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CONFESIÓN I: ASMA ©

 


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Me pidió que no me desvistiera del todo, que solo me bajara un poco el pantalón para que le dejara a su disposición mi culo y la delantera. Ambos recostados, yo mirando el techo y  él junto a mí lado izquierdo tomó mi calzón y empezó a tironearlo para que se me  encajara entre los labios. Rascó mi vulva partida y le dio palmaditas. Cuando se aburrió de jugar con la bombacha la hizo a un costado, me apoyó la yema del meñique sobre el clítoris, el índice y el mayor los metió lo mejor que pudo en la vagina y medio anular en el culo.

 Carlos era paciente y se notaba que esto ya se lo había hecho antes a otras mujeres. Fregó con mesura cada una de las partes enardecidas de mi entrepierna. Me tenía agarrada como si sostuviera con determinación a una pelota de bowling y cuando le daba ansiedad tenerme tan a su merced, apretaba los dedos para sacudirme la pelvis completa; si el subía la mano, yo obediente subía la concha; si él sacaba un poco los dedos, yo lo tomaba del antebrazo para que los volviera a meter, porque su carne tenían un calor único.

Vi que no se había sacado el pantalón, pero sí tenía la pija dura por fuera de la bragueta. Me incorporé para besarlo y para que apoyara la espalda en la cama. Le saqué la mano de la entrepierna e intenté meterme el pene donde antes había tenido al índice y al mayor, pero no pude. Curiosamente, al intentar montarlo se le bajó en un segundo y me sentí frustrada.  Al verme la cara me dijo que no me preocupara, que estaba satisfecho de que yo la hubiese pasado bien, después me pidió que durmiéramos y acepté sin culpa, porque la fiesta nos había dejado exhaustos.

Eventualmente tengo a un hombre disponible a quien recurrir cuando deseo ser penetrada. Entiendo que podría optar por penes artificiales, pero el acto de ser contenida por otra persona, involucra mucho más que la penetración en sí, porque además es oler un cuello, morder un labio, arañar un culo, hablarle una oreja que recibe las cochinadas que me salen entre jadeos, pero también es tener a disposición a un ser de mi misma especie que acata todos mis gemidos y que me retribuye los suyos.

Por mucho tiempo promoví el petting, lo sigo haciendo las veces en que mi sexualidad fluctúa hacia el gusto por las mujeres, pero en épocas heterosexuales, una buena verga furiosa empujando robustamente, es tan reparadora como el Salbutamol para el asma; me devuelve el aire. Desde los ovarios y expandiéndose hacia el resto de mi cuerpo, todo se vivificas y acomoda. Por eso creo que no hay mejor cura para las nanas físicas y del alma que un buen traqueteo intenso de algún hombre solidario que se digne en devolverme el oxígeno.

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Eso mismo sentí la primera vez que me entregué, después de un celibato de meses,  a la aventura de tener un torpe amante bien pijudo de 21 años quien me la metía desesperado cada vez que nos encontrábamos.  Con el primer empujón me hacía revolear los ojos y arquear la espalda exorcizando del pecho todas las reticencias acumuladas, después sonreía ampliamente, acomodaba la mirada para encontrar la suya y lo besaba agradecida. Sabía que él no era consciente de mis transiciones, porque siempre estaba inútilmente obsesionado en prolongar nuestros momentos y apretaba la cara haciendo fuerza para no eyacular demasiado rápido. Cómo dije antes, era torpe y dentro de esa seductora torpeza habitaba el atractivo de que, a los diez minutos, iba a querer ser torpe otra vez y a la hora otra vez, y después otra vez, y así todo el día y las semanas, movido, además, según sus declaraciones íntimas,  por el morbo de estar cogiéndose a una madura.

 Andaba yo con la piel notablemente reluciente de tantas sacudidas, algo parecido a lo que le había hecho mi abuelo a su antiguo limonero. Mi tía le había contado  que hacía años que no daba frutos, entonces él, exagerando enojo, se arribó al tronco y empezó a gritarle, después le dio un fuerte golpe con el canto  su machete. Cuando terminó de aleccionarlo se dio vuelta y le dijo a mi tía que a los frutales, cada tanto, había que retarlos para que se despabilaran; y, creer o reventar, a los pocos meses volvió a dar frutos. Igual a mí, que, como a un frutal, había que despabilarme a fuerza de vergazos de un buen amante.

Entiendo, al escribir esto,  que es todo un riesgo adherir al gusto por la pija en estos tiempos de falocentrismo extremo, en el que, peligrosamente, se usa como parámetro meterla o no meterla para dictaminar quien pertenece y quién no al mundo de los desvirgados, pero mi realidad es esta, y creo que una buena pija en los períodos en los que prefiero más al sexo opuesto que al propio, es lo único que me oxigena correctamente. Sin embargo, y respecto al celibato, descubrí que al ejercerlo a voluntad, muchas de mis impensadas zonas erógenas se ponen más receptivas que de costumbre, más que en las épocas en que tengo a disposición a alguien que atienda rutinariamente con su lengua gentil mi clítoris y me penetre como segundo paso, dentro de lo que se supone es una coreografía amatoria por demás conocida.

Algo tan simple como una mano levemente apoyada en mí espalda baja sin otra intención que correrme de un lugar a otro, acompañada por  un imperceptible "Permiso por favor", puede hacerme humedecer al instante, después la mirada baja disimulando las  contracciones y dilataciones reiteradas. Si mi vagina hablase en esos momentos en los que tengo el cuerpo ávido de caricias sé lo que diría “¡Qué rica mano!", "¡Qué calentita y suave!", “Me impresionan las ganas de coger que tengo”, como también sé qué callaría luego de ser  friccionada diariamente con  algún instrumento fálico artificial, inhumano y nada bukakolico.

Carlos no era una persona hegemónica, me refiero a que no respondía a los estándares de belleza impuestos en estos tiempos de consumo. No era alto, no era flaco, no era joven,  los pantalones se le caían por el mondongo que se los empujaba hacia la mitad del muslo cada vez que se paraba, tampoco  era elegante al caminar, sin embargo tenía dos cosas muy poderosas, o que al menos a mi me hacían tener el sí fácil: el  sentido del humor y  unas manos grandes y calientes, que de solo sentirlas en la espalda me hacían aflojar las rodillas,  relajar los parpados y suponer lo delicioso que sería tener sus dedos grandes en la entrepierna; sin contar con las carcajadas que me hacía largar  mientras simulaba no saber bailar para que yo se lo enseñase.

Me lo presentaron como “Don Carlos” o “Él tío” mote que se le suele dar a las personas de avanzada  edad, pero su carácter no se correspondía con su sobrenombre, de hecho fue mucho más jovial que otros en toda la noche que duró la fiesta. Desconozco si fue estrategia de mi amiga habernos sentada juntos en la misma mesa,  pero si sé que con solo cruzar una pocas palabras, me bastó para, inevitablemente, imaginarnos en su cama. Pensé en varios momentos si el atractivo que sentía por él se debía a tantos días sin probar a un hombre y cuando tuve prácticamente resuelto no darle más cabida, no más que una amena charla en la sobremesa, se me acercó por detrás, mientras yo esperaba un trago en la barra, y me pasó la mano por la espalda baja. “¡Suficiente!” dije. De ahí en más no paré de sonreírle. Cruzamos miradas de boca y bailamos solo entre nosotros. No quise acercarme tanto a él como deseaba hacerlo,  para no crear expectativas entre los familiares que nos miraban atentos, pero donde yo iba, el venía y lo mismo hacía yo con él.

Entrada la madrugada, a menos de una hora del amanecer, los invitados se empezaron a retirar, previo saludo a los anfitriones,  algunos arrastrando los pies, otros con un centro de mesa  y los zapatos entre brazos, a otros se los llevaban en andas por haber tomado demasiado; nosotros dos, también descalzos, en una mesa apartada, sin saber que decir, disfrutando juntos de los últimos minutos que nos quedaban, con la incertidumbre de saber si alguna otra vez la íbamos a pasar tan lindo como en esa velada.

-          ¿Vos cómo te vas? – me dijo de repente

-          Me llamo un Uber – le contesté arrimándome a su cara para que me escuchara mejor, porque la música seguía ensordecedora.

-          ¿Me llevás?

-          ¿En mi Uber? ¡Sí. Claro!

-          ¡No!  En mi camioneta ¿Sabés manejar?

-          Sí, pero no tengo registro y si nos para el control…

-          ¡No pasa nada! Son unas pocas cuadras hasta mi casa. Es que estoy mareado, creo que tomé mucho y en este estado… ¿No dejarás que choque no?

-          Por supuesto que no Carlos. Yo te llevo.

-          Gracias dulce – contestó y volvió a apoyarme el brazo en la espalda.

¿Cómo negarme? Si su mano caliente atrapándome con firmeza la nuca y entrelazando sus dedos en  mi pelo, me hizo cerrar los ojos y despertar un hambre  voraz que nacía desde lo más profundo de mi  útero. Eran las caricias más deliciosas que había sentido en semanas, así que dejé que siguiera todo lo que quisiera.  Cuando llegó a mi espalda baja atrapó con la punta de los dedos  un bretel de mi tanga y lo  tiró para arriba.

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Carlos sabía perfectamente lo que estaba haciendo y me obnubilaba que con tan pocos movimientos me tuviera entregada. La tanga se me encajó en el culo, más de lo que ya la tenía, pero a la vez, con esos tironcitos insistentes, terminó por encajarse también entre mis labios hasta partírmelos.  Agradecí la oscuridad y las luces intermitentes que me camuflaban la cara de disfrute y los ojos cerrados, entonces no lo resistí,  abrí bien las piernas, sabiendo que el mantel largo me tapaba,  apoyé con fuerza la vagina y los labios partidos contra la silla. Con esa presión, mas los tirones de tanga que él me daba, empecé a masturbarme sin que nadie en el salón se diera cuenta, porque mis manos seguían relajadas sobre la mesa  sosteniendo una copa. Él estaba junto a mí pero un poco alejado y  con un brazo extendido entre el respaldo de la silla y mi espalda. Disfrutaba de verme caliente. Con la otra mano se apretaba el pene por sobre el pantalón y me indicó con los ojos que mirase cómo lo hacía. Cuando levanté la vista para enfocarme en su boca, tenía la cara más impúdica que vi en mi vida, la de un verdadero viejo atrevido, el ideal de hombre que yo estaba necesitando para cerrar bien la noche y o arrancar  mejor  mañana.


“Donde entra risa, entra longaniza” solía decir mi abuela en las fiestas, mientras miraba a las parejas divertirse, que gracias al alcohol y  la jarana,  se amalgamaban en una caterva de baile y  carcajadas. Era tan mal pensada que para ella toda situación disfrute fuera del luto o la religiosidad, toda mínima satisfacción por la vida, era la tosca jabonosa de una pendiente que te arrojaba indefectiblemente al vicio y a la perdición. Si tomabas un vaso de vino frente a su nariz, eras alcohólica, si le presentabas a un novio ya eras una puta,  merecedora de un embarazo no deseado y del abandono. Apartaba el caramelo de menta a un costado de la boca y hacía cómplice incomodando a cualquier persona que tuviera cerca,  para cuchichearle cosas como "mirá lo ligerita que se puso aquella"

Tanto miedo de disfrutar la vida tenía, que prefería sentarse a observar, con los dedos inquietos retorciendo un pañuelo húmedo, a juzgar y a avergonzarse en nombre de otros por acciones que, según ella jamás había cometido, pero que, paradójicamente, sabía a la perfección. Inclusive, en una oportunidad, le había dado tanta vergüenza que mi prima se embarazase sin un marido, que le inventó una viudez, después ella no entendía por qué el barrio le daba las condolencias.

 

- ¿Te sentís bien? - le preguntó la cajera de la panadería, refiriéndose al presunto esposo fallecido.

- ¡Sí. Bien! En la mañana no tanto, porque me hace vomitar, pero el resto del día la paso bomba. ¡Súper bien! - contestó mi prima con una amplia sonrisa, pensando que se refería a su embarazo.

Era tan forra la vieja que resultaba chistosa y se me escapa la risa de solo recordarla. Tan aprensiva con los tiempos modernos que la arrollaron y que ya no eran sus tiempos, tan impune con todo lo que decía sobre mis hermanos y primos, que a sus espaldas la imitábamos y con el tiempo, ya después de muerta, aprendimos a quererla.

Al otro día desperté antes que Carlos. Me lo quedé mirando por un buen rato, luego me levanté sin despertarlo y me dirigí a la cocina. Ahí estaba Gladys, la señora que lo ayudaba con las cosas domesticas y apenas me senté junto al desayunador, mientras me ofrecía el termo caliente y el mate preparado,  me dijo:

-       Uté ta haciendo mal señorita

-       ¿Mal en qué sentido? – le dije mientras atendía a que no se me tapara la bombilla

-       En amarle al señor

-       Pero yo no “le” amo – sonreí cuidando de que no se me notaran las ganas imperiosas por imitar su acento paraguayo – yo solo soy su amiga, nada más

-       No. Uté no me en-tiende. Al señor hay que chuparle bien. Así se pone como shroca Si no le chupa siempre havirú y usté necesita hatä como shroca ¿Me entiende?

Con la bombilla dura y caliente en la boca, pensé <<¿Cómo era posible que esta mujer supiera  que no pude meterme el pito de su patrón en la concha?, ¿Cómo nos había visto?, ¿Cuándo?, ¿Por qué?>>  Intenté concatenar las ideas y las palabras de lo que creí entender mal, pero impaciente no esperó mi respuesta y se dispuso a graficármelo para que la entendiera mejor.

-       Venga. Mire

Subimos juntas la escalera  como si me fuese a mostrar algún quehacer doméstico, algo que se ejercía habitualmente en esa casa y la seguí, porque me mataba la curiosidad.

Abrió la puerta del cuarto  y “sú señor” todavía dormía. Gladys lo destapó, se reclinó con dificultad sobre la cama,  le bajó el calzoncillo y empezó a chuparle el pene así de la nada. Carlos entre dormido empezó a gemir y le dijo algo en guaraní que no entendí. La impronta de sus cuerpos me decía que entre las cosas que ella hacía para mantener la casa en orden, estaban incluidas estas mamadas matutinas, como si fuesen una actividad más de las diarias y en la misma categoría que pulir los bronces o lustrar la cerámica. Gladys chupaba el pene con esmero  sin una pisca de sensualidad, solo el efecto físico de  frotar con la boca y la mano lo que había que frotar hasta lograr el objetivo: que el patrón eyaculara. Evidentemente, chuparle la pija a Carlos era una actividad normalizada entre los quehaceres de la casa y vaya que Gladys lo hacía con efectividad, a pesar de su dolor de rodilla, el cuerpo tosco y la dificultas de moverse por los años que se cargaba. Me sorprendió con la naturalidad que ella lo hacía y que él lo recibía, mientras yo, parada junto a la puerta, termo en mano, chupaba nerviosa  la bombilla del mate ante la demostración que me estaba dando.

-       Venga, ashímese – me dijo  señalando el pene erecto de Carlos.

-       No, no. Está bien. Siga usted así yo aprendo. Gracias.

Y eso hizo. Siguió. Carlos, por su parte tensaba las piernas y hacías olas con los dedos de los pies hasta que eyaculó sobre su  barriga baja. Gladys usó la sábana de arriba para limpiarlo y luego lo sacó de la cama.

-       Vamo Carlo. ¡Ashiba! Mueva ese culo gordo que tiene, que tengo que poné a lavá la sábanas todas cochinas estas, que usaron anoche

Con sopor y sin chistar, él  rodó hacia el otro extremo, rodeó la cama haciendo  chancletear las pantuflas,  le dio un beso en la frente y con una sonrisa cálida me dijo:

-       Es buena Gladys ¿Viste? Ella sabe hacer de todo y  me malcría siempre, siempre me malcría, desde hace años – luego se metió al baño balbuceando, y medio cagándose de risa por mi cara de espanto - ¡Grande Gadys. Vieja y peluda nomá!

Mi único objetivo era recuperar el aire que me había quitado el celibato. Cómo dije antes, abstenerse de estímulos intensifica las futuras caricias, pero a la vez achaca el cuerpo, independientemente de la edad que se tenga. Estaba empecinada en  lograrlo con Carlos, así que volví, invitación mediante, al fin de semana siguiente y, como era de esperar tampoco pudo erectarse correctamente, mas sí hacerme acabar con éxito gracias a sus deliciosas manos regordetas. Era como intentar meterme un pequeño globo de agua escurridizo y sin vida. Cuando nos resignamos le propuse llamar a Gladys

-       ¿Pero, estás loca? - me respondió él cómo si sufriese  repentinamente de amnesia selectiva; como si yo le hubiese propuesto algo de lo que jamás se había servido.

-       No. Loca no. Solo quiero hacerlo con vos y vi que lo único que te excita es la boca de Gladys

No supe si la actitud de Gladys era la de una experta instructora de sexo o simplemente tenía ante mis tetas a la persona más pragmática del planeta. Ella me dijo que me sentará sobre su patrón dándole la espalda, de forma que aplastara su pene flácido con mis labios abiertos. Cuando estuve en posición, acercó la cara a nuestros genitales aprisionados, pero empezó a lamerlo solo a él. Cuando sentí el pene hecho piedra lo metí desesperada, porque era lo que había estado deseando por días, sin embargo Gladys no apartó la cara, y mientras él me penetraba, continuó lamiéndole los huevos y de a ratos me lamia también a mí. Su lengua, él empujando desde abajo…. Finalmente me volvió el aire y expelí, con la fuerza de todos a la vez,  los orgasmos truncado sobre el tronco de Carlos, pero gracias a la eficiente lengua de Gladys

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