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TANGUITA II ©

 


Si el video se tilda, salí del relato y volvé a entrar. A veces pasa.

El clítoris inflamado y aplastado por el tul negro; aproveché a rascarlo con ímpetu segura de que no lo lastimaría con las uñas, porque estaba protegido por la tela de la tanga. Unos centímetros más abajo, el flujo traspasaba el encaje y me dejaba desparramar con las yemas de los dedos el pegote blancuzco que largaba un olor intenso a sexo rabioso. Imaginé entonces que una boca bajaba hasta mi entrepierna y me chupaba todo, mostrándome de a ratos cómo jugaba a hacer hilitos con la punta de la lengua. Los elásticos laterales, que sostenían el diminuto paño de la vulva recorrían la pelvis de sur a norte apoyándose justo en medio de mis ingles. Seguí sus trayectos con las manos para cerciorarme de que iniciaran pegados a la entrada de la vagina y terminaran un poco antes de la cintura. Me quedaba hermosa, esa tanga era un sueño, no solo por el azul brillante, color que amo, además del verde, sino, que sus flores se enredaban con los hilos negros formando unas rosetas rococó de naturaleza artificiosa que no le restaba belleza, y además era muy cómoda. Se adhería con displicencia al cuerpo, me sostenía la pelvis y eso me hizo sentir segura. Definitivamente estaba hecha para mí.

La saqué del empaque y antes de ponérmela, la levanté a contra luz para ver su transparencia. Encaje negro del mejor, aterciopelado, con el tapavulva más estrecho que los de las otras bombachas que solía usar y con la parte de la cola bien angosta. Pensé, maravillada, cómo era que un pequeño pedazo de tela y algunas tiras de elástico podían costar tanto dinero, pero la situación lo ameritaba. Con entusiasmo me bajé el pantalón y al meter los pies, las tiras subieron por mis piernas como manos tersas y escalaron hasta mis caderas como si tuvieran vida propia. La parte de atrás se encajó con exactitud entre las nalgas. Me quedaba hermosa. Giré frente al espejo y me sorprendí de lo sexy que me veía. Barajé la posibilidad de quedármela y no mandársela a Marcos, al Uruguay, como me lo había pedido, pero si así lo hacía, la fantasía no iba a tener efecto.

Volví a ponerme el pantalón ya con la tanga nueva puesta y me encerré en el bañito del garaje. 

- Hola Marcos, mirá.

Halagos varios, su pene brilloso junto a la cámara, la tanga ya metida entre los labios para mostrarle como me partía el pubis, las uñas rascando los labios saltones mal depilados, el centro mojado, muy mojado

- A ver, correla un poco más y abrite. Abrite bien Judit.

Obediente, buscaba estallar para él. Luego desde atrás, con el celular entre las piernas, debajo de las piernas, enfocando el papo negro y azul. 

- Así, reina, así... no pares de tocarte así... la tenés tan rosada y con esa tanga... no veo la hora de tenerla en mi boca.

 El bañito del garaje, mi guarida, el que alguna vez fue usado por alguna mucama y que luego cumplió la función de guardacosas de limpieza, brochas, rodillos y otros artefactos de pintura. Digo mi guarida, porque está alejado del resto de la casa, secundado por un largo pasillo de los lugares que solemos frecuentar en lo cotidiano. De adentro hacia afuera, pasando por el lavadero, con solo una pequeña ventana a la calle, pegado al baúl del auto, me da la suficiente intimidad que necesito cuando quiero hablar por teléfono con algún hombre que, eventualmente me caliente; hábito que me quedó como corolario de la pandemia. No sé mucho sobre las estrategias de la acústica, pero, vaya a saber uno por qué, cuando gimo ahí encerrada, por fuera no se escucha nada, ni siquiera si me recuesto adentro del coche. Podría afirmar que el sonido en mi garaje se reabsorbe de algún modo que desconozco y mucho más adentro del bañito.

Si mi novio mira la tv en el living, semidormido recostado en el sofá, me retiro al garaje con la excusa de hacer o recibir una llamada del trabajo. Pero no solo mi garaje/búnquer me ayudan a que no se escuche lo que hablo, sino que, entre la casa y este mismo espacio, hay una puerta muy ruidosa, que al abrirla hace un chirrido insoportable y que me advierte si alguien o él se acercan a mi madriguera sanitaria. No ponerle luz también es un hecho estratégico, porque cuanto más olvidado un ambiente, o más incomodo de hurgar menos concurrido estará.

- Hola señora. ¿Puedo pasar por acá? ¿Judit? ¿Su hija está adentro? – escuché a mi novio decirle a mi madre, una vez que este nos visitó de improviso mientras ella barría la vereda, e ingresó por el garaje, pasando por delante de la puerta del bañito, ignorando por completo que yo estaba ahí adentro, regulando la respiración, para que no me descubriera parada, escondida, con el teléfono en una mano y los labios abiertos en la otra.

- Sí, pasá Andrés. Debe estar adentro.



Marcos me había implorado por meses que le vendiera o regalara una tanga usada. No me pareció interesante de primer momento, muy complicado, demasiada logística, pero luego aumentó el precio y acepté. No me juzgues querido lector. Si supieras cuánto, vos también hubieses aceptado. Además ¿Qué podía perder?

Si el video se tilda, salí del relato y volvé a entrar. A veces pasa.


Era solo ponerme la bombacha nueva, masturbarme hablando con él y así, con todo lo que mi entrepierna largara, con todo el flujo pegado en la tela, debía sacármela, guardarla en una bolsa hermética y enviársela a Uruguay, para que luego él, una vez que la tuviera en sus manos, pudiera oler y lamer el resultado de sus estímulos telefónicos, de nuestro encuentro en el cuartito del garaje, del bañito olvidado y sin luz.

¡Ay, querido lector! ¿Creíste que este relato, esta confesión se trataba solo de una rica pajita encerrada en mi bañito, estrenando y mojando una tanga hermosa, la que luego se la enviaría a Marcos? Pues no. Y creo pertinente contar también las vicisitudes de tener seguidores tan intensos. Resultó que yo no sabía que al despachar algún elemento fuera del país, los del correo exigían que se colocara el producto suelto adentro de en una caja o al menos, en un sobre que tuviera un visor de plástico, para asegurarse ellos de que no estuviera enviando  algo ilegal.

El asunto fue que luego de orgasmear la tanga, la envolví en papel film y la metí en una bolsita ciploc; luego escribí una afectuosa cartita y la adjunté al paquete de nylon que envolvía la bombacha en cuestión, todo eso adentro de un sobre de papel color craft segura de que nadie lo abriría. Así fui al correo de mi barrio. Al llegar a la ventanilla la chica que me atendió me dijo con total indiferencia:

- ¿Qué es lo que envía?

- Emm...un pañuelo

- ¿Puede abrirlo, por favor?

-Es que ya está cerrado, tiene un papel de seda especial que si lo rompo, arruino la envoltura.

-Entiendo – dijo con un suspiro, cansada de desperdiciar las palabra que, tal vez ya había repetido muchas veces a muchas otras personas de una regla, que según parecía inquebrantable y siguió con monotonía - pero no se puede enviar nada fuera del país que no se haya exhibido anteriormente.

-Es un pañuelo, un pañuelo patricio bordado a mano – insistí - ¿Nunca viste uno? Son especiales. Muy lindos, por cierto.

-Si señora, la entiendo, pero entienda usted que esto llegará a Uruguay por vía aérea y los correos, en estos casos, oficiamos de aduana.

- ¡A ver! ¿Qué alternativas tengo de no tener que abrir el paquete?

- Bueno, puedo darle esta caja...

Y sacó, de muy mala gana, una caja de cartón similar a la caja en que me vienen las empanadas pollo y me explicó cosas que no le entendí del todo, porque para ese entonces se me habían tapado los oídos, porque me estaba hiperventilando de los nervios. Llegué a entender que debía soltar el supuesto “pañuelo” adentro de la misma, para que el scaner del aeropuerto pudiera revisarlo con comodidad.

- ¡Ah! Genial – le respondí nada convencida.

Tomé la caja por encima del vidrio y me dirigí a uno de esos mostradores que los correos tienen para apoyar paquetes y escribirles el remitente. Mientras rompía lentamente el sobre de papel craft, giré la cabeza y noté que las dos mujeres, que ese día atendían el correo, me miraban fijamente, para colmo no había otras personas solicitando sus servicios que las distrajeran. Tal vez, por la exagerada explicación sobre los pañuelos patricios les desperté la curiosidad y esperaban a que yo lo desplegara haciéndolo flamear en el hall del correo, para presumir un hornero bordado a mano en medio de la tela, tal vez el escudo nacional o una flor de ceibo, entonces ellas dirían <<¡Ohhh! ¡Qué belleza! ¡Qué hermosura de pañuelo patricio!¡Pero venga usted y despachelo como se le cante el ojete que ese pañuelo necesita llegar urgente a Uruguay!>> Pero no, no fue así. Seguían los movimientos de mis manos con atención y desconfianza. «¿Qué mierda hago?» tomé el teléfono y fingí muy mal iniciar una llamada de consulta, a lo que una de ellas se precipitó a gritarme por sobre el cristal.

- ¡¡¡No se pueden usar celulares adentro del recinto. Es cuestión de seguridad!!!

«¡Madre mía! ¿Quién te mandó a vos? ¿La Gestapo? La recalcada conch… de tu madre»

-Ok. No sabía – y bajé la mirada hacia la pantalla, haciendo de cuenta que buscaba algo, algún dato, algo que me ayudara a hacer tiempo hasta que se ocuparan con otra cosa. 

La espalda empapada por la adrenalina. «¿Quién me manda a mí? ¿Para que carajo hago estas cosas? Si al menos me redituara algo más...» La fantasía se me diluyó con el estrés de imaginarme a ambas mujeres abriendo el paquetito y sacando con la punta de los dedos la tanga con mi orgasmo pegado.

Finalmente, entraron otras personas y las vigilantas del correo se distrajeron, entonces metí en la caja el paquete así como estaba, sin sacarle la envoltura de papel madera y me precipité a pegar las cintas en los extremos de la caja para luego volver a escribir el remitente y el destinatario. Volví a la fila de despacho. La empleada que me había atendido antes, tomó mi caja y la empezó a sacudir acercándosela a la oreja. El paquetito rígido hacía ruido contra las paredes de cartón, nada que un pañuelo de seda extendido en su interior pudiera hacer. Acto seguido llamó a la otra empleada y le preguntó en voz baja “¿Lo abrimos?” para ese entonces se me empezaron a aflojar las rodillas. Imaginé a ambas mujeres extendiendo la tanga húmeda delante de la gente que siguió llegando, pero finalmente, la otra le dijo que no con la cabeza. No por conmiscerante o porque se había apiadado tras ver mi cara de pánico, sino porque, evidentemente, tenían mucho trabajo, entonces la que seguía con la caja en alto, finalmente la apoyó en el mostrador, le pegó unos stikers con números y la revoleó con bronca a una pila enorme de cajas por despachar. Luego agregó:

- El envío es de ocho mil pesos más los gastos de aduana  a Uruguay que son … dólares

-¡¡¿Qué?!!

- Ocho mil pesos…

-Si, sí entendí. No sabía que tenía que pagar lo allá también.

-Si, es disposición de…

Y siguió diciendo un montón de cosas que no me interesaron escuchar mientras, ya con furia, yo intentaba transferirle el astronómico monto al puto Correo Argentino. O sea, que la jugada de querer cumplirle la fantasía a Marcos, me salió carísima, más de lo que él me había ofrecido.

¿Que si lo volvería a hacer? ¿Que si volvería a enviar otra tanga usada? ¡NO! Definitivamente, no.

Sin embargo, cuando le llegó a Marcos, él me mostró que tuvo el paquete intacto por días en su placard. Sentía que en el interior no encontraría menos que ambrosía. Empezó a idealizar mi flujo pegado a la tela al punto tal de no querer romper la bolsa por miedo a que mi aroma se evaporara. No supe qué sentir los primeros días. Tanto gasto, tanto estrés, no me dejaban calentarme por nada, pero con el pasar de los días, él me calmó haciendo una crónica pormenorizada  de lo que le causaba tener algo mío escondido en su cajón de los calzoncillos. Cuando finalmente abrió el paquetito me mandó un foto en la que se autoconsolaba con mi tanga atada a su pene, también otras aspirando la tela o cómo estiraba la lengua cada tanto para lamer el centro. Después la empezó a ensuciar de semen, me aseguró que no encontraba otro lugar mejor para eyacular que sobre mi tanga; la apoyaba en el borde de su cama y empujaba el pene contra el colchón, penetrando a una mujer imaginaria, para luego realizar su tributo despersonalizado a la distancia.



Con el tiempo, también hizo otras cosas como lavarla y regalársela a su novia. Más de una vez le pidió que se la pusiera y se pusiera en cuatro patas con la bombacha puesta y mientras imaginaba que era a mí a quien penetraba, él se enredaba los dedos con los mismos elásticos que yo había acariciado y apoyado en mis caderas.



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