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AGUA II: MANGUERITA ©

 



La invención de los elementos que usamos en la vida diaria, nacen de una experiencia cotidiana común en la que se trató de replicar otra práctica más compleja. Una réplica básica y grotesca para socorrer al cuerpo en sus necesidades físico-mundanas.  No pudo haber un aeroplano sin antes observar los pájaros; no existiría hoy el profiláctico si el médico italiano Falloppio no hubiese atado grotescamente un lienzo en la cabeza de los penes de  sus pacientes o si en el siglo XVII no se hubiesen encontrado por el suelo de las alcobas del castillo de Dudley, tripas de pescados llenas de semen,  lo que llamaban entonces como  “gorra inglesa”; no tendríamos a disposición tiendas virtuales con aparatos para masturbar el pene sin que antes una mano descubriera que, subiendo y bajando el prepucio se replica casi de forma parecida la sensación de estar penetrando a otro  cuerpo; como tampoco pudo existir un succionador clitoriano sin antes pasar por la fabulosa experiencia de una boca chupado todo lo  que está disponible entre los labios. 

Desde la preadolescencia y hasta los primeros años de adultez, estuve convencida de haber creado el primer succionador de clítoris,  gracias a las prácticas de autosatisfacción que me propinaba en las tardes de verano sumergida en la pileta con el agua hasta el cuello; pero con la venida de las importaciones en los años ’90 me enteré que ya  había aparatitos que hacían ese trabajo. ¿Cómo iba a reclamar derecho de autor si esas prácticas en soledad eran parte de mi más profunda intimidad? “¡Sí señor juez. Yo me autochupé la concha de esta forma por años, por eso ese succionador lo pensé yo antes que nadie!” ¿Cómo iba  a argumentarlo si estirarme el clítoris haciendo vacío bajo el agua era un secreto? ¡Qué impotencia sentí entonces! Una estúpida impotencia y una enorme cuota de autoreferencia, porque creía que el mundo y las cosas nacían desde mi eje, desde mi perspectiva  y de ahí en adelante. Ignorancia también, es que si en ese entonces hubiese leído algo sobre sexo en la antigüedad, habría entendido que todas y cada una de las prácticas de autoconsuelo ya estaban inventadas y que se practicaban desde el inicio de los tiempos, solo que yo lo desconocía.  

Sin embargo, desde temprana edad consideré que había inventado algo revolucionario y el contexto en el que lo había creado era el siguiente:



Si el audio se te traba, salí del relato y volvé a entrar

Después de jugar al vóley solo con él en la pileta y de saltar todo lo que más podía para que mis enormes tetas rebotaran y lograra que su atención no se concentrara solo en pegarle a la pelota, le pedía un descanso y comenzábamos un juego de manos, salpicándonos las caras y hundiendonos las  cabezas bajo el agua. Tomábamos aire aparentando que el agite de nuestros pechos se debía al movimiento, pero la verdad era que jugar juntos  nos excitaba demasiado  y siempre que lo hacíamos, lo entendíamos como el preámbulo de algo más íntimo, casi como la danza de apareamiento de algunos animales en celo.  Luego, con saltitos lentos él se arrimaba a la escalerita de cemento de la pileta para apoyar el culo en el segundo escalón contando de arriba hacia abajo, y dejaba sumergido medio cuerpo hasta la cintura. Acto seguido nos asegurábamos de que todos nuestros parientes estuvieran lejos, seguramente durmiendo la siesta, entones , yo me arrimaba de espaldas para que me tomara de la cintura y llevara mi  culo hacia su entrepierna. Quedarme ahí, con sus manos rodeándome, se sentía enormemente duro y confortable. 

Aprovechando la lentitud del agua empezaba yo a moverme para los costados fregándome sobre su pene erecto. A veces le daba golpes cortitos con las nalgas,  para atrás y para adelante. Él no me soltaba.  Creo que eso le gustaba más a que me moviera hacia los costados, porque le chocaba la punta del palo que no se le doblaba ni por casualidad de lo rígido que se le ponía. A propósito él  lo acomodaba señalándome el culo, es que con la presión que yo hacía,  se le escurría por entre mis piernas y me  impactaba el glande  por fuera de la bikini, pero justo en la entrada de la vagina. Era como dejar de ser vírgenes siéndolo todavía.  (Odio usar la palabra “virgen” como adjetivo para determinar la condición de un sujeto. Lo dije muchas veces y lo voy a seguir diciendo: disiento con el concepto de virginidad que considera sólo a la penetración como única medida posible para dejar de serlo. Noción nacida del falocentrismo que deforma las relaciones carnales y que deja de lado un montón de prácticas que también son parte del sexo. Creo que la virginidad no existe. Sino explicame eso que hacíamos con mi primo en el agua ¿Acaso no era sexo también? Hasta entonces ninguno de los dos había sido penetrado, ni había penetrado a alguien y aun así ya no éramos vírgenes) Solo buscábamos el placer jugando a penetrarnos sin penetrarnos.

Después de fregarnos por largo rato él salía del agua y corría al baño. Siempre era así. Lo veía dar pasos ligeros por el patio, la galería hasta entrar a la cocina, con los pies mojados y una mano adentro del short.  Entonces yo me  iba a lo más profundo y metía mi mano entre los labios para tocarme tranquila, por si un eventual pariente se despertara de la siesta y se diera cuenta de lo que estaba haciendo.


 



 Pocas veces acabé de esa forma y cuando lo hacía era con algo de dolor, porque, y como lo dije en otro relato, no hay nada que seque más la concha que el agua de mar o de la pileta. Además no tenía un jabón cerca para que mi dedo resbalara y cuando lo metía en la vagina para untarlo, el poco  flujo que había juntado,  se me disolvía con el agua.

Una tarde algo frustrada de, sin éxito, haberme pajeado en los más profundo me quedé pensando y mirando el pasto  con los brazos apoyados en el borde. Junto a la bomba había un tramo de manguera que medía metro y medio aproximadamente. Fue como un destello de lucidez, porque apenas la vi se me despertó el ingenio. Apoyé los codos, saqué el torso y estiré la mano para alcanzarla. La sumergí, le saqué el pasto, soplé por un extremo y del otro salieron burbujas. Pasé la lengua por los bordes para sentir que tan irregulares estaban. Cortaban. Me lastimé la lengua sin querer. Volví al borde de la pileta y empecé a rasparlos con el cemento árido de la veredita para alisar el plástico endurecido por las inclemencias del  tiempo y  el sol.

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Volví a pasar la lengua por ambas puntas para asegurarme de que ya estaban suaves, de la misma manera que se hace con las uñas cuando las mordisqueamos para que no pinchen. El plan era perfecto, si alguien se arrimaba yo enseguida me ponía a soplar como si estuviera jugando a mover el agua,  pero cuando nadie me veía, apoyaba un extremo de la manguera sobre la parte baja de la bikini, hundiéndome un poco la tela entre los labios y del otro succionaba succionaba haciendo que toda mi entrepierna se pusiera alerta. Descubrí que las chupadas de manguera no debían ser constantes porque eso me causaba dolor, a veces adormecimiento, sino que tenían que ser intermitentes, como pequeños besos sobre un pezón. Chupaba unos segundos y soltaba, a veces soplaba para que las burbujas me flambearan los labios. Al soltar el clítoris y la tela, las ganas me empujaban la pelvis hacia adelante pidiendo más.  Casi como cuando me mezquinaban otra mordida de alfajor "¡Un poquito más por favor!" Entonces volvía a succionar con los cuádriceps al límite del calambre.

Era difícil chupar la punta de la manguera entre gemidos, porque sin querer decía “Muaaahhh, muaahhh…” y era más el aire que exhalaba al gemir que el que tragaba al chupar. Finalmente, con una punta entre los labios y la otra en la boca, cruzaba los pies para amortiguar el orgasmo; entonces escupía la manguera y sumergía la cabeza para gritar los gemidos,  porque debajo el agua nadie podía escucharme acabar. 

En una oportunidad en la que me había autosuccionado sin haberme calentado previamente con mi primo, apenas acabé me quedé haciendo la plancha  con la manguera en la mano. Miraba el cielo disfrutando el sopor que deviene después del orgasmo. Al rato lo vi parado junto a la pileta observándome con la pelota debajo del brazo.

-¿Qué estás haciendo? – me preguntó 

No le respondí.

Nadó solo toda la tarde  y me relojeaba tomar sol, seguramente preguntándose cuándo sería el momento que me metería a jugar con él, pero se hicieron las seis, la siesta había terminado y la pileta ya estaba plagada de gente.

La siguiente vez que jugamos al vóley lo hizo con cara de preocupación. Intentaba leerme a causa de la indiferencia del día anterior y cuando me apoyé junto a él sentado en el escaloncito, me llevó hacia su bulto con mayor determinación que otras veces. Estiró una mano y la metió por el costado de  mi bikini para pajearme suave. Era como si me hubiese leído la mente sobre lo que yo deseaba que me hiciera; su manera de retribuirme el placer sin saber todavía cómo se tocaba a una chica. Notó que la yema del dedo no resbalaba a causa del agua de la pileta, así que, de a ratos, sacaba la mano para chupárselo. Escupía un poco y cerraba el puño para resguardar la saliva con que me embadurnaría el clítoris. Con la otra mano me sostuvo de una teta y a medida que me fregaba con mucha delicadeza, yo no podía parar de contonearme arengando más velocidad. Su pene me empujaba la tela y si él estiraba un poco los dedos podía tocárselo. Cuando acabé me penetró con el mismo dedo chupado y lo dejó quieto hasta que mi respiración se calmara. Recosté mi espalda en su pecho y cerré los ojos. 

-¿Qué dirán si también somos novios? – me dijo junto a la oreja

Subí los hombros, porque la idea me pareció espantosa y sin mirarlo, saqué el culo a flote para que lo viera de cerca y me sumergí para reírme bajo el agua sin que nadie notase mi satisfacción clandestina.

By Judit Paprika

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