ESPUMITA Y LIMÓN ©
Si bien la virginidad no existe como tal, porque es un parámetro
instalado por el falocentrismo global que establece diferenciar a aquellos quienes
son penetrados o penetran de los que no lo fueron o no lo ejercen, aun a
sabiendas que el sexo es mucho más que una simple penetración, existe una real
perversión en el usufructo de la carne ajena, que nace de la posibilidad de subordinar
caprichosamente a un otro a nuestro
antojo y para nuestro servicio o satisfacción.
Judit Paprika
La cabezota esponjosa, persistente, redondeada, mucho más grande que la cavidad que tenía en frente, empujó los labios internos hacia adentro y en ese forcejeo de piel y carne tirante, afloraron las primeras gotas de sangre. Ella recibía por primera vez a un intruso caliente, que para colmo era grande y sumamente furioso. Un tirón. Un desgarro silencioso. Él le aplacó los lamentos y contoneos con un beso apretado y poco cariñoso, una mano sujetandole la muñeca y la otra constriñéndole un ceno con el pezón en la palma y los dedos en garra. Ella gruñó por el dolor que sentía de tenerlo entre las piernas empujando con impaciencia, razón por la que le clavó las uñas en la espalda sin darse cuenta.
El regocijo de meterla en un coño tan apretado lo hacía delirar. Tenía el resto del cuerpo anestesiado por un cosquilleo almibarado. Podían cortarle un dedo en ese mismo momento que no iba a sentir dolor. Nada más que el gozo infinito en el cerebro, la pelvis, el tonco, el culo y en los huevos, que se le habían acalambra por la emoción de finalmente tenerla tendida en la cama para rebasar su castidad cerril negada por tantos años.
El flujo rosado y cada vez más borravino se escurría entre las nalgas mojando las sábanas blancas que la madre con esmero había blanqueado dos días antes con espuma y limón. “Fregala. Hacé espumita sobre la mancha, con unas gotas de limón y dejala bajo el sol” le había escuchado decir a su abuela. Pero a ella poco le importó ensuciarla, porque luego de ese encuentro clandestino con el hombre al que tenía prohibido sonreírle, lavaría a escondidas el tusor beige ya que había aprendido cómo hacerlo.
Cuando llegó al fondo, se abotonó quieto, porque sentía que un mínimo movimiento más lo haría eyacular. Es que la odiaba y deseaba a la vez, y desde hacía tanto tiempo, que con el primer traslado del pene en el corto tramo entre la puerta de la vagina y el cérvix, le bastó para casi expectorarse por completo adentro de la sobrina de su amiga. Le rogó mordiéndole la pera que dejara de gimotear, porque estaba a nada de rebalsarla. Sus gemidos llorisqueados le aflojaban el cuerpo y le hacían perder la concentración. Ella no dejó de hacerlo, entonces él salió solo unos milímetros y volvió a empujar. Empujó, empujó, empujó. Pocas veces empujó y sin apartarse demasiado. Eso le alcanzó. La aplastó temblando con el torso sudado y rígido, y la sangre de la sábana se fundió con el líquido viscoso y brillante que goteaba desde la cabeza al salirse por completo.
Miró perplejo los labios que se habían puesto de un rosado cariñoso nunca visto antes. Sintió que su semen blanco brotando entremedio se parecía a los chicles rellenos de miel de cereza que de chico partía en dos con los dientes y apretaba con los dedos para ver brotar el juguito rojo entre los panes de goma.
Su semen les hacía un gran favor, porque les aportaba el brillo necesario para volverlos irresistibles y eso contribuía en alimentarle el deseo de volver a apartarlos con su instrumento de hombre, tal vez una o dos veces más. La primera leche le proporcionó un tentempié, le lavó la sangre y le curó el desgarro.
Arrodillado entre sus piernas se sorprendió de que el vigor de su erección no aminorara, así que, a los pocos segundos de haber salido, apoyó la cabeza en la puerta de la vagina y volvió a entrar con más fuerza que antes. Ya no la miraba a la cara. Levantó la cabeza y cerró los ojos para concentrarse en el chasquido que hacía su pene resbalando en la leche que había soltado hacía un instante. Un charco más pegajoso que el primero atravesó la sábana y manchó el colchón.
Ella planeaba, mientras se le mecía el cuerpo por el empuje del amigo de su tía, cómo haría para ocultar semejante enchastre, porque había aprendido a lavar las sábanas ¿Pero el colchón? Y aunque lo diera vuelta de cara al suelo, su madre, tarde o temprano le pediría explicaciones del lamparón ocre que se pronunciaba en medio.
<<Limón, espumita, limón, espumita… espumita, limón…>> empezó a repetir
La presión del movimiento le sacaba palabras arbitrarias, palabras inconsistentes, inconsciente, no acordes a la ocasión, pero que al escucharlas salir de su propia boca le paraban los pezones y el deseo se le concentró en las tetas, la lengua y el culo inflamado. Es que no era el significado de las palabras lo que importaba, sino la tonalidad con que las decía. Un canto caliente y compungido que la excitaba tanto...
<<Espumitah, mucha espumitahh, si… así, espumitahh…, limón…>>
-¿Qué llevás ahí? – le preguntó ella seis horas antes de que compartieran la cama, señalando la caja que él llevaba en la mano
-Un regalo para tu tía
-¿Y su novio sabe qué le haces regalos a mi tía? Se puede enojar si se entera ¿Vos no eras su amigo?
-No se va a enterar. Porque “nadie le va a contar” Y sí, seguimos siendo amigos.
-¡Claro! “Nadie va a decir nada”- respondió ella imitándolo – Bueno, decime. Quiero saber ¿Qué es?
-¡Basta! No te puedo decir. ¡Qué pesada!
-Me decís y juro que no pregunto más ni te molesto con nada de nada… lo prometo…- se puso una mano sobre la teta izquierda levantándola un poquito y subió la otra palma abierta como un mandatario jurando al tomar un cargo público.
Él suspiró y miró el paquete. Desenredó las piernas cruzadas. Apoyó la pequeña caja de cartón opaco sobre la mesita del patio y despegó con parsimonia las cintas de los costados.
-¿Sabés lo que es?
-Sí. ¡No…! Bueno si. No ¿Qué es?
-Es un juguete que voy a usar con tu tía ¿Entendés por qué no tenés que ser tan metida?
-¡Ahh…! Entiendo. Ella se mete eso en….
-Y esta parte vibra sobre…
-¡Ok! Entendí – sonrió nerviosa
-¿Alguna vez usaste uno?
-Jamás. Porque yo nunca…
-Está bien. No tenés por qué saberlo todo. Las cosas pasan cuando tienen que pasar ¿No te parece?
-¿Y si me lo prestás?
-¿Qué? ¡Te volviste loca!
-¡Jah! ¡Nah! Era joda…
Ella le explicó con parsimonia que nadie estaba en posición de culpar a nadie sobre si algo era ridículo o no. Le recordó que no había nada más patético y propenso a las burlas que un vecino que se la daba de buen amigo y que se ofrecía a arreglar las cosas de una casa ajena a cambio de que lo dejaran estar cerca de su tía. Él se sintió fastidioso y arrebatadamente desnudo con la declaración de la joven y accedió a prestarle el artilugio.
Por esas cosas del verano, esas cosas de los descuidos y que las familias a veces no contemplan, el muchacho se quedó a dormir en el cuarto contiguo al de la sobrina de su verdadero amor y mientras intentaba conciliar el sueño, muy de lejos escuchaba la vibración del juguete que había elegido especialmente para usarlo con Angélica, mientras su novio se ausentaba por mes y medios gracias a esas cosas del trabajo de campo que, en buena hora, lo alejaban de sus planes e intenciones.
La joven no gemía. Solo se lo había apoyado en el clítoris y se sorprendió de lo rápido que podía acabar con ese aparato desalmado. No le dio tiempo a conectar el sentir físico con el mental. Era como comer sin el sentido del gusto o del olfato; uno no se sacia de esa forma, porque relega el sabor, el perfume y la vista a lo más ruin del olvido, y a pesar de tener la panza llena, el cerebro no acata que se terminó el hambre. Concretamente era vacío lo que sentía con los orgasmos causados por el aparato, así que se vistió con solo una remera larga y caminó por el pasillo con el consolador en una mano hasta meterse en el cuarto donde pernoctaba eventualmente el vecino, amigo, tal vez, su futuro tío.
En la oscuridad se deslizó bajo la sábana tratando de no despertarlo bruscamente y le dijo bajito junto a la oreja:
-No me gustó
-¿Qué cosa? – Cuchicheó él sin confesarle que había estado erecto todo el rato que la oyó mangonearse el artilugio entre los labios
-Este aparato – contestó mientras le apoyó la punta a un costado de la boca.
Él apartó un poco la cara.
-¡Che! ¿Y si volvés a tu cama?
-¿Y si me ayudás con algo?
-¿Con qué?
Y en otro cuchicheo de oreja, mucho más bajito que el sonido del consolador resonando en el pasillo donde daban todas las habitaciones, le preguntó si se animaba a meterle el pene, porque jamás había sentido a un hombre empujándole las entrañas. Él aceptó con calentura atrasada y con toda la bronca que le tenía por haberlo extorsionado, y por dirigirse a él con un dejo de desprecio y amenaza. Pero la realidad era que estaba dispuesto a hacer cualquier cosas para que no lo deschavara, para perdurar en la casa de campo de la familia de Angélica y darle el tiempo que fuese necesario para que lo redescubriera como hombre. Y si en el ínterin debía lidiar con la alzada de su futura sobrina, así lo haría.
By Judit Paprika
TODOS LOS DERECHOS RESERVADO POR LA AUTORA ©
Si queré escuchar mis relatos completos, mi última novela erótica "ISLA DE HOMBRES", mis guías de masturbación JOI y otro material interesante, entrá a mi canal privado de telegram. Pago único no mensual. Consultas a @JuditPaprika43 (Telegram)


Comentarios
Publicar un comentario