LA FILOMENA ©
Ella
les había enseñado a dar placer con la boca. En una oportunidad le pidió a uno,
mientras el otro observaba atento, que
le juntara los labios con los dedos para cerrarle con fuerza y con ambas manos toda posibilidad
de acceso al espacio cóncavo que se insinuaba jugoso en su entrepierna, y que
este, al tener entre los dedos las dos tiras carnosas, peludas y adheridas, intentara por todos los medios introducir su lengua en la grieta estrecha
que se extendía y cubría el clítoris. Giovanni lamió, lamió, lamió, empujó, escupió creyendo que al salivar la zona la
lengua se abriría paso entre los panes
mullidos de vulva, pero no era así y parecía una contradicción deliciosa verlo intentar penetrar con la lengua lo que con los
dedos apretaba para que eso no ocurriera. Genésico juego de tire y afloje. Es
que Filomena tenía los labios cosquilludos y esa partida de lengua inquieta que
le propinaba uno de sus clientes, la estimulaba más que cualquier lamida de
labios abiertos. Con la cabeza de Giovanni entre las piernas Filomena se
retorcía impaciente, segura de que la pelvis le iba a estallar de un momento a
otro.
En
esa noche el vaivén fue pausado. Un empuje profundo y potente. Un poco de
quietud entre tanto, no mucha. El ímpetu reprimido que se manifestaba en los genitales hirviendo
tirantes y colorados. Luego la repetición del movimiento una y otra vez.
Ninguno la despenetraba del todo,
solo lo justo para darse la distancia suficiente de volver a entrar con más fuerza
que en el empujón anterior. A ninguno de los dos hombres les hizo falta moverse
mucho. Eyacularon rápido. Es que Filomena, "la Filomena" era la mujer
de sus sueños y habían ahorrando todo el mes para agasajarla como se merecía, y
para sacar de su tiempo y de su cuerpo, todo el rédito que pudieran sacarle.
Después
de que gruñeran el clímax con las caras
sudadas y los glandes bien adentro de los extremos de Filomena, salían con modorra apreciando cómo la
simiente brotaba del lugar donde cada uno quiso depositársela. “Bien llenita” dijo Lorenzo obnubilado sin
quitarle la vista de la boca y de verla acalambrar la quijada mientras tragaba.
Se acomodaron la ropa con alivio, y tal vez, un poco de sueño repentino.
Filomena
se enderezó y sin bajarse la pollera, caminó flameando el culo suculento hasta
sentarse en el sillón de brocato que estaba a un metro y medio del pie de la
cama. Cruzó las piernas, tomó su bolsito negro, sacó una cigarrera metálica y
empezó a fumar un armado con vainilla para sacarse el sabor a semen de la boca.
Giovanni,
salió del cuarto cerrando la puerta despacio, caminó apurado hacia el living, pero con pasos
flotantes para no despertar al resto de la casa que ya dormía, abrió el
mueblecito de cristal que albergaba la vajilla de su finada esposa, tomó tres
copitas sin hacerlas tintinar, la
botella de licor de casis, el plato
repleto de queso cortado en trozos pequeños y desprolijos, que tenía escondido detrás de la consomera y
de los suvenires de las comuniones de sus ocho hijas y volvió a la habitación para agasajar al
amor de su vida. Mejor dicho, el amor de la vida de ambos, de Lorenzo y
Giovanni, compatriotas, amigos, compadres y de toda sociedad que implicara una
buena cuota de complicidad.
Una
bocanada y un mordisco. Ella comía lento sin mirarlos a la cara, sin iniciar
ningunas charla y ambos esperaban para recibir más sin apurarla. Sentados sobre
el colchón, pulcros y atentos, agradecían la posibilidad verla disfrutar el licorcito y de morder los
cuadraditos apartando los labios para que el rouge que le quedaba luego de la chupada a
Lorenzo no se le pegara en la comida. Respingaba un dedo y masticaba mirando
hacia la ventana. Ellos, como perritos
obedientes que expectantes aguardaban atrapar en el aire cualquier migaja que su
dueña les lanzara, por insignificante que fuera, se endulzaban la vista con
tanta exuberancia y belleza, y
suspiraban, mucho suspiraban, para darle a entender a Filomena todo lo que la
amaban. Suspiraban bien fuerte, porque sabían que a ella no le agradaba
escucharlos hablar mientras comía y era la única manera que tenían de comunicarle
sin palabras que la habían extrañado durante todo el mes.
Es
que Filomena era un “mujerón” razón por la que muchas esposas del barrio la evitaban
y criticaban con envidia, como mi madre y sus hermanas. De hecho, conocí mejor a
Filomena en una reunión familiar y no porque la hubiesen invitado, sino porque
se me ocurrió preguntar:
-¡Che,
má! ¿Quién es esa señora hermosa que pone tan boludo a Juan?
-¿Qué
Juan? – preguntó mi tía Francesca
-¿Qué
señora? – dijo mi tío José
-El
verdulero tía. ¿No viste? Cuando ella llega él se va para el cordón de la
vereda haciéndose el boludo y le mira el culo cuando se agacha a tantear la
fruta de los cajones ¡Ay! ¿Nunca viste tía? El otro día yo esperaba para
comprar y no solo no la dejó sacar número ¡Había una cola…! sino que la atendió
enseguida. Pero pará, pará... cállate vos – frené a mi primo con una palmadas en el hombro porque estaba a punto de acotar alguna estupidez – el verdulero no solo se cagó en
todos los que estábamos ahí esperando, sino que, creyendo que no nos habíamos dado
cuenta, se metió la mano en el bolsillo
del delantal para apretarse la verga con disimulo con una cara de pajero…
-¡Ahhh,
sí! La Filomena. Vieja más puta esa- dijo mi tía con odio mientras sus otras
hermanas vociferaban vocales de desprecio al aire
-A
“esa” – agregó mi mamá – tu abuelo apenas enviudó de mi santa madre – se
persignó mirando al techo - ¡Qué en paz descanse! A la semana nomás ¡eh!
ya la estaba metiendo por la ventana el viejo pelotudo. Se creía no nos dábamos
cuenta. Nos pedía una vez al mes que le preparásemos la ropa bien planchada y
almidonada. Nada de arruguitas y el pantalón con una sola ralla, porque decía que se iba a tomar algo con su amigo ¡Ja, iluso! Todas nos dábamos cuenta que
caminaba por el pasillo hacia la puerta y se quedaba escondido en la
escalerita. No se iba un carajo el viejo. Esperaba a que Lorenzo llegara, después
levantaban la persiana con cuidado pensando que nosotras dormíamos. Unos tarados,
se escucha todo en esta casa. Ese pasillo es un megáfono. ¿Podés creer? Entre
los dos en el mismo cuarto donde dormía mi madre ¡Mannaggia! – y volvió a persignarse mirando el cielorraso.
-¿Y
después qué hacían? – pregunté en representación de todos mis primos que esperaban
saber más de las aventuras de mi abuelo igual que yo, porque no nos quedaba
claro qué era exactamente lo que hacían.
-Y
después... bueno ya sabés… todo lo que pueden hacer con una puta reventada como
ella.
-Pará,
pará má ¿Qué persiana? ¿Qué pieza?
-La
de allá – y señaló mi cuarto con el brazo extendido y el mate en la otra mano –
sí, sí la pieza donde vos dormís ahora.
-O
sea, vos dormís en el cuarto donde el abuelo se garchaba a una puta –dijo finalmente el desubicado de mi primo y las carcajadas vinieron como alud hasta que mi tía lo
ubicó con un cachetazo en la nuca - ¡Bue, má! Pará. Fue un chiste che.
Luego
del manifiesto repulsivo en medio del evento familiar por parte de mi madre y mis
tías sobre la figura de Filomena, preferí no preguntar más por ella porque temí
que mi admiración hacia la señora fuese mal vista. Pero la amaba, había
historia en su caminar y era de esas personas que no vegetan, que con solo
verla pasar te producía un sentimiento,
bueno o malo, no importaba cual. A Filomena se le notaba que tenía una
vida íntimamente interesante. Pero no era solo su belleza lo que me despertaba interés
por saber más de ella, sino que tenía un andar displicente de esos que hacían
frenar a la gente para verle flamear sobres sus hombros la melena negra y
esponjosa. Filomena caminaba como si nadie más existiera a su alrededor y le
importaba poco el efecto que el movimientos de sus enormes senos y su culo
redondo causaba en los demás. No le
importaba ni necesitaba de nadie, sin
embargo, cuando el mes se hacía largo, recurría a sus encantos y destreza para atender
a uno o dos clientes obedientes y así solventar los gastos de los últimos días
hasta cobrar la pensión por viudez que le había dejado un almirante F-9 de la Marina Militare, quien había disfrutado
de sus caricias conyugales en Argentina.
Recuerdo lo que pensé la última vez que la vi <<Ojalá tener la vida de ella>>
El
segundo round fue de lamidas. Ambos habían aprendido con Filomena cómo hacerlo,
porque con sus esposas esa actividad había estado vedada por completo desde el
casamiento. Filomena se acostaba desnuda en medio de la cama y Giovanni
procedía a lamerle los labios apretados, mientras Lorenzo, sentado en la otra
punta del lecho matrimonial de su amigo, con las piernas abiertas le tomaba un pie para
chuparle con dedicación cada uno de los dedos, hasta que ella veía que la erección se le escapaba por fuera del calzoncillo
camisero y le apoyaba la planta contra el tronco para masturbarlo desde lejos.
Cuando
creía que era el momento propicio le indicaba a Lorenzo que se arrimara a
chupar junto a su amigo, entonces Giovanni soltaba la vulva y cada uno
comenzaba a succionarle un labio. Solo ella deslizaba el dedo en medio y de a
ratos lo metía por el costado de la boca a uno de sus anfitriones. Los hacía
desear. Giovanni y Lorenzo se ponían locos de oler y de ver de cerca como se
pajeaba sin dejarles chupar el clítoris.
Gracias a Filomena y este ritual del deseo de
chupar y no chupar del todo el lugar mágico, les había quedado bien claro a
ambos cuál era el punto clave para hacer estallar de placer a una mujer; cosa
que habían ignorado por años. Cuando ella volvía a decir “vai, vai” ambos comenzaban a lamer el centro desesperados como
animales con hocicos enormes, estirando las lenguas con esmero, compitiendo por comer el alimento de un pequeño
platito de postre. Filomena se retorcía y gemía a gritos sabiendo que el resto
de las mujeres de la casa la escuchaban, pero también el hijo mayor de Giovanni, que pernoctaba en la habitación
contigua y que de seguro se estaba tocando con la oreja pegada en la pared, sacudiéndose
el prepucio con ayuda de la mano escupida y resbalosa.
Filomena,
después de quedar satisfecha cedía el mando y los dejaba hacer con su cuerpo
lo que quisiesen por el resto de la noche. Ponía la carne en un estado de
suavidad y maleabilidad como pocas
personas podían ponerla. Era como una muñeca de felpa tierna que se contoneaba
al son de los deseos ajenos. Para Giovanni y Lorenzo era el momento esperado de
acomodarla en cuatro, de penetrarla a la vez por el mismo orificio y de causarle
dolor tapándole la boca.
Cuando
en la adolescencia me enteré de la historia de Filomena, la ventana de mi cuarto
cobró otro significado. Ya no eran tiras de madera vieja que se trababan entre
sí y cada tanto me daban en la frente, sino el mismísimo acceso al paraíso, el hole-glory de uno de mis ancestros y el
motivo de muchas de mis caricias íntimas, porque no hacía más que mirar a la persiana que me
imaginaba a Filomena entrando tomada de la mano de sus hombres y que luego se
arrimaba a mi cama para lamerme o yo lamerla a ella de la misma manera que le
había enseñado a mi abuelo.
By Judit Paprika
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