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LA FILOMENA ©

 


Si el video se traba, salir del relato y volver a entrar

Ella les había enseñado a dar placer con la boca. En una oportunidad le pidió a uno, mientras el otro observaba atento,  que le juntara los labios con los dedos para cerrarle  con fuerza y con ambas manos toda posibilidad de acceso al espacio cóncavo que se insinuaba jugoso en su entrepierna, y que este, al tener entre los dedos las dos tiras carnosas, peludas y adheridas,  intentara por todos los medios  introducir su lengua en la grieta estrecha que se extendía y cubría el clítoris. Giovanni lamió, lamió, lamió, empujó,  escupió creyendo que al salivar la zona la lengua se abriría paso entre los  panes mullidos de vulva, pero no era así y parecía una contradicción deliciosa verlo  intentar penetrar con la lengua lo que con los dedos apretaba para que eso no ocurriera. Genésico juego de tire y afloje. Es que Filomena tenía los labios cosquilludos y esa partida de lengua inquieta que le propinaba uno de sus clientes, la estimulaba más que cualquier lamida de labios abiertos. Con la cabeza de Giovanni entre las piernas Filomena se retorcía impaciente, segura de que la pelvis le iba a estallar de un momento a otro.

 Los encuentros comenzaban  así: ella se paraba a un costado de la cama, se subía la falda ajustada hasta dejarse el culo al aire, luego con las piernas separadas se reclinaba para adelante, apoyaba las palmas sobre la frazada y esperaba a que sus anfitriones se acomodaran en sus lugares.   Uno por detrás le abría las nalgas apreciando lo bello que le quedaba el portaligas sin bragas y la mata de rulos  pegados a la piel.  Giovanni pensó que la entrepierna de Filomena se parecía a esos soldados que se encajaban ramas en el casco para  camuflarse con la naturaleza y que a la distancia se le perdía de vista hasta que levantara la cara y entonces un circulo osado de dientes blancos se distinguía entre la maleza, ella era igual. Si permanecía con las piernas juntas no se podía distinguir en qué lugar estaba el soldado hasta que las separaba, entonces un jugoso semicírculo fucsia bañado de melaza traslúcida y perezosa emergía latiendo; un ojo vertical de pliegues confusos y atractivos que lo invitaba a apoyar la cabeza del pene para entrar despacio, luego con más fuerza.  El otro, se arrodillaba en la cama poniendo la bragueta cerca de la cara de la invitada y cuando ella  murmuraba “vai, vai”,  ambos, con gestos pícaros, mordiéndose los labios y las salivas  libidinosas escurriéndose por las comisuras, empujaban la pelvis  hacia adelante  para atravesar la carne de Filomena a la velocidad que les naciera hacerlo en ese momento. Nunca antes, nunca sin la señal de Filomena.

En esa noche el vaivén fue pausado. Un empuje profundo y potente. Un poco de quietud entre tanto, no mucha. El ímpetu reprimido que se  manifestaba en los genitales hirviendo tirantes y colorados. Luego la repetición del movimiento una y otra vez. Ninguno la despenetraba del todo, solo lo justo para darse la distancia suficiente de volver a entrar con más fuerza que en el empujón anterior. A ninguno de los dos hombres les hizo falta moverse mucho. Eyacularon rápido. Es que Filomena, "la Filomena" era la mujer de sus sueños y habían ahorrando todo el mes para agasajarla como se merecía, y para sacar de su tiempo y de su cuerpo, todo el rédito que pudieran sacarle.

 

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Después de que gruñeran el clímax con las caras  sudadas y los glandes bien adentro de los extremos de Filomena,  salían con modorra apreciando cómo la simiente brotaba del lugar donde cada uno quiso depositársela. “Bien llenita” dijo Lorenzo obnubilado sin quitarle la vista de la boca y de verla acalambrar la quijada mientras tragaba. Se acomodaron la ropa con alivio, y tal vez,  un poco de sueño repentino.  

Filomena se enderezó y sin bajarse la pollera, caminó flameando el culo suculento hasta sentarse en el sillón de brocato que estaba a un metro y medio del pie de la cama. Cruzó las piernas, tomó su bolsito negro, sacó una cigarrera metálica y empezó a fumar un armado con vainilla para sacarse el sabor a semen de la boca.

Giovanni, salió del cuarto cerrando la puerta despacio,  caminó apurado hacia el living, pero con pasos flotantes para no despertar al resto de la casa que ya dormía, abrió el mueblecito de cristal que albergaba la vajilla de su finada esposa, tomó tres copitas sin hacerlas tintinar,  la botella de  licor de casis, el plato repleto de queso cortado en trozos pequeños y desprolijos,   que tenía escondido detrás de la consomera y de los suvenires de las comuniones de sus ocho hijas  y volvió a la habitación para agasajar al amor de su vida. Mejor dicho, el amor de la vida de ambos, de Lorenzo y Giovanni, compatriotas, amigos, compadres y de toda sociedad que implicara una buena cuota de complicidad.

Una bocanada y un mordisco. Ella comía lento sin mirarlos a la cara, sin iniciar ningunas charla y ambos esperaban para recibir más sin apurarla. Sentados sobre el colchón, pulcros y atentos, agradecían la posibilidad verla  disfrutar el licorcito y de morder los cuadraditos apartando los labios para que el  rouge que le quedaba luego de la chupada a Lorenzo no se le pegara en la comida. Respingaba un dedo y masticaba mirando hacia la ventana. Ellos, como  perritos obedientes que  expectantes aguardaban  atrapar en el aire cualquier migaja que su dueña les lanzara, por insignificante que fuera, se endulzaban la vista con tanta  exuberancia y belleza, y suspiraban, mucho suspiraban, para darle a entender a Filomena todo lo que la amaban. Suspiraban bien fuerte, porque sabían que a ella no le agradaba escucharlos hablar mientras comía y era la única manera que tenían de comunicarle sin palabras que la habían extrañado durante todo el mes.

Es que Filomena era un “mujerón” razón por la que muchas esposas del barrio la evitaban y criticaban con envidia, como mi madre y sus hermanas. De hecho, conocí mejor a Filomena en una reunión familiar y no porque la hubiesen invitado, sino porque se me ocurrió preguntar:

-¡Che, má! ¿Quién es esa señora hermosa que pone tan boludo a Juan?

-¿Qué Juan? – preguntó mi tía Francesca

-¿Qué señora? – dijo mi tío José

-El verdulero tía. ¿No viste? Cuando ella llega él se va para el cordón de la vereda haciéndose el boludo y le mira el culo cuando se agacha a tantear la fruta de los cajones ¡Ay! ¿Nunca viste tía? El otro día yo esperaba para comprar y no solo no la dejó sacar número ¡Había una cola…! sino que la atendió  enseguida. Pero pará, pará... cállate vos – frené a mi primo con una palmadas en el hombro porque estaba a punto de acotar alguna estupidez – el verdulero no solo se cagó en todos los que estábamos ahí esperando, sino que, creyendo que no nos habíamos dado cuenta,  se metió la mano en el bolsillo del delantal para apretarse la verga con disimulo con una cara de pajero…

-¡Ahhh, sí! La Filomena. Vieja más puta esa- dijo mi tía con odio mientras sus otras hermanas vociferaban vocales de desprecio al aire

-A “esa” – agregó mi mamá – tu abuelo apenas enviudó de mi santa madre – se persignó mirando al techo - ¡Qué en paz descanse! A la semana nomás ¡eh! ya la estaba metiendo por la ventana el viejo pelotudo. Se creía no nos dábamos cuenta. Nos pedía una vez al mes que le preparásemos la ropa bien planchada y almidonada. Nada de arruguitas y el pantalón con una sola ralla,  porque decía que se  iba a tomar algo con su amigo  ¡Ja, iluso! Todas nos dábamos cuenta que caminaba por el pasillo hacia la puerta y se quedaba escondido en la escalerita. No se iba un carajo el viejo. Esperaba a que Lorenzo llegara, después levantaban la persiana con cuidado pensando que nosotras dormíamos. Unos tarados, se escucha todo en esta casa. Ese pasillo es un megáfono. ¿Podés creer? Entre los dos en el mismo cuarto donde dormía mi madre ¡Mannaggia! – y volvió a persignarse mirando el cielorraso.

-¿Y después qué hacían? – pregunté en representación de todos mis primos que esperaban saber más de las aventuras de mi abuelo igual que yo, porque no nos quedaba claro qué era exactamente lo que hacían.

-Y después... bueno ya sabés… todo lo que pueden hacer con una puta reventada como ella.

-Pará, pará má ¿Qué persiana? ¿Qué pieza?

-La de allá – y señaló mi cuarto con el brazo extendido y el mate en la otra mano – sí, sí la pieza donde vos dormís ahora.

-O sea, vos dormís en el cuarto donde el abuelo se garchaba a una puta –dijo finalmente el desubicado de mi  primo y las carcajadas vinieron como alud hasta que mi tía lo ubicó con un cachetazo en la nuca - ¡Bue, má! Pará. Fue un chiste che.

Luego del manifiesto repulsivo en medio del evento familiar por parte de mi madre y mis tías sobre la figura de Filomena, preferí no preguntar más por ella porque temí que mi admiración hacia la señora fuese mal vista. Pero la amaba, había historia en su caminar y era de esas personas que no vegetan, que con solo verla pasar te producía un sentimiento,  bueno o malo, no importaba cual. A Filomena se le notaba que tenía una vida íntimamente interesante. Pero no era solo su belleza lo que me despertaba interés por saber más de ella, sino que tenía un andar displicente de esos que hacían frenar a la gente para verle flamear sobres sus hombros la melena negra y esponjosa. Filomena caminaba como si nadie más existiera a su alrededor y le importaba poco el efecto que el movimientos de sus enormes senos y su culo redondo causaba en los demás.  No le importaba ni necesitaba de  nadie, sin embargo, cuando el mes se hacía largo, recurría a sus encantos y destreza para atender a uno o dos clientes obedientes y así solventar los gastos de los últimos días hasta cobrar la pensión por viudez que le había dejado un almirante F-9 de la Marina Militare, quien había disfrutado de sus caricias conyugales en  Argentina. Recuerdo lo que pensé la última vez que la vi <<Ojalá tener la vida de ella>>

  No era su intención tratarlos con indiferencia,  sino que sabía al dedillo los tiempos de sus clientes y con estos dos debía ir con calma, porque tenían mucho aguante. Estaba segura que a los pocos minutos de verla sentada en el sillón ya se habían endurecido debajo de los calzones.  

El segundo round fue de lamidas. Ambos habían aprendido con Filomena cómo hacerlo, porque con sus esposas esa actividad había estado vedada por completo desde el casamiento. Filomena se acostaba desnuda en medio de la cama y Giovanni procedía a lamerle los labios apretados, mientras Lorenzo, sentado en la otra punta del lecho matrimonial de su amigo,  con las piernas abiertas le tomaba un pie para chuparle con dedicación cada uno de los dedos, hasta que ella veía que  la erección se le escapaba por fuera del calzoncillo camisero y le apoyaba la planta contra el tronco para masturbarlo desde lejos.

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Cuando creía que era el momento propicio le indicaba a Lorenzo que se arrimara a chupar junto a su amigo, entonces Giovanni soltaba la vulva y cada uno comenzaba a succionarle un labio. Solo ella deslizaba el dedo en medio y de a ratos lo metía por el costado de la boca a uno de sus anfitriones. Los hacía desear. Giovanni y Lorenzo se ponían locos de oler y de ver de cerca como se pajeaba sin dejarles chupar el clítoris.

 Gracias a Filomena y este ritual del deseo de chupar y no chupar del todo el lugar mágico, les había quedado bien claro a ambos cuál era el punto clave para hacer estallar de placer a una mujer; cosa que habían ignorado por años. Cuando ella volvía a decir “vai, vai” ambos comenzaban a lamer el centro desesperados como animales con hocicos enormes, estirando las lenguas con esmero, compitiendo por comer el alimento de un pequeño platito de postre. Filomena se retorcía y gemía a gritos sabiendo que el resto de las mujeres de la casa la escuchaban, pero también el hijo mayor  de Giovanni, que pernoctaba en la habitación contigua y que de seguro se estaba tocando con la oreja pegada en la pared, sacudiéndose el prepucio con ayuda de la mano escupida y resbalosa.

Filomena, después de quedar satisfecha cedía el mando y los dejaba hacer con su cuerpo lo que quisiesen por el resto de la noche. Ponía la carne en un estado de suavidad y maleabilidad como  pocas personas podían ponerla. Era como una muñeca de felpa tierna que se contoneaba al son de los deseos ajenos. Para Giovanni y Lorenzo era el momento esperado de acomodarla en cuatro, de penetrarla a la vez por el mismo orificio y de causarle dolor tapándole la boca.

Cuando en la adolescencia me enteré de la historia de Filomena, la ventana de mi cuarto cobró otro significado. Ya no eran tiras de madera vieja que se trababan entre sí y cada tanto me daban en la frente, sino el mismísimo acceso al paraíso, el hole-glory de uno de mis ancestros y el motivo de muchas de mis caricias íntimas, porque  no hacía más que mirar a la persiana que me imaginaba a Filomena entrando tomada de la mano de sus hombres y que luego se arrimaba a mi cama para lamerme o yo lamerla a ella de la misma manera que le había enseñado a mi abuelo.

 

By Judit Paprika

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