DE PERRITO ©
Los
pies bien apoyados sobre la alfombra, las rodillas separadas, el culo
suspendido por fuera de la cama no así la espalda que permanecía apoyada sobre
el cubre somier, porque con el contoneo las sábanas se habían salido y quedaron
enroscadas a un costado de la cabecera junto a la almohada.
Uno
a uno en fila, en cuatro patas como perritos esperaban a que les de la señal
para lamerme con hambre atrasada y mucha baba.
Eran seis, al rato fueron cinco porque Lucas se tuvo que ir antes. Apenas llegó a darme unos pocos besos y se retiró con el pito duro escondido debajo de la bragueta, puteando por tener que dejarme así, enojado de perderse tanto, de haber probado tan poquito; por eso no se lavó antes de salir y viajó hasta su casa con mi aroma impregnado en la barba.
Los otros cinco pasaban gateando obedientes y
en la caminata de acomodarse en el fondo de la hilera para volver a comerme, podía ver cómo se les tensaban los testículos
y zarandeaban los penes erectos golpeando
contra sus bajos vientres.
Para
Lucas, era todo un acontecimiento porque pocas veces había chupado a una mujer y moría de ganas por
ver cómo lo hacían los demás. Ya me conocía, incluso emprendí a organizar ese
encuentro porque me había confesado que la idea de compartirme con otros hombres le hacía borbotear
los huevos. Lucas chupó con
torpeza, no lo corregí, y cuando terminó
de hacerlo se paró erecto, tomó su mochila, me tiró un beso desde la puerta,
dijo: “pasala rico hermosa, después nos
vemos” y salió.
Lo
conocí en el barrio. Atendía la verdulería del mercadito de su tío y siempre
mezclaba las palabras habituales de las compras con pequeños indicadores,
pequeñas pistas de que se alegraba tenerme frente a sus cajones de fruta.
“¿Cómo dice que le va a la señora más amable del barrio?” jamás era incorrecto
si solo se lo escuchaba, pero si se lo observaba la cosa cambiaba, porque esas
mismas u otras palabras las combinaba con una mirada que iba de mis tetas a la
boca y finalmente a mi ojos. Después se hacía el distraído.
Recuerdo
que por una temporada dejó de decirme cumplidos porque lazó un “mami ¿Cuál te
gusta más?” cuando yo palpaba los pepino y le devolví una mirada sostenida de
cara seria, que hasta el mismísimo Hitler rogaría no haberse cruzado conmigo.
Después de eso, después de enfriarlo, dejó de lado la postura de verdulero
banana, que obviamente algún mayor avezado en el oficio, erróneamente, le había
enseñado.
Llegó
el verano del 2022. Yo casi no salí para no apartarme del aire acondicionado y
porque fue el verano más caluroso de los últimos cuarenta años en Buenos Aires.
Con mucho fastidio caminé una cuadra y media hasta le verdulería dispuesta
comprar lo necesario para toda la semana y así no volver a salir hasta que me
quedara el último limón achicharrado en la heladera.
Como
eran muchas compras y se aproximaba el mediodía, hora en que el mercadito
cerraba para descansar, se ofreció a ayudarme con las bolsas hasta la puerta de
mi casa. Cuando llegamos lo vi bañado de sudor y me pareció descortés no
ofrecerle algo fresco de tomar así que lo hice pasar. Dejó las frutas y las verduras
en la mesada, respiró hondo disfrutando el
aire frío de mi cocina, tomó el vaso y mientras tragaba giró la cabeza
para ver por la ventana.
-
“¡Uy!
Una pileta” – dijo espontáneo
-
¿Te
querés meter?
-
¿En
serio no te jode?
-
Para
nada
Se
sacó el delantal y lo apoyó junto al resto de la ropa en una de las sillas del
patio.
Desde
debajo de la parra miré cómo se sumergía y lo pronunciados que tenía los deltoides, los trapecios… repasé todos los músculos en
un segundo. Todo estaba en su lugar, todo era arañable, mordible… una ráfaga de
imaginación me lo puso entre las piernas mientras le rasguñaba los dorsales.
Me saqué el vestido y las sandalias y me sumergí también en ropa interior.
Hablamos de cosas banales, cosas que charlando no se solucionan, el tiempo, los
precios, de cómo había empezado a trabajar en la verdulería de su tío y por qué
no había seguido la universidad. Su mirada a mi escote era persistente, se
agarró del borde apoyando el frente contra la pared para que no se le notase la
erección. Me pegué a él, codo con codo, después bajé un brazo y se arrimó para
besarme. Le pedí que se sacara el short bajo el agua y se sentara en la
parecita, porque quería estar cómoda y sumergida mientras se la chupaba.
Después
fuimos a la pieza, después me dijo su edad, 21 años <<¡Con razón!>> pensé. Era incansable. Después lo
llamaba cada mediodía para que pasara por casa a “dormir” la siesta. Era
obediente. Quería aprender. Todo lo hacía con apuro y torpeza, pero era
magnífico porque aunque lo hiciera mal, lo único que me importaba era que
quería hacerlo todo el tiempo, no importaba cómo. De a poco empezamos una rutina de subordinación.
Yo lo llamaba simulando estar enojada, eso le encantaba y se erectaba sin
control debajo del delantal cada vez que recibía un mensaje mío “Pendejo calentón, cerdo asqueroso, cerrá y
vení que te necesito” y él corría. Entraba y sin peros obedecía a todo lo
que le pedía “Arrodilate y sacá la lengua
que me voy a parar frente a tu cara con los labios abierto”, “tocá acá…”,
“rascá así...” “Controlate o te vas…”, “Más despacio…” “Ahora chúpame, si así
en cuatro patas como un perrito”, “Lamé, lamé…” Se dejaba usar y se
retiraba cuando me veía satisfecha, sin decir
palabras, sin poner objeciones; solo un besito y hasta luego.
Pasó
el primero y chupó desesperado. Le dije que aflojara que me hacía doler, que no
se apurara porque teníamos toda la noche para que volviera a hacerlo, así que
se calmó y lamió como yo le había indicado. El segundo, a los pocos besos
intentó levantarse para penetrarme abriéndome más las piernas, pero lo detuve con una rodilla en el pecho
mientras los otros le llamaron la atención para que se sosegara y volviera a su posición
de perro.
El tercero no chupó, solo sumergió la nariz en mi vagina y aspiró muy fuerte. Me dijo que hacía años que no sentía el aroma de una mujer caliente y que necesitaba un rato más para olfatear y perfumarse la memoria.
El cuarto chupó mordiendo suave los labios sin
tocar el clítoris, cosa que me hizo desesperar porque lo hacía tan rico, que
casi suspendo el juego para que se subiera a penetrarme como intentó hacerlo el
segundo. Sus dientes agarrando suave la carnecita de mis aductores, los
labios externos colorados, babeados por las lamidas anteriores. Feliz le hubiese pedido que siguiera, pero le
tocaba al siguiente. Finalmente llegó el quinto, el que agarré de los pelos
para que me comiera el coño como deseaba. Un hermoso hombre mayor con pelos
blancos en el pecho y la lengua muy colorada y puntuda. Seguramente, fuera del
ejercicio de amar era alguien colérico. Todos los que tienen la lengua muy roja
lo son; me lo dijo un médico chino.
Comenzó
la segunda vuelta ya con cinco hombres perro ¡Pobre Lucas! Chuparon a sus
anchas y para cuando comenzamos la
tercera ronda, con el segundo hombre no aguanté y acabé mientras lo sostenía de
las orejas para que me penetraba con la
lengua y no dejara de jugar con su nariz sobre mi clítoris.
Bajé
de la cama y empecé a caminar en cuatro patas por el cuarto. Se arrimaban a
olerme o a tratar de montarme pero me zafaba para que se desesperaran.
-
¿A
ver quién me atrapa? – dije con voz de puta
Mi ladrido era “Aia, aia, ay, ay" un lamento, falso porque nada me dolía, sino
todo lo contrario. Un ¡Ay! que escondía el verdadero decir, un ¡Ay! que resumía
en dos letras “Dios mío que rico que me
estás cogiendo y siento la verga dura y rabiosa resbalar en mi vagina de toda
la leche que me van depositando" Un ¡Ay! que no era sollozo ni una queja,
sino reciprocidad, la necesidad de corresponder en sonido a quien me montaba para
que entendiera que su cabeza empujando mi cérvix hacía llegar su furia a mis
cuerdas vocales y como resultado un ¡Ay! llorisqueado que luego era ahogado por
otro pene entrando hasta la garganta.
Unas manos escopofílicas me abrieron los labios
ginecológicamente para ver bien de cerca cómo me brotaba la leche. Después una
lengua chupando todo eso que me salía.
Era el súmmum de la putez y cuanto más me
montaban, más puta me ponía, y cuanto más puta, más necesidad tenía de impostar
la voz para provocarlos junto a mi
caminata lenta de perra repitiendo “El
que me atrapa me monta, el que me atrapa me monta…” Me atraparon todos,
algunos más de una vez.
Mis rodillas rojas, las caderas marcadas de las
manos agarrando fuerte, la espalda bañada, escupida, salpicada tanto como la
entrepierna de donde chorreaba la saliva, el flujo y toda la simiente que me
habían dejado adentro, bien adentro.
Se
arrimaban con impaciencia para penetrarme salvajemente. Entre hombre y hombre yo
retomaba la caminata para mostrarles como la leche afloraba de mi vagina y corría
por las piernas dejando gotas de semen por donde pasaba. Después otro, y otro…
Después me entregué, dejé de tener el control para que hicieran de mi cuerpo lo
que les diera la regalada gana. Tres me
subió a la cama y me puso boca arriba, otros dos comenzaron a chupar las tetas.
Al fin les veía las caras, al fin entendí la excitación que les causaba jugar a
los perritos en celo.
By Judit Paprika
TODOS LOS DERECHOS RESERVADO POR LA AUTORA ©
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Muy rico tu relato, me extasie un poco, me encanta como escribes, he escrito muchos relatos de forma anónima en algunas páginas pero me estás animando a tener mi espacio, quisiera lamerte
ResponderBorrarGracias por leerme bb y adelante, todos podemos ser potenciales escritores. Éxitos y mucha suerte
BorrarQue dura y Riaza me la pones bb
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