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COPITOS DE COCO ©




 

En medio de la tarde, en plena siesta, cuando el sol rajaba la tierra pero debajo de las ramas donde se podía estar a gusto,  puso la silla de madera y se sentó con dificultar con nada más puesto que un short y unas chancletas de goma viejas que había comprado en el ochenta y dos. Después de exhalar con dificultad por el esfuerzo que le causó bajar el culo a la sentadera y con un codo apoyado en la mesita, Don Juan se palmeó los cuádriceps para invitar a la jovencita recién llegada a que se sentara en su falda y  para que juntos formaran una especie de hashtag de piernas cruzadas.  Ella de costado rodeándole el cuello con un brazo, apoyándole su frente contra una de las mejillas; él, abrazándole la espalda a ella para que no se fuera para atrás y estuviese cómoda mientras con la otra mano le rozaba los piquitos puntudos de unas tetas pequeñas que parecían haber detenido su crecimiento en la pubertad de lo chiquitas que eran. Algo como  dos copitos de coco de esos que se compran de mala gana  en Mar del Plata durante las vacaciones para convidar  a los parientes pedigüeños de la capital.


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Don Juan comprobaba qué tanto efecto hacían sus caricias sobre la jovencita que entrecortaba el aliento y largaba tímidos gemidos cuando él torturaba con suavidad los pezones erectos,
 pero lo hacía lento para no emocionarse mucho, evitando que su corazón sufriera sobresaltos y para que su afección cardíaca no lo dejara tieso en medio del patio culpa de disfrutar de la compañía de su hermosa vecina.

La joven y el anciano se quedaban unidos, en silencio, con nada más de fondo que las chicharras del verano, los pájaros y uno que otro cusquito de campo que ladraba a lo lejos;  sus  cabezas pegadas mirando hacia abajo, prestando atención a la mano que él paseaba de un lateral al otro y del ombligo al pecho.  Cuando Don Juan supuso que ella estaba lo suficientemente excitada como para manosearle más que el abdomen y las tetitas, le metió el índice artrítico en la boca y le pidió con voz íntima que lo babeara con empeño; luego bajó la mano y se la metió por la delantera de la bombacha justo a la altura de moñito de raso rosado. Palpó los labios inexpertos  con pocos pelos y usó el dedo babeado para acariciar el centro y más arriba, justo donde empieza la separación de la vulva. Ella se agitó mucho más que con los pellizcos de  sus copitos de coco e inmediatamente  empezó a sacudir la cadera en círculos para intensificar el movimiento lento que Don Juan le daba sobre el clítoris.


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Un viejo dedo torcido, tembloroso, grueso, gordo, gastado, árido, lleno de durezas de   cortar  sogas y alambres por años en la ferretería,  se movía debajo de la tela que cubría la entrepierna de la muchacha. Cuando la joven arqueó la espalda con las piernas tensas y paralelas, temblando el cuerpo y  pegó un grito con la boca bien abierta,   Don Juan bajó  su dedo deforme a  la puerta de la vagina para recibir el fruto pegajoso de sus caricias. Mojó la yema lo mejor que pudo y luego se la llevó a la boca para chuparla con los ojos cerrados, suspirando el sabor, como si estuviera deglutiendo un alimento suministrado por los dioses. Era una droga, el flujo que la joven largaba en los orgasmos era adictivo.

Él no pensaba penetrarla, nunca lo hacía, jamás se lo pedía. Solo le pagaba lo que ella pidiera para pasar la tarde  haciéndole con paciencia esas cosas sabrosas que se hacen en las siestas, pero no porque no quisiera follarla, sino porque no podía agitarse demasiado. Para Don Juan, erectarse le era más fácil desde la muerte de su finada esposa, desde que dejaron de compartir la cama, pero a la vez todo un riesgo  porque las  palpitaciones le hacían sentir el corazón en la garganta y eso lo asustaba. No quería morir, no todavía y menos luego de  descubrir que tenía vecinas tan amables.   La otra joven,  amiga de la que estaba siendo acariciada por el dueño de casa,  se agachó en cuatro patas para subirle el short y ayudarlo a asomar el glande duro por el costado de la pierna; luego le chupó el pedazo que había podido dejar al descubierto o que podía alcanzar con los labios y la lengua, como un ternero guacho que desea alcanzar la ubre pero no lo logra del todo, porque su cara era frenada por la cadera temblorosa de su amiga  a upa de Don Juan.

El ferretero se dejaba calentar, chupar y saquear, porque una tercera joven, también amiga de las dos primeras,  aprovechaba su distracción para meterse en la ferretería y cobrarse con creces el servicio de compañía tomando toda la recaudación semanal que él escondía detrás de los solventes. No era que él no se daba cuenta de eso,  sabía perfectamente que lo desvalijaban cada vez que iban a visitarlo, solo que era consciente de que le quedaban pocos años de vida y luego de enviudar se propuso disfrutar todo y cuanto pudiera disfrutar de su chata vida de campo; y porque la pasaba tan rico con las tres chicas  que las dejaba que se llevaran de su casa  lo que les diera la regalada gana.

 Inclusive, en una de la siestas anteriores,  antes de cruzar la puerta de salida, una de las chicas tomó del pasillo un tacho de pintura de cuatro litros de látex blanco y cuando Don Juan la vio, la alcanzó apurado para quitárselo, inmediatamente la chica le dijo con cara de susto  <<Es que quiero pintarle la cocina a mi mamá>>, pero la intención de él no era sacárselo sino reemplazarlo por uno de mejor calidad y mayor poder cubritivo. Después, con ojos enamorados, se ofreció a ayudarla a hacer todo el trabajo pesado, a pesar de que no podía subir escaleras y de proveerla de pinceles y rodillos,  de cualquier otra cosa que ella necesitase, pero la joven se negó porque su progenitora ignoraba que en las tardes libres, en vez de ir a escuchar música a la casa de una de sus amigas, salía derechito a consolar al viejo ferretero del pueblo que tanto le calentaba.

Un sábado al mediodía entré apurada, antes de que Don Juan cerrara, a  comprar unos codos metálicos para unos estantes y las tres jóvenes cuchicheaban adentro y a un costado del local ignorando mi presencia. No parecía que iban a necesitar nada de lo que ahí se dispensaba y era evidente que esperaban algo. De regreso ya en la camioneta le describí la escena a mi marido.

-Sí. Son unas pendejas que le chupan la pija al pobre viejo. Lo van a dejar en la ruina – me dijo preocupado.

<<¿Pobre viejo? Nada de pobre>> pensé

- ¿Y vos cómo sabes eso? – le pregunté mientras mi memoria recababa un momento puntual no muy lejano en que las chicas en cuestión habían pasado por mi casa.

Sin embargo bajé el tonito porque no quería que creyera que estaba celosa, yo solo quería detalles.

Si yo me sentaba en mi sofá a ver la tv, desde ese lugar podía ver el frente de mi casa desde adentro, la gente que pasaba por la calle, pero no podía escuchar absolutamente nada de lo que se hablaba en la vereda. Días antes estas tres chicas habían pasado varias veces por el frente de casa, hasta que una se decidió a tocar el timbre. Mi esposo salió, les dijo algo y volvió a entrar para volver a salir por el garaje. Estiró la manguera, les infló las bicicletas y se quedaron  hablando.   No me extrañó la escena porque vivíamos en un pueblo de campo donde la gente se ayudaba mutuamente y era común que los vecinos pasaran a pedirnos aires para las ruedas ya que teníamos un aparato ruidoso y muy práctico en el garaje que inflaba todo en segundos.

Los párpados me pesaban por el sopor de la siesta. Dormité un poco mientras ellos se quedaron hablando. Al rato, entre sueños escuché que  mi marido salió apurado y me despertó a la hora con el ruido de la puerta cuando regresó. Escuché también que se metió al baño, pero no quise levantarme, así que apagué la tele que había quedado encendida y seguí durmiendo  un rato más.

Después de lo que me dijo en la camioneta, dejé pasar unos días para que mi curiosidad no pareciese sospechosa y lo indagué con cautela  en la  sobremesa. Le pedí que me dijera qué era exactamente lo que esas chicas hacían con Don Juan y me lo contó intercalando su relato con frases como  <<Me lo dijo don Juan ¡Eh! No vayas a pensar que yo…>>  No lo voy a negar, me excitó saber cada cosa y luego del café y el postre me senté en su falda para jugar a lo mismo que me había develado. Cerré los ojos y fantaseé entre sus caricias  que yo era parte de la banda de las “lame viejos”, como él la llamaba;  que eran mis amigas y que juntas me sostenían la espalda mientras acababa a upa de Don Juan y que este me golpeaba una nalga con su miembro duro y aprisionado por mí peso.

Mi esposo me siguió el juego pero estaba tenso, como si al hacerlo yo le hubiese quitado la magia del engaño. Claro, para él no valía si a mí me gustaba lo que hacían a escondidas con las chicas. El gustito estaba en engañarme sin que yo lo supiera, pero era tarde. Ya me imaginaba todo y cuando intuyo algo no suelo equivocarme.  Supe que esa tarde las chicas pasaron por casa con la excusa de que les inflara las ruedas, para avisarle que Don Juan lo esperaba en el patio en cuestión, y así, en complicidad, se dejasen chupar por las jóvenes “lame viejos”.


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 El ferretero se sentó una vez más a la virgencita en su falda mientras mi marido reclinaba hacia adelante a la mas culona para metérsela con las piernas bien juntas, porque así los labios permanecían pegados y se sentía mucho más rico cuando el glande se abría camino solo para entrar con dificultad. Al igual que con Don Juan, sin decir palabra, cuando la tercera de las chicas o mejor dicho la que se encargaba de recolectar lo que fuese,  se aseguró de que mi marido tuviese el pene bien adentro de su amiga, le estiró la mano en señal de “Dame lo que me corresponde”,  entonces él le arrojó la billetera para que se la vaciara y se cobrara la tarde al precio que ella dispusiera.  Esa vez la siestita corrió por su cuenta, esa vez el “pobre viejo” no fue saqueado. Esa vez las chicas lamieron a un viejo y también a un hermoso hombre joven.

Después de mi divorcio y luego de casi un año y meses de irme de ese pueblo a vivir a la antigua casa de mi abuelo en Quilmes, volví para visitar a unas amigas que extrañaba mucho y porque deseaba pasar una tarde más pisando la tierra con el mate en la mano y para redescubrir lo maravilloso que es el silencio del campo.  De regreso al sur, cuando el sol estaba cayendo, pasé con el auto por la esquina del pequeño centro y vi que la ferretería estaba abierta. Me pareció raro porque Don Juan por las tardes la abría apenas dos horas luego de las 16:30 y ya eran casi las veinte. Por curiosidad bajé a comprar un rollo de cinta de papel, de esas que se ponen en los ribetes cuando se va a pintar y ¡Oh,  sorpresa! la que me atendió desde atrás del mostrador fue una de las chicas a la que por meses Don Juan le había propinado caricias sin follársela,  pero esta vez estaba con una panza que diría yo de casi seis o siete meses de embarazo. Copitos de coco estaba luminosa, resplandeciente y entendí por qué estos hombres morían por su compañía. Yo también me hubiese ofrecido para pintarle la cocina a su mamá.  Movida por la empatía de que al menos había encontrado un lugar dónde quedarse y que Don Juan finalmente tuviese a alguien a quien dejarle todo lo que había construido por años, le dije que tenía una panza hermosa y nos pusimos a charlar de cosas banales sobre la maternidad, aunque yo no tenía hijos y no tenía por qué saberlo, después de todo yo para ella era una completa desconocida o una simple clienta. Quise saber el sexo y el nombre del bebé  y mientras me contaba cosas que no escuché bien, mi  cabeza no paraba de suponer cómo se había embarazado, si en una orgía de siesta cambiaron los lugares, la culona se había sentado en la falda de Don Juan y ella reclinada hacia adelante  sobre la mesa  con mi marido detrás empujándole su sexo grueso; supe lo duro que se podía sentir eso; o si había sido en mi antigua casa, si Don Juan sabría que ese bebé no era de él o tal vez sí lo sabía y no le importaba; y de repente:

-Franco se va a llamar mi pichón – dijo acariciándose la panza con una sonrisa enorme.

-¿Cómo? – respondí medio opa

-Franco – repitió

-¡Ah! ¡Qué lio nombre! – dije pasmada y recapitulando que era el mismo nombre de mi ex marido.

 

 By Judit Paprika

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