable de su persona que había tenido
oculto durante los meses que habíamos ocupado en conocernos.
Sin hacerle
saber que lo había redescubierto y para terminar la velada en paz, no le dije
que el escupitajo de palabras que me había lanzado me alejaron mentalmente de
él, razón por la que descarté una
futura posibilidad de encarar algún otro vínculo que no fuese solamente el de
la carne. Desde ahí en más lo
despersonalicé y dejé de pensarlo como a un sujeto con nombre, ideas y sentimientos,
para transformarlo en “algo” que tenía
una hermosa verga tensa y vigorosa; además
yo andaba muy caliente esos días y lo necesitaba como artilugio. <<¡Te
voy a coger con una bronca…! Apenas amanezca, te rajo de mi casa.>> pensé. Sin embargo no fue tan así, porque se
quedó hasta después del mediodía.
-¿Qué
estás haciendo? – me preguntó asomándose con una gruñida voz suave luego de que
termináramos el desayuno
-Nada
¿Por? – le respondí mientras, parada en medio del cuarto, seguía pasándome el sacapelusas por el hombro -Porque
pensé que te estabas divirtiendo sola con tu… -y señaló con una mirada de cejas
levantadas el cajón de mi ropa interior donde yo guardaba el juguete rosado.
-¡Ahhh…!
¿Por el sonido decís?- largué una risita displicente - ¿Suena igual viste? No.
No me estoy pajeando si es a lo que le temés que haga – y agregué sarcástica -
¿Cómo me podría tocar sin vos? Pfff… ¡Jamás! Me estoy sacando las pelusas, nada
más.
-Sí.
Suena igual – y se retiró a la cocina no
muy convencido con mi respuesta.
En
ningún momento de nuestra breve charla matutina apagué el sacapelusas y lo
cierto era que, luego de haberlo pasado por los pezones con tranquilidad, las cosquillas fueron inmediatas y el deseo
por hacerme el amor a mi misma me brotó en menos de un nanosegundo luego de que
el hormigueo sabroso que había iniciado en las tetas se me desplazara raudo por
el resto del cuerpo.
Los
pelos de punta. Más abajo, más todavía. Cuando llegué al ombligo, antes de
apoyármelo en la otra parte menos decorosa, menos pudenda, pero a la vez la más apetitosa, miré atenta
hacia la puerta por si tenía que sacarlo rápido de algún lugar que me
comprometiera y me hiciera ver como una ridícula ante los ojos de Andrés, es
decir, por si él llegaba a aparecer otra
vez a curiosear por qué seguía con el aparatito feliz encendido.
Hacía
pocos días que yo había adoptado a Vitto, un cachorro marca perro que me
rebalsó el corazón de amor puro y noble, y al que traté
como a un bebé desde el momento que nos conocimos, razón por la cual se la
pasaba gran parte del día entre mis brazos o sobre mi falda, por ende empecé a
tener la ropa llena de pelos.
Cuando compré el sacapelusas, la señora de la tienda me dijo:
-Probá
con este, si el rollito adhesivo no te funciona, vas a ver que con este sí – y
extendió la mano abierta con una cajita que le tapaba parte de la palma.
-¿Cuántas
pilas lleva? – le pregunté mientras la tomaba
-Solo
dos y ya vienen incluidas
-Perfecto
– respondí.
Pagué,
salí, caminé hasta mi casa decidida a vaciar el placard y pasarme la tarde
acicalando con dedicación cada una de las prendas extendidas sobre la cama.
Era
efectivo. Pelos, bolitas, tal vez algún que otro ácaro imperceptible, quedaban
todos atrapados en el pequeño compartimento con tapa que luego vacié en el
tacho de basura. Por el momento no lo había probado con la ropa puesta, sino,
hasta esa mañana en que Andrés asomó la cabeza por la puerta.
Simulando ser la más pulcra de las pulcras, me paré junto al espejo que da del piso al techo, para que el reflejo me ayudara a ver por dónde era necesario pasarlo. Limpié la delantera de mis piernas, luego más arriba y volví al torso. Lo pasaba intermitentemente por las tetas en el ir y venir de los brazos a la barriga. Concentraba completamente mi atención en aparentar que deseaba quedar bien despeluzada, pero era inútil, el cosquilleo lejano sobre la ropa me despertaba el deseo y me infló los labios cambiándoles el color a un tornasol apetitoso y mordible que delataba mi calentura. Las mejillas rosadas, los párpados a medio ojo y los cortos suspiros calientes que se me escapaban de la boca relajada y apenas abierta. No podía parar de pasármelo, de acelerar el paseo haciéndolo correr con fuerza por sobre mi pullover.
Hay
que saber cuando un pezón parado es de calentura. No todos los pezones parados
lo son. Algunos se paran con el frío. En ambos casos empujan la ropa y cualquiera
que me hubiese visto pajeándome con el sacapelusas frente al espejo o caminando por Buenos Aires en pleno invierno con -5°, podría apreciar mis timbres muy erectos que poco me esmero por ocultar. Pero hay una estúpida creencia de que todo pezón parado es de
calentura y eso es erróneo. El pezón que quiere chupadita rica o que un sacapelusas
le pase por arriba, es aquel que, además de pararse, se distiende a lo ancho y
alto de la teta; toma un tono coral
pálido y cálido, de textura tersa, se acolchona sin tener ninguna parte de la
aureola fruncida y está sensible, receptivo a las caricias sin fastidio. En
cambio el pezón de frío duele, se pone morado como los labios morados y se para achicharrado. Todo el costado se le contrae empujando la cumbre hacia adelante.
Este último, nada quiere saber de lenguas o cosquillas, y es tal el fastidio
que tiene en su cenit que hasta el roce de la ropa le molesta. Aunque debo
confesar que más de una tarde de invierno de pezones duros y doloridos, pedí
que me los relajaran con una lengua quieta y caliente para que siguieran
parados, pero con otras intenciones.
Cuando
sentí que el calzón se me pegó a los labios por la humedad, lo encajé bien
arriba y entre las piernas, pero por sobre la ropa; luego las crucé para
sostenerlo con los muslos, apoyé ambas
manos contra el espejo y empecé a hacer un leve contoneo de caderas que me
salía involuntario; parecía un baile, el baile de la pajita con el sacapelusas.
Los brazos bien levantado, el cuerpo apenas reclinado hacia adelante, la mirada
fija en mi reflejo y el culo inquieto. El resultado fue glorioso. Acabé
vestida, parada, furiosa, ansiosa por probar más y con el artefacto apretado
sobre la concha.
-¿Te
seguís limpiando la ropa nena? – volvió a asomar la cabeza con tono
preocupante, porque creo que se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo.
-Este
aparato de mierda no saca nada… nada…
nada… y tarda mucho… mucho… ¡Ay!– le
respondí agitada sin dejar de moverme con la entrepierna apretada y sin
preocuparme en la escena que le estaba mostrando.
-Pensé
que te estabas paj…- y cortó las palabras con la boca y los ojos abiertos mientras
bajaba su mano para agarrarse la verga por sobre el pantalón.
<<¡Qué tipo cortamambos que es, la
puta madre…!>> pensé y le lancé una mirada furiosa que
entendió sin peros y que le dijo sin ruedos <<Te
tenés que ir de mi casa>>
Las
cosas mínimas son para uno y no se comparten. Las cosas ricas, sutiles, que para
los otros, en la mayoría de los casos, pueden ser indiferentes, para una pajerita como yo son un pretexto sustancial para iniciar una exanimación microfísica del placer, una nueva búsqueda,
un nuevo método para proporcionarme orgasmos. Solo tengo que seguir probando el
mundo con los sentidos en alerta y la imaginación blandita. Nada como la punta redondeada
de un elemento, cualquiera sea, y saber
dónde apoyarlo con exactitud; o la presión justa de mis uñas rascando la
vulva para que los labios gruesos y
cerrados se sacudan apenas y me amasen
por dentro el clítoris chiquito,
escondido, inquieto, mojadito, siempre mojadito.
A veces no me puedo resistir de usarlo y me apoyo el sacapelusas con cara de
nada aún cuando hay gente en mi casa que ni sospecha que en ese gesto de
pulcritud se esconden otras intenciones.
Luego
de que Andrés se fuera, porque con sus frases desafortunadas y sus permanentes interrupciones procedí a tratarlo muy
mal, corrí a mi cama, me saqué el jean y apoyé el sacapelusas sobre mi
bombacha. Los orgasmos fueron inmediatos y muy intensos, porque su vibrar era
diferente, no supe cómo explicarlo. Ni con mis otros juguetes pude alcanzar un clímax
parecido como con ese aparatito milagroso. A los dos días el susodicho volvió a
llamarme preguntándome qué era exactamente lo que él había hecho mal para que
yo lo tratase así <<Sobrás>>
le hubiese querido contestar, pero lejos
de volver a tratarlo como el culo, cortarle o ignorarlo se me ocurrió al
instante probar mi aparato en él.
-Vení
para casa y te cuento.
Con
las cejas dubitativas entró y se sentó en el sofá. Sin darle muchas
explicaciones empecé a besarlo. Me arrodillé con las piernas abiertas sobre su
regazo y le fregué la bragueta con mi entrepierna. Cuando estuve segura que
estaba erecto le dije que esperara, que iba a buscar algo y corrí a mi placard
para tomar el sacapelusas.
-Sabes
que sabía que… - y se calló la boca cuando insistí en parársela aún más succionándole la cabeza con chupones grandes
Entregado
dejó que le apoyara el sacapelusas en el frenillo y de la misma forma como a mí
me había pasado tuvo un orgasmo repentino y poderoso. Escupió su simiente en un
minuto y medio.
-¿Entendés
ahora? – le pregunté mirándolo a los ojos
-Completamente
–respondió recuperando el aire.
Luego, todavía con la verga goteando, tomó el
artefacto, lo examinó con el seño fruncido y me dijo:
-¿Dónde lo compraste? Yo también quiero uno.
By Judit Paprika
Todos los derechos reservados por la autora
Si queré escuchar mis relatos completos, mi última novela erótica "ISLA DE HOMBRES", mis guías de msturbación JOI y otro material interesante, entrá a mi canal privado de telegram. Pago único no mensual. Consultas a @JuditPaprika43 (telegram de consultas)

Joooee reina mia dueña de mi corazón una vez más has logado cosas impresionantes en mi cuerpo al recorrer cada una de tus palabras daria lo que fuese por hacer lo mismo en ti con mis manos. Enorabuena
ResponderBorrarUy que delicioso, usar un objeto para darte placer, el cual no fue su uso inicial, genera mucho morbo y además mucho placer.
ResponderBorrar