AMBROSÍA ©
Apoyó su mano sobre el tronco
y se sorprendió de que el semen hirviendo se le escurriera con facilidad cuando
lo rascaba haciendo olas con las yemas de los dedos. Pensó que la preciosidad
de esa primera vez fue pura casualidad, pero luego descubrió que el delirio que
estaba transitando Esteban a causa de la fiebre, le ponía la leche liviana; por
eso, al rato volvió a hacer el mismo
movimiento y el bajo vientre de su patrón otra vez quedó empapado.
Cuando el auto de la madre de
Tebi hizo marcha atrás y el portón mecánico del garaje descendió hasta más de la mitad durante unos
segundos interminables, Mecha entró corriendo sin asotar la puerta, tiró su mochila al sillón y
subió las escaleras de dos en dos para ir directo al cuarto que estaba en completa
oscuridad. Su patroncito roncaba boca arriba con el torso desnudo y la almohada
sobre la cabeza tapándose parte de la cara, una pose que le quedó de protegerse de los rayos del sol que su fastidiosa
madre dejó entrar al mover las cortinas de brocato azul, haciéndose la que acicalaba la habitación antes de irse a trabajar,
mientras lo atacaba con encargos absurdos que él no cumpliría.
Mecha lo miró desde la puerta y después caminó rodeando la cama sin
hacer ruido como su patrona le había indicado y se sentó a su lado junto a las piernas. Esteban gimoteaba
bajito palabras incomprensibles causadas por las pesadillas de la fiebre. Ella estaba anulada, no supo qué hacer y se quedó con él por un largo rato en absoluto silencio.
Necesitaba acompañarlo. Es que, desde que se conocieron, Tebi jamás se había enfermado y era tan raro verlo así.
Cuando Esteban se sacó la
almohada de la cara, aún con los ojos cerrados
y sin dejar de susurrar disparates, de un sopetón se bajó la delantera del bóxer y dejó que el
pené erecto saliera rebotando, y así de la nada, empezó a escupir semen para todos lados, como si lo hubiese sacado para mear. Después volvió a dormirse profundamente.
Mecha no supo si él sabía de su presencia, si realmente era consciente de lo
que acababa de hacer; seguramente no, porque el delirio no le permitía
diferenciar lo onírico de lo real.
Con mucho cuidado Mecha sacó de su bolsillo un paquetito de pañuelos descartables, amontonó algunos en su mano y empezó a limpiarle las gotas de leche de la barriga tratando de que Tebi no se despertara. Le costó limpiarle el ombligo, porque estaba rebalsado de semen y ella tuvo que meter el dedo forrado en el papel tissue para absorberlo, el bajo vientre también le dió trabajo porque lo tenía muy peludo, lleno de rulos pegados a la piel que se habían pegado más todavía con todo lo que él había eyaculado, y porque además, en ese mismo lugar estaba el pene apoyado, que a pesar de haberse descargado hacía unos segundos, seguía erecto y rebotando. Cuando la verga golpeaba contra la barriga, al levantarse hacía hilos con el semen y los únicos sonidos que retumbaron en la habitación fueron los quejidos de Esteban y el chicotazo del glande mojado dando contra su propia piel.
Todo esto a Mecha le desbloqueó un recuerdo prohibido. Se le vino a la mente una situación de cuando vivía en el campo, de un caballo que siempre andaba erecto y que se golpeaba la panza con el pene saludo para masturbarse para finalmente escupir litros de simiente sobre el pasto. Cuando volvió en sí y enfocó la atención en el glande sucio de Tebi, trató de limpiarlo lo mejor que pudo, pero cuando terminó, estiró la mano para apoyar la compresa de papel húmedo en la mesita de luz, sin darse cuenta que movió la cama al despegar el culo del colchón; entonces Esteban se despabiló un poco, le atrapó el antebrazo y, todavía, con los ojos costosamente abiertos dijo su nombre; luego volvió a desmayarse.
Fuese lo que fuese que lo estaba atrapando lo sumergía en sopor que no era de este mundo. Parecía que toda la poca energía de su cuerpo se le había concentrado en sus genitales y en la mano porque clavaba con fuerza las uñas en el antebrazo de Mecha, sin embargo ella no hizo el menor ademán por sacarlo, aunque le dolía.
Mercedes dedujo la temperatura con el tacto.
Tebi hervía como también hervía su entrepierna y seguía tan erecto como inconsciente. Ella, con el brazo derecho inmovilizado, acercó la otra mano al tronco y
empezó a rascárselo haciendo olas con los dedos, con la misma velocidad que se rasca la picadura de un mosquito. En segundos Esteban volvió a
eyacular con balbuceos que no parecían de gozo, sino de lamento; como si en ese otro lugar donde su cabeza se
encontraba estuviese batallando cuerpo a cuerpo con demonios que no lo dejaban
volver a pleno para gozar con Mecha. A ella le sorprendió la precocidad que Tebi estaba transitando, porque
sabía perfectamente sobre sus tiempos en el sexo, así que más sorprendida que
excitada abandonó el cuarto y se puso a limpiar la casa sin hacer ruido.
Para la hora de la siesta todo
estaba reluciente y perfumado, menos el
cuarto de Esteban. Faltaban dos horas para que los padres de él regresaran.
Mecha se sentó en la cocina a disfrutar un corto café caliente como haciendo sobremesa,
pero sin haber almorzado. No tenía apetito, se
lo había sacado la preocupación y la sopa lánguida con zapallo y carne que había dejado preparada la dueña de la casa. Parecía comida de hospital. Esteban tampoco la había querido comer. En cambio el café le
devolvió el alma al cuerpo y a medida que daba sorbos cortos, de la misma
manera que lo hacía en cada desayuno junto a él, se preguntó qué pasaría si
volvía a rascarle el tronco con lentitud como
lo había hecho en la mañana.
Ella entró al cuarto, dejó a un
lado la pila de toallas dobladas que llevaría luego al baño del segundo piso y se metió en la
cama de Tebi apoyando la cola en la almohada. Lo
tomó de los hombros para rodearlo con las piernas y con fuerza lo arrastró hasta ponerse la espalda sobre la vulva. Él, adormilado por la temperatura se dejó zarandear y abrazar por los brazos y
piernas de su sirvienta, solo movió un poco la cara cariñosamente para chupar el pezón que
Mecha le había apoyado en la boca. Ella necesitaba sostenerlo, curarlo con su
cuerpo y no le importó terminar con la calza empapada de sudor, porque estaba
convencida de que, con cada gota de transpiración, la fiebre le bajaría.
Aunque sabía de su compromiso
reciente con la rubia pálida y sin gracia de Cecilia, Mecha tenía la certeza de
que Esteban sería suyo para siempre. Se pertenecían, porque tenían una historia
en común de muchos años invirtiendo roles, dónde ella era la patrona y él el
sirviente que debía complacerla.
Él era el mismo joven que a los catorce le
esquivaba la mirada cuando ella lo descubría concentrado en sus senos; el que a los
diecisiete le sostuvo la escalerita con la cara cerca de la entrepierna para
olerle la concha mientras ella limpiaba los estantes altos de la biblioteca; el mismo que ya más de grande, con precisión, con petulancia de niño bien y algo de sádica prepotencia, le
había metido el mango de la cuchara entre los labios para
masturbarla por sobre la ropa, mientras Mecha se dejaba tocar amortiguando el orgasmo agarrándose del mantel de la mesa de la cocina. Él fue el que le había despertado la curiosidad por redescubrir objetos cotidianos y fálicos que eran útiles para la paja, y el que le había enseñado muchas,
nuevas y sojuzgadas formas de masturbarse, formas que a ella jamás se le
hubieran ocurrido sin su ayuda. Él era el mismo hombre que de pendejo, y a pocos meses de conocerla le había propuesto intercambiar los roles mientras los padres se ausentaban en la casa: él limpiaría la casa a cambio de sexo; una articulación que no pudieron
frenar, que se volvió cada vez más vigorosa y que repitieron cada mañana a lo
largo de los años sin levantar la más mínima sospecha en los otros habitantes de la casa; él, ya un
hombre hecho y derecho, que se habia comprometido con Cecilia por la insistencia de sus padres sabiendo que sería un marido infiel, ya tan suyo y a la vez de otra, se encontraba extrañamente desvalido
entre sus brazos, poseso de una vulnerabilidad tentadora, y al que Mecha no
pensaba largar hasta curarlo a fuerza de chupadas y caricias.
Otra veta que Mercedes
descubrió desde que lo conoció, y mucho antes de que comenzaran a intimar en la
cama de los padres, era que adoraba verlo dormir cada mañana solo
por el hecho de tenerlo indefenso y de imaginar todas las cosas que deseaba
hacerle aprovechándose de su desvaído,
de su inexperiencia o de la diferencia de edad. Mecha no sé enorgullecía de sentir eso ni de estar por
sobre él en desigualdad de condiciones, sabía que la subordinación y las
caricias unilaterales no consentidas estaban mal, sin embargo era un
sentimiento genuino que reprimió por
años, pero genuino al fin. Muchas mañanas ella se había contenido de tocarlo para no
corromperlo y se conformaba con admirar su figura sobre la cama atenta a cómo
le brillaban los pelitos de los brazos cuando la resolana del amanecer pegaba
sobre la cama luego de que ella abriera las cortinas para ventilar el cuarto.
Por eso esperó. Por años esperó a que Tebi creciera y se animara a hacer lo que
ambos pensaron el primer día que se
conocieron.
Lo había pispeado infinidad de
veces mientras, con disimulo y muy temprano,
pasaba la franelita por la cómoda tratando de no hacer tintinar los
frascos de perfume, adivinando si el
bulto que se le hacía en la mitad del cuerpo era un efecto de la sábana o fehacientemente era una brutal erección culpa
del colchón que le calentaba los riñones y la próstata. Pero en esa mañana en
particular, esa mañana distinta a todas las demás, esa mañana de enfermedad,
fiebre y delirio a Mecha se le había acumulado en el pecho la desesperación por
abrazarlo y curarlo a fuerza de sexo. Cualquiera
que viese la escena de Mecha sentada en el centro de la cama con Tebi desvanecido entre sus piernas lejos estaría de suponer que se trataba de una
situación de deseo, porque personificaban La piedad de Miguel Ángel, pero con
las intenciones implícitas de La Transverberación de Santa Teresa.
Cuando la presión de los hombros de Esteban le empezaron a adormecer las piernas, Mecha le sacó la teta de la boca goteando leche, salió de su espalda y se volvió a sentar en la mitad de la cama. Después reclinó la cabeza con dulzura y estiró la lengua para pasársela cortito y suave sobre el frenillo del glande. Evidentemente era la fiebre, porque a las pocas lamidas él volvió a escupir mucho semen blanco y espeso, sin ninguna evidencia de que ya había eyaculado dos veces por la mañana; y eso sin contar con las acabadas de manos libres que había tenido a solas en la madrugada.
Como Mecha era curiosa y amaba
chuparlo de muchas maneras, volvió a limpiarle la leche y esperó con paciencia
a que Esteban retomará los ronquidos. El pene no se le bajaba, lo tenía permanentemente alerta, así que a los diez minutos,
ya con impaciencia, ella volvió a chuparlo atrapándole solo la punta con los labios en forma de
sopapita. Sin usar la lengua, succionó
la cabeza con glotonería y tragó con felicidad todo lo que él le escupía contra el paladar. En ese estado de hiperespermia, lo consideró el hombre más maravilloso del mundo, una verdadera canilla humana que largaba
más semen que orina. Con el entusiasmo, Mecha empezó
a comer un poco más del tronco, pero sin llegar a los testículos, y otra vez tuvo la boca rebalsada de tanta leche que se le escapó por los costados.
<<¿Cómo es posible?>> Se preguntó mientras tragaba.
Entonces no pudo resistirlo.
Se desnudó y se metió en la cama con su patroncito, porque se le había antojado bañarse con leche otras partes del cuerpo. Para entonces las sábanas estaban
pegajosas por el sudor que él expelía con el tratamiento de cura que la mucama le estaba dando.
Los cuerpos tienen memoria de
otros cuerpos y se abotonan o repelen dependiendo de la afinidad que se tengan
entre sí. Entre ellos había una historia , una memoria
y podían reconocerse hasta con los ojos cerrados. Apenas Mecha se tapó con la sábana y se puso
de costado apoyándole el culo contra la cadera,
Tebi se giró y la rodeó con el brazo y la pierna para amalgamarse con
ella en un solo nudo de cuerpos. Por su parte Mecha estaba perpleja porque él
seguía erecto, lo sintió sobre una
nalga, así que se acomodó el pene sobre los labios y empezó a fregarlo con las
piernas cruzadas y apretadas. Esteban eyaculó otra vez y le dejó los pelitos de
la vulva goteando
<<¿Qué mal tan maravilloso lo aqueja que con el mínimo roce larga leche a mansalva? ¿Qué clase de enfermedad tiene que me hace desear que no se recupere nunca?>> Se preguntó Mecha
Estaba tan fascinada con lo
que le pasaba a Esteban, que se le esfumaron en segundos la lástima, la culpa y el
prejuicio por aprovecharse de un enfermo. Es que cada vez que Mecha le succionaba algo,
sentía que también le quitaba a Cecilia lo que legítimamente le pertenecía; era
una energía inexplicable que le revitalizaba todo el cuerpo, casi de la misma manera
que un vampiro se rejuvenece en detrimento de la de la salud de sus
víctimas.
Cuando ella se apartó de su
costado y lo empujó para que él quedara otra
vez boca arriba, se giró para mirarlo
de cerca y le apoyó las tetas en las costillas. Mientras Tebi susurraba algunas cosas Mecha le tomó el pene y empezó a
sacudírselo con desesperación, después se levantó y apoyando las plantas de
los pies en la cama, bajó la cadera hasta quedar en cuclillas sobre él, de la misma
manera que hacía cuando el le pedía que le orinara la boca, pero esa vez lo hizo con la
intención de apoyarle la vagina sobre el pene erecto y fornicarle
solamente la cabeza. Mecha disfrutaba del chasquido de su humedad y de mirar
cómo se metía el glande mientras subía y bajaba sobre Esteban, sin tener la certeza de que si él estaba disfrutando o no; sin embargo no pudo
seguir por mucho rato más, porque él otra vez eyaculó
escupiéndole la entrada de la vagina, solo que en esta ocasión, recuperó la conciencia por unos segundos, levantó el torso, acercó la cara a la suya y con los ojos bien abiertos le preguntó:
“¿Qué me estás haciendo Mercedes?” – Luego
volvió a caer rendido.
Mercedes bajó de la cama con gotas blancas prendiendo de los pelitos, tomó de la
mesita de luz el mismo bollo de papel con el que lo había limpiado en la mañana,
se vistió y empezó a ordenar el cuarto a las apuradas, porque faltaban pocos
minutos para que los padres volvieran de trabajar. Sin
embargo no se conformó con eso, porque luego de acicalar lo que pudo de
la habitación sin hacer ruido, se acostó vestida para rascarle
otra vez el tronco por sobre la tela y así permaneció hasta que se le hizo la hora
de irse.
Al día siguiente Mecha fue a
limpiar la casa de Esteban como hacía cada mañana y al llegar los padres de
este ya no estaban. Él preparaba el café como si nada hubiese pasado, eso sí,
se lo notaba reluciente, pero algo más flaco. La saludó con un beso tierno en
la boca.
-Mechi ¿Sabés qué soñé enfermo? ¡Fue loquísimo! – le dijo mientras le dejaba una taza sobre la mesa
-No. ¿Qué? – respondió y
repreguntó creyendo que le describiría
todo lo que ella le había hecho el día anterior.
-Que una gárgola me succionaba
el pene y me extraía la fiebre.
-¿Una gárgola? – dijo Mecha
ahogándose con el café
-Sí. Una gárgola. Era raro
porque tenía los dientes afilados y sin
embargo no me daba miedo. Ella se alimentaba de mí de alguna manera y le hacía
bien, a mí también me hacía bien. Fue un sueño vívido, tan real… Tal vez creas
que estoy loco, pero siento que eso fue lo que
me curó, lo que me quitó la fiebre– Después de
unos sorbos la miró – ¿Y vos qué tal? ¿Viniste ayer?
Me dijo mi mamá que te iba a llamar para que
no vinieras, para que yo descansara y vos
también.
-Sí. Vine.
-¿Sí?
-Sí
-¡Qué raro! No te escuché.
-Es que limpié sin hacer ruido
para que no te despertaras.
-¡Qué genia Mechi! Vos siempre tan considerada conmigo ¡Eh! ¿Azúcar Mechi?
-Si. Una cucharada
-¿Leche?
- ¿M? No. Gracias. Tuve suficiente ayer.
-¿Cómo?
-Nada Tebi - y se estiró para besarte la quijada- yo me entiendo.
By Judit Paprika
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