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AGUA I ©

 


-          Trataba de hacer pie porque con el movimiento del mar sentía que la arena se me escurría entre los dedos  y me quitaba estabilidad. En esa vorágine del movimiento y de divisar cómo las olas se levantaban para luego golpearme la cara,  Emma no paraba de reirse a carcajadas de verme con los ojos chiquititos, los pelos pegados en la frente y escupiendo agua salada. Entonces ella aprovechaba para pegarme la espalda al pecho usando mi cuerpo de barricada,  tal vez, para no caerse de culo contra el fondo y que las olas la arrastraran hacia la orilla hasta dejarla con la bikini desencajada y los pelos revueltos.  Tolerando la impresión que me daba sentir la arena moverse debajo de mis plantas, que me causaba el mismo terror que tener dos pulpos prendidos de los tobillos, enterraba los pies con valor para no caerme y para que ella siguiera con la misma confianza de recostarse sobre mi pecho, porque al hacerlo apoyaba con fuerza sus nalgas sobre mi short mojado  pegado a las caderas y al insípido bulto que en un principio cubría mi pene achicharrado.

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En un primer momento pensé que lo hacía sin querer, que se había agarrado de la primera persona que tenía al alcance, pero volvía, se alejaba un poco y con cada ola volvía; o que era  porque se sentía segura conmigo,  su primo menor, aunque mucho más corpulento que ella y con la fibra necesaria para hacerle frente a cualquier ola que nos atacara. Creí que no se daba cuenta  de todo lo que me hacía con las nalgas sobre el bulto. De hecho sentí algo de culpa cuando, involuntariamente y por el roce,  se me despertó un poquito. Tímidamente ¡Eh! De a poco. No me saltó una erección así de la nada, pero se endurecía solo. No podía controlarlo. Me dirimía entre si era correcto o no sentir algún estímulo físico, si estaba bien o mal acarrear terrible calentura por Emma.   En otro momento del torbellino… imaginate Judit,  la Bristol en plena temporada alta: mucha gente alrededor haciendo la suya, también tratando de mantenerse en pie dentro del mar,  gritos,  carcajadas,  olas furiosas,  arena movediza y  el elástico del  short que se me había bajado con el agua hasta dejarme los pelitos y parte de la base del tronco al aire. No me lo subí, no, tenía las manos  ocupadas agarrando las de Emma, que me las estrujaba con  ansiedad para que no la soltara y por la fuerza que hacía para mantener el equilibrio.   Enterré los pies una vez más y  moví los párpados con dificultad porque la sal me quemaba los ojos.  Todo parecía sin querer. Todo era circunstancial en apariencia y tanto Emma como yo dejábamos que las cosas fluyeran. No me preocupé. El agua me tapaba, nos tapaba un poco más arriba de la cintura. Una ola, otra ola, y así gran parte de la tarde. Ella y yo, unidos, pegados, haciendo una barricada humana, con el sol de frente. Nos afirmábamos en compañía para pechear la espuma. Emma pegando su culo mullido en mi delantera, haciendo esos saltitos que me subían y bajaban el bulto.  Después de un rato, dejé de prestarle atención a las olas. Ya  no podía prestarle atención a otra cosa que no fuese su culo fregándome la verga. Cada subida del mar era un magnífico augurio, porque con la rompiente Emma volvería pegarse  para que la sostuviera  y con eso la apoyada frenética de su culo pomposo coronado por una cintura de voladitos blancos que se lo hacía más redondo de lo que realmente  era. Cuando tomé valor, en vez de sostenerla con ambas manos, la solté de una y la agarré de la cadera  para que al saltar no se apartara tanto. La necesitaba bien pegada a mí. Cuando tomé un poco más de valor, bajé la otra y  la arrimé con ambas manos para que no se despegara nunca más de mi pene, el que para ese entonces ya  estaba completamente erecto empujándome el short hacia adelante.   Desde entonces, cada vez que una ola venía Emma no se  alejaba ni un pasito más hacia adelante y en varias oportunidades  giraba la cara para ponerme unos ojos... y me dedicaba media sonrisa mirándome los labios. Antes de toda esa situación, antes de que nos metiéramos al mar, ella había estado re cargosa desde la mañana y yo no entendía por qué;  me salpicaba la cara, se me colgaba del cuello “Lucas esto, Lucas lo otro”, un bollito de pan que lanzó desde la otra punta de la mesa en el almuerzo,  no me la bancaba mucho, pero cuando me miró así, supe que  lo había estado planeando,  sabía lo que iba hacer; lo que íbamos a hacer.

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En un momento en que la marea se calmó aproveché para sacar rápido  una mano de su cadera y me bajé el short dejando el  pene duro y libre; luego  la regresé para  agarrarla otra vez con  más fuerza. Para ese entonces sufría una erección tirante y arenosa, no por la arena que se mezclaba con el agua y que me daba en la cabeza del tronco, sino porque la sensación que tenía debajo de  piel era similar a un millar de partículas que me recorrían de los tobillos a la nuca, que me distendía los músculo y me estimulaba a mover  la pelvis de algún modo. Era un hormigueo dulce que me alegraba el cuerpo. No supe cómo describirlo. No se parecía en nada a otras cosquillas que había experimentado hasta entonces.  Con otros dos saltitos de Emma iba a eyacular, estaba seguro.  Cuando ella se preparó  para resistir la ola, desde atrás le encajé el pene entre las piernas, pero  automáticamente dejó  de moverse. Ignoró el chicote de agua y puso la cara impávida parpadeando ligero.  Me acuerdo que pensé << La puta madre, qué acabo de hacer… es mi prima… el quilombo que se me va a armar>> Ella seguía dura más no mi verga que del miedo se achicharró un poco.  No sabía si se había asustado o disfrutaba del calor de mi miembro entre sus aductores. Intenté salirme creyendo que le desagradaba, pero cuando me aparté, estiró rápido sus manos hacia atrás y me arrimó de los costados para que me quedara como estaba.


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 Luego me tomó los brazos con dulzura y los enredó con los suyos a la altura de su ombligo.  Estábamos unidos, muy unidos. Era como que yo la sostenía de la entrepierna con mi verga muy parada y con los brazos alrededor del cuerpo, y ella me sostenía a mí con sus piernas apretándome el pene. Luego cruzó los muslos  y empezó a dar saltitos cortos y seguidos. Me estaba volviendo loco. Cerré los ojos y apoyé la nariz en su pelo sintiendo como el culo le flameaba contra mi delantera y la verga me subía y bajaba con cada uno de sus brincos <<¡Qué putita que estás Emma! ¡Cómo me gusta!>>   Te juro que me bajó la presión mientras eyaculaba, porque nunca,  jamás,  antes alguien me había causado algo tan placentero. Bueno, sí, yo con mi mano, pero mis pajas no se aproximaban ni por casualidad a lo que Emma me hizo sentir esa tarde de playa.  Me refiero, fue la primera vez que largué leche en compañía de alguien ¿Me entendés? Fue un eyacular mucho más sanguíneo que de costumbre, como si en esas escupidas largaba una declaración de amor, el resultado del frenesí mudo, reprimido que ocultaba en las mandíbulas apretadas, contenidas, de tardes enteras viéndola pasearse   con gracias por mi casa cuando venía de visita. Luego un hilo de semen flotando en el mar junto a  nosotros que Emma miró y lo sacudió para que se fundiera con el agua.  Ahora que pasaron los años, que pasó mucho tiempo y recuerdo con dulzura los días de playa junto a  Emma entiendo lo peligroso que pudo haber sido ¡Bah!  lo trágico más que peligroso, de haberle eyaculado la entrepierna a mi prima, porque, que yo sepa,  todavía  no hay ley científica que garantice que la tela de un bikini sea suficiente para frenar el esperma que le largué a milímetros de la vagina. Pude haberla embarazado aún siendo los dos vírgenes.  Lo loco fue que con cada saltito,  ella hacía un meneíto vivaz con la cadera que me sacudía el prepucio para adelante y para atrás y en ese sentir delicioso me convencía de que yo era indestructible. Creí que si me dejaban la vida entera parado en el mar con al agua casi al pecho podría resistir todas las olas que vinieran  si Emma  me acompañaba haciendo lo que estaba haciendo, porque en ese momento descubrí que jamás había recibido roces más deliciosos que los que me propinaba ella con el culo y su entrepierna. Estábamos calientes, creo era eso. Ahora de grande, cuando ya pasó tanto tiempo entiendo que ese hormigueo, esa obnubilación, ese éxtasis corporal, porque no era solo genital, sino el cuerpo entero entregado las caricias, era parte de las hormonas de la adolescencia. Es loco porque desde ese día nunca más volví a sentir con otra persona un delirio similar o el embotamiento de cabeza que me llevaba al límite del desmayo. Sigo buscando lo que Emma me provocaba. Transitaba completamente narcotizado sus caricias de culo en el mar. Todos los días de mi vida, busqué alguna sensación parecida a la que me hizo sentir ella, pero jamás la encontré; todavía no la encuentro. Y cada vez que estoy por acabar, cierro los ojos y recuerdo al detalle esa inigualable  tarde en cámara lenta. Su culo rebotando, mi pija feliz entre sus piernas y el agua... el agua… ¡Bueno! Ahora te toca a vos Judit ¿Alguna experiencia parecida  que hayas tenido?

-          Después de lo que me dijiste que te pasó con Emma, siento que lo mío es tan breve y efímero...

-            No importa. Contame igual. Quiero saber.

-          Está bien, pero después, ahora seguí enjabonándome la espalda que en este costado no lo hiciste. Me gastaste los hombros con la esponja mientras me hablabas de tu prima.

 Continuará.

By Judit Paprika

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