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TANGUITA (Precuela de "Paja Laikin Landn") ©

ATENCIÓN: querido lector, antes de empezar este relato te recomiendo leer "PAJA LAIKIN LANDN" porque "TANGUITA" es su precuela.






Cada vez que cruzaba la puerta, Lucho tenía por costumbre  pedirle permiso a la mamá de Franco  pasar al baño esperando que alguna vez le indicara que fuera al del primer piso, porque el de abajo estaba ocupado, con la intención de poder revisar el canasto blanco de plástico acanalado donde la familia tiraba la ropa para lavar. La primera vez que se sintió atraído por el contenido de dicho canasto fue en una tarde de pileta durante el cumpleaños número catorce de su amigo. La madre había avisado a los invitados que  por favor no anduvieran por toda la casa con los pies y el cuerpo mojado porque iban a enchastrar el piso y si alguno quería hacer sus necesidades, que pasara por el  pipi room de la planta bajo que estaba cerca de la puerta que daba al  patio.

-Está ocupado Lucho – le avisó la dueña de casa desde la cocina cuando lo oyó sacudir el picaporte junto con un grito ahogado que desde adentro le decía “Ocupadooo…” -  Andá al de arriba, pero por favor con cuidado que está todo limpio y sécate bien los pies para que no te resbales en la escalera ¿Oíste?

- Sí señora – respondió obediente y rechinando las ojotas atravesó la sala que solemne permanecía  solitaria y oscura con las cortinas cuidadosamente cerradas para que el calor del sol no se concentrara  adentro de la casa.

En el primer piso  giró a la izquierda hasta dar con el bendito baño que tanto le urgía usar. Sentado y con el short mojado en los tobillos, recorría con las vista la disposición de las cosas porque era la primera vez que había entrado a ese recinto de uso exclusivo para la familia. Todo era más grande y más blanco que en el bañito de abajo, casi tan grande como su cuarto. Demasiado pulcro y espejado para su gusto, parecía un hospital; sin embargo vio que algo desentonaba con el panorama monocorde. Entre la bañera y el lavatorio había un canasto del que asomaba un bretel rojo furioso, seguramente de alguna prenda femenina. A medida que Lucho hacía fuerza para  apurarse en terminar de evacuar lo suyo, iba conjeturando a qué estilo de ropa podría pertenecer la tira elástica que desde lejos,  y por su brillo, supo que se sentiría aterciopelada al tacto. 

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 Cuando terminó con su asunto fisiológico y apretó el botón para que el agua remolinando se llevara todo el desperdicio vaya uno a saber dónde, se arrimó al canasto sin detenerse a pensar si era correcto  o no  hurgar la ropa sucia de otras personas, así que con decisión levantó la tapa y vio una hermosa tanga de encaje rojo. Pero no era cualquier tanga, para Lucho era la  primera tanga que veía en su vida en vivo y en directo,  y además ya estaba usada por una mujer, tal vez por la madre o por la hermana de Franco.

Emocionado y atraído por algo tan insignificante, se peguntó cómo era posible que tal pedazo de  tela pequeña no le permitiera apartar los ojos de los hilos entrelazados  que formaban la trama  perfecta para adornar una ingle tersa o quizá  alguna nalga. Pero eso no fue lo mejor, en el centro, en la partecita en que el encaje tenía cocido un espacio de algodón algo más rústico, el que seguramente se había apoyado sobre unos labios sudorosos y bien depilados, tenía adherido un sutil y alargado lamparón de flujo saludable  que lo saludaba y le hacía latir hasta la puerta del ano. Entonces, sin usar las manos más que para dejar la tapa del canasto en el piso, se reclinó lentamente, arrimó la nariz lo más cerca que pudo y aspiró con esmero intentando que el aroma ajeno penetrara por sus fosa nasales,  se fusionara de algún modo con sus glóbulos morados y le recorriera el cuerpo por dentro. Nada más que la nariz a unos milímetros de la humedad bendita.  Estimulo para sus hormonas adolescentes y vírgenes, elixir que le tensó la pelvis y toda la espalda baja, y que le disparó una erección dolorosa de tan tirante.

Con mucho cuidado se enderezó para volver a ver la tanga desde lejos  y como si se tratara del objeto más frágil y preciado del mundo,  la sacó  sosteniéndola con dos dedos  en pinza y la levantó para hacerla bambolear sobre su cara, y para volver a aspirarla con los ojos cerrados.

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 Entonces, narcotizado por el deseo, como un romano atrapando una uva del racimo,  sacó la lengua y enganchó la tanga  succionando el espacio que más le interesaba. Mojó la tela con su saliva para aflojar la parte sucia y volvió a chupar de la misma manera que con sed se chupa la punta de un trapo mojado luego de un post operatorio.

Cuando se sintió inmerso en ese aroma insuperable, el mismo que ahora se le  había adherido a las papilas gustativas como un sabor íntimo y a la vez recalcitrante que le ponía el cuerpo en alerta, se volvió a bajar el short y apoyó la tanga sobre su miembro duro. Se miró en el espejo para apreciar cómo la telita lucía colgada de él actuando como un perchero humano. Movió el cuerpo con gracia y suavidad para hacerla flamear para un lado y para el otro, y cuando sintió que no aguantaba más, que los huevos se le estaban acalambrando de las ganas que tenía por penetrarla de algún modo  y que el glande le latía con intensidad,  la ató rápido y se estranguló el  tronco con un solo nudo. La tela crujió.

Su cabeza iba a una velocidad desconocida. El embotamiento  genital se le subió al cerebro y le abombó el sonido que venía desde afuera; dejó de escuchar la música, los gritos y el chapoteo de sus amigos en la pileta. Estaba en pleno romance con la bombacha roja, la hubiese abrazado para bailar un lento pero se le perdería entre los brazos. Se había enamorado de lo que representaba. Agradecía en silencio a quien la había inventado por su contribución a la humanidad.  Le agradecía a la madre, a la hermana, a quien la  había dejado sucia en ese canasto para que él la encontrara, para que él experimentara un primer approach con la humedad de una mujer, porque sabía que seguiría virgen por varios años más y esa tanga sucia era lo más cercano de tocar  a una chica que tenía entonces.

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 Pura magia, confusión hermosa de imágenes inventadas, de suponer cómo sería estar con una mujer por primera vez. Su pene apoyado en  una nalga escoltada por esa misma tanga. Su pene  metiéndose debajo de la trama roja y suave. Su pene goteando el resto de su debut sobre la piel de la hermana de Franco, o tal vez de la señora.... Una mujer subiéndose a su parte media para fregarle la entrepierna con la misma prenda encajada entre los labios. 

Ninguna de sus fantasías dejaba afuera a la tanga roja que había encontrado en el baño familiar de la casa de su amigo. Y juró que en cuanto su vida sexual dejara de ser de autoconsuelo y empezara a florecer en compañía de una mujer que lo correspondiera, le pediría siempre que no se desvistiera del todo,  sino que apartara un poco el calzón  para el costado, presagiando que en un futuro no muy lejano   le iba a encantar meterla sintiendo el roce del encaje por la pija.   Las  ideas de cómo había sido usada le  aparecían como flashes tan fantásticos,  tan veloces, tan ininterrumpidas que con solo pasear dos veces el calzón de la base a la cabeza,  eyaculó una cantidad inmensa de esperma que salpicó  el canasto entero gratinando  el resto de la ropa que ahí esperaba para  ser lavada.

Por esa razón, ya de adulto,  le costaba disimular las erecciones gomosas  que se le pronunciaban bajo el pantalón, estuviera donde estuviera, cuando por casualidad veía en la calle el bretel de un corpiño asomarse  sobre el hombro de una mujer y ni hablar si la tira era de una tanga que se dejaba ver por sobre la  cintura de un pantalón. Inclusive cuando pasaba por las casas de ropa y veía alguna musculosa que tuviera tiras sedosas similares a las de la bombacha roja del baño de su amigo, por precaución colocaba su mochila a la altura del bajo vientre para taparse el bulto. Esos mínimos trozos de elástico sedoso lo remitían automáticamente a la tarde de cumpleaños, al canasto blanco, a la  seducción de la tanga sucia y su primer contacto con algo que tuviera que ver con una mujer.

Cuando viajó de Londres a Buenos Aires para asistir a la boda de Franco y ayudarlo en cumplir la fantasía  a su prometida que era hacer un trío con otro hombre  <<Si un tipo se la va a meter a mi futura esposa, entonces que ese sea mi mejor amigo>> lo primero que hizo fue esperar a estar a solas con ella para seducirla a espaldas del novio y en cuento pudiera   masturbarla en las mañanas en que este se ausentara en la casa por estar trabajando, pero también con el objetivo claro de masturbarse  metiendo la verga debajo del elástico de la bombacha que recorría la cadera de Judit. El entusiasmo fue recíproco e inmediato y las caricias no se las propinaron solo en las primeras horas del día, sino que cada vez que ella se paraba frente a la cocina para preparar el  desayuno para ambos, Lucho se le acercaba a  la mujer de su amigo para besarla agradeciéndole que se entregase a sus caricias sin hacer preguntas sobre sus preferencias a la hora de pajearse y, si daba el tiempo, si Franco no volvía sino hasta la noche, volvía  a estrangularse  el  pene con el elástico de  la bombacha que ella  llevara puesta.


By Judit Paprika

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