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GLORY HOLE I ©

 

         






Emilia se había casado con Dios, pero en el devenir de los días no sucedía nada de lo que supuso que sucedería en las nupcias pupilas, como sí ocurría entre los esposos luego del matrimonio para sosegar las necesidades de la carne. Tampoco sabía a ciencia cierta qué era eso que se hacía en esa circunstancia, sin embargo tenía una pálida idea por lo que le habían contado unas primas confusas ya casadas con meros mortales, y sobre qué órganos se usaban para perpetrar el tiempo en la intimidad. La poca información que tenía, era gracias a las clases de anatomía, que había recibido en su instrucción para llegar a ser una mujer santa. En ese entonces, usaban un manual con las partes pudendas censuradas por hojitas de postic amarillo; tarea titánica que emprendía el padre Ignacio cada vez que llegaban las cajas de libros del ministerio, para que sus pupilas no flaquearan ante las tentaciones del pecado capital contra el sexto mandamiento, que atentaba y ofendía a la virtud  de la castidad. Demasiada saña al pedo, porque era tan simple para Emilia pasar la punta de la uña y levantar los papelitos que cubrían las imágenes poco esclarecedoras, que nada le revelaban sobre dichos órganos.  La decepción fue inmensa la primera vez que lo hizo, a sabiendas de que si la descubrían, la pondrían en penitencia y se perdería de ver a su abuela el fin de semana, porque ninguna de esas figuras le permitían saber más sobre la lanza divina que tanto esperaba conocer y probar, y de la que tan poco había escuchado hablar, más que por una crítica que hizo Giovanna, en una clase de arte, refiriéndose a los místicos, a Santa Teresa de Jesús y el sacrilegio de su monumento con una lanza que apuntaba a los genitales.

Presa de la culpa por el fuego que sentía en el centro del cuerpo y de las maniobras que ejecutaba a solas para calmarlo, comenzó a confesarse durante las siestas. Ese momento del día parecía ideal, porque la iglesia siempre estaba vacía de gente ya que las otras hermanas lo hacían por la mañana, cuando el padre colocaba unas sillas apartadas en el comedor y a la vista de todos, mientras la multitud desayunaba. En cambio el confesionario era más íntimo.  Emilia se arrodillaba y apoyaba la boca muy cerca del entretejido de ratán de la celosía fono higiénica que no les dejaba verse las caras entre sí, pero si olerse y susurrarse, recíprocamente,  penas y sacrilegios.

-       Ave María purísima… - decía Emilia

-       …sin pecado concebida – respondía el padre

Emilia le detalló al padre que cada tarde, a esa misma hora, se paraba junto a la cruz que tenía colgada en su habitación, apoyaba las manos en el chifonier, cruzaba las piernas bien apretadas y empezaba a menear la pelvis, para atrás y para adelante, hasta provocar que la bombacha se le encajara entre los labios, porque ella no se atrevía a ponerse una mano encima para acariciarse el reducto que tanto deseaba fuese lamido. Ya bastante tenía con reprimir las cosquillas del bidet.  

Si el audio se traba, salir del relato y volver a entrar.
(Los relatos en audio completos están en mi canal privado de Telegram @JuditPaprika43 telegram.)

A veces le repetía cómo se había consolado usando el palo torneado del ángulo de la cama o cómo se fregaba contra la almohada  intentando imaginar cómo era pasar la siesta con otra persona.

 De tanto recordar los movimientos confesos, a Emilia se le afiebraba el bajo vientre y  se le mullían los labios que apoyaba contra los agujeritos del tejido. Adoraba repasar los detalles, no solo para revivirlos, sino porque había descubierto que, a medida que sus secretos iban en aumento, el Padre Ignacio cambiaba la respiración inicial y calma a unos jadeos incontrolables que intentaba disimular tosiendo. Entonces Emilia, colocando la voz perversa y plena de suavidad, le preguntaba:

-          Padre ¿Se siente bien?

-          Sí hija – solía contestar él – es que ando con un poco de tos.

Nunca cambiaban los roles aunque él tenía bastante más cosas para confesar que ella. Por ejemplo, el pecado que cometía con sus manos bajo la casulla minutos antes de que ella terminara sus confesiones y momento en que la voz se le entrecortaba con bocanadas de aire mal absorbido, que no lo ayudaban a componer aliento. Por eso tosía. Emilia podía olerlo. Hablaba y apoyaba la lengua para babearle la oreja que él acercaba a la rejita dejándose contaminar el oído con el zumbido de las palabras espesas, paulatinas y cada vez más distendidas que ella le propinaba. 

Una tarde en específico, en la que se había sentado en el confesionario para esperarla con mucha antelación, antes de que Emilia terminara su relato sobre cómo se había exorcizado el deseo esa semana, él le preguntó si llevaba consigo un pañuelo. Ella asintió, sacó de su manga uno blanco con el perímetro tejido a croché y se lo pasó por el agujero que estaba justo debajo del tejido que les ocultaba las caras. El padre se lo succionó con apuro y cerró de inmediato la puertita corrediza. Le pidió luego que retomara la confesión y mientras la escuchaba se pasó el pañuelo por las cara para aspirar cualquier aroma que se asemejara a la piel de Emilia, a sus senos rosados o a los dedos sudados afirmándose sobre la madera del chifonier. Trataba de reconstruir, con ese humilde pedazo de tela, lo delicioso que sería tenerla sentada sobre su cara y atrapar con la lengua la polución de su pupila.

Emilia siguió hablando y el padre puso el pañuelo sobre el glande haciendo de su pene una especie de fantasmita macho, de la misma manera que se tira al aire el velo de una novia para que la gravedad deje caer el tul sobre la cabeza.



Con la quijada floja escuchó a Emilia y disfrutó ver cómo las primeras escupidas de semen hicieron saltar el pañuelo, no así las siguientes, porque se había puesto pesado con la waska humeante que él le había pegado. Tomó el pene vestido de blanco y limpio hasta la última gota, asegurándose de no salpicar su espacio sagrado de clérigo respetable y estrujó el algodón hasta hacerlo un bollo.

-          Padre ¿Se siente bien? – volvió a preguntarle Emilia

-          Sí hija mía – dijo recuperando el aire y luego le preguntó - ¿Usted haría algo por mí?

-          Por supuesto padre, lo que me pida…

-          Tome – y sacó la mano por la puertita para entregarle el pañuelo mojado  – Por favor, que no se le vaya a escapar una sola gota. Lléveselo y lávelo para traerlo mañana a la confesión

-          Está bien padre, pero… ¿Qué esto? ¿Por qué gotea? Se me escapa…

-          ¿Vos querías saber qué entregaban los novios en la noche de bodas? Bueno, ahí tenés hija, ese  es el jugo divino del amor.

-          Gracias padre – gradeció Emilia no muy conforme con el obsequio.

-          Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo…

-          …amén – agregó ella mientras se paraba para salir.

 

Emilia sostuvo el pañuelo con ambas manos como si entre las mismas llevara a un pequeño pájaro ávido por escaparse. En el trayecto se le cayeron gotas traslucidas que ensuciaron la escalinata, el pasillo y la punta de uno de sus zapatos negros. Bajó el picaporte con el codo y cuando estuvo adentro de la habitación soltó el pañuelo en  una taza sucia de valeriana que  había quedado en la mesita de luz desde la noche anterior. Se miró las palmas mojadas y olió el ungüento tibio que le calentaba las manos. Con timidez estiró la lengua para probarlo y automáticamente le despertó el deseo por sacar una palta del árbol del patio para comerla así como venia,  a cucharadas y sin condimentos. El jugo divino del amor tenía el mismo gusto.

Como quedaban unas horas hasta que comenzara la merienda y luego la oración de las siete, aprovechó para darse una ducha y cuando salió del baño, envuelta en la toalla se tiró en la cama mirando al techo para procesar  todo lo que había ocurrido. Con mucha timidez se rascó los labios peludos y un poco más adentro, y cuando estuvo completamente entregada a quitarse las ganas, aunque  esta vez sin pararse frente al chifonier, separó bien las piernas, se apoyó la taza en el pecho, sacó el pañuelo, lo extendió goteando semen y lo apoyó de lleno sobre su vulva abierta. Después… después fregó la tela babosa contra sus genitales y la metió con los dedos en los agujeros que fue encontrando. El pañuelo resbalaba amablemente por las cavidades que Emilia acariciaba por primera vez en su vida.



 Esta vez la tela no le raspó el meato como si lo hacía su bombacha estrujada entre los labios. Después… después, agotada por el primer orgasmo y la seguidilla de otros dos menos intensos que le vinieron por añadidura, se durmió agotada con el pañuelo encajado en la vagina.  No tuvo energía para sacárselo.

17:20, hacía veinte minutos que la merienda había comenzado. Emilia miró el panorama y el pañuelo en su entrepierna. Perdió la noción del tiempo. Hizo el esfuerzo mental por recordar en qué momento del día se encontraba, o mejor dicho, en qué día estaba. Sacó el pañuelo empapado de sangre y corrió al baño para tirarlo en el lavamanos. Se vistió rápido y bajó de inmediato. No tomó nada, porque al llegar a la puerta del comedor, las otras hermanas ya salían en dirección a la capilla para el preludio de las siete de la tarde, entonces caminó al ritmo de todas y se coló en una de las filas para pasar desapercibida.

En la noche lavó el pañuelo, pero no usó jabón, solo lo estrujó y extendió en el caño de la cabecera de su cama. Al otro día lo llevó seco y algo manchado a la confesión y cuando el padre lo recibió, se quedó en silencio más de un minuto.

-          Ave María purísima… - dijo Emilia

Silencio. Entonces repitió

-          Ave María purísima padre…

-          ¡Sí! Estem…sin pecado concebida – respondió él.

 

Empezaron la confesión y el padre estaba algo callado. Se había puesto el pañuelo abierto en la cara reclinado la cabeza hacia atrás para que no se le cayera. Lo olía. Emilia hablaba y él no la escuchaba. Al rato ella vio como se abrió despacio la puertita de  abajo y la mano del padre salió con la palma para arriba. Ella se la quedó mirando hasta que él le dijo:

-          Hija, levántese la falda

Emilia levantó su falda y apoyó con comodidad su entrepierna en la mano de Ignacio, que empezó a acariciarle la concha sin usar las uñas, provocándole cosquillas sólidas, varoniles y cálidas, mucho más deliciosas que las del bidet. Ignacio siguió con el pañuelo es la cara,  mientras con la otra mano se masturbó abiertamente. No le importó que Emilia lo escuchara gemir, no le importó que el confesionario de madera rechinara y retumbara en toda la iglesia. Tampoco le importó exigirle a Emilia que siguiera hablando, porque ella lo único que hacía era gemir enganchando las uñas en el entretejido que los separaba. Se oían, se sentían, se olían, pero no se veían. Emilia no sabía exactamente lo que él se fregaba, ni él sabía la cara que ella ponía al  disfrutar de la paja. Cuando terminaron, Ignacio retomó su investidura y dijo:

-          Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo…

-          …amén – agregó ella bajándose la falda.

 

-           

Se decían muchas cosas en la escuela sobre la desaparición de Emilia. Se decía que no solo a ella era a la que habían mandado a una misión en África. Otras malas lenguas, con mucha más inquina, agregaban que lo hicieron para que no se le notara el vientre abultado, porque ella junto a otras hermanas,  compartían el lecho con el padre Ignacio. Al tiempo también desapareció él y la cosa se volvió monótona en la escuela, porque en su lugar pusieron a un tipo de pelo blanco que no tenía sangre en las venas de tan pálido que era, pero además, porque no estaba más Emilia; ya no la cruzábamos en los recreos y nos privaron, de que nosotras, las más chicas, meras púberes curiosas, nos perdiéramos la posibilidad de verla jugar de mano con Marichu, mirándose cómplices y cuchicheándose cosas al oído para apoyarse una teta en el brazo de la otra; y, como coralario, imaginarnos qué hacían juntas en la intimidad.

 

En sus últimos días, Emilia fue a la confesión como muchas de sus tardes y al llegar él estaba sentado con la cortina abierta y un almohadón modesto de color bordó en el piso junto a las puntas de sus zapatos. Sin hablarle le ordenó con un dedo que se arrodillara frente a sus piernas y se estiró un poco para cerrar la cortina a su espalda. Los pies de Emilia podían verdes desde afuera del confesionario. Ignacio sacó el pene y se lo arrimó la cara para que lo oliera mientras le sacaba la mantilla de la cabeza, porque necesitaba manejar el ritmo de la felación sosteniéndola de los pelos. Instintivamente Emilia abrió la boca y sorbió lo que de la uretra le salía. Sintió la suavidad del glande sobre la lengua y le pareció lo más calentito y sabroso que había probado en su vida.

-          Ave maría purísima… - dijo Ignacio sabiendo que ella no contestaría,  porque tenía la boca ocupada.

 El latido del pene en su cavidad bucal le pareció adictivo y cuando se tragó todo el semen supo que era mucho más rico que las paltas del patio, entonces le respondió limpiándose los labios con la lengua.

-          …sin pecado concebida, padre

Había pasado la pascua y Emilia entró al templo para quitar los cirios chorreados. Antes de salir, escuchó crujir las maderas del confesionario y vio que por debajo de la cortina se asomaba la punta de un zapato; un zapato como los que usaban las hermanas, no los curas. Esperó inmóvil concentrada en ese tramo de pie que no se movía como sí lo hacía el cubículo entero, tampoco se escucharon voces en un primer momento, pero al rato, saltaron gemidos repentinos y descarados, que no duraron más de diez segundos. Emilia salió rápido y se escondió detrás de la puerta principal que permanecía abierta la mayor parte del día. Vio salir a Clarita, muy apurada ella, acomodándose la ropa y la mantilla. Después de eso, Emilia no fue a confesarse en toda semana.

Cuando las ganas la pudieron, fue hasta la iglesia suponiendo que Ignacio ya no la esperaría como antes, pero al correr la cortina lo vio sentado. Emilia entró y cerró la cortina detrás de sí. Se arrimó hasta quedar  parada entre sus piernas y lo miró desde arriba; fue ella la que inició la confesión diciéndole:

-          Ave María purísima Ignacio

-          Sin pecado concebida Emilia – él hizo una pausa y luego agregó – date vuelta si querés recibir lo mismo que le di a Clara.   

         Emilia obedeció y se levantó toda la falda para mostrarle el culo desnudo, porque no llevaba ropa interior. Él le pasó la mano por la entrepierna para sacar, sin mucho esfuerzo, su lubricación natural; después se chupó los dedos y la sostuvo de las caderas para bajarla hacia su glande. Emilia mordió la ropa al sentir el dolor, pero al rato sus paredes desgarradas se distendieron y se afiebraron, entonces pudo saborear el calor. Ignacio la sentó un poco más abajo hasta quedar completamente adentro de ella.

-          ¡Quieta! No te muevas Emilia. Solo quiero que sientas lo gorda que me ponés la pija. Disfrutá el latido Emilia, disfrútalo como lo disfruto yo, por favor.

      Ella los sintió perfectamente y cuando él la apartó para que se parara, el jugo divino del amor que le había depositado, se le escurrió por las piernas y otro tanto fue a dar al piso. Emilia bajó su falda y atinó a agacharse sacando el pañuelo para limpiar el charco, pero el padre la detuvo y le ordenó que se retirara, entonces salió del confesionario y antes de volver a cerrar la cortina le dijo:

-          Ignacio, yo te absuelvo de todos tus pecados.

-          Amén Emilia.

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Comentarios

  1. Todos tus relatos tienen un morbo espectacular... me la pones dura SIEMPRE.
    Lástima publiques tan poco. Un saludo de un admirador de España ;)

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