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TARRITO DE MIEL II ©

 




AVERTENCIAS: 1° si no te gusta el SCAT no lo leas y 2° te recomiendo leer antes TARRITO DE MIEL I


Si el video se trabaja, salí del relato y volvé a entrar.


Se paró sin hacer ruido con la silla, se sostuvo el pene con fuerza y ​​movió el prepucio solo cuatro veces hasta gratinar el plato de ñoquis de su nueva tía; cuando terminó, se sentó de inmediato con la verga afuera, aún goteando leche, entonces ella se arrimó el plato a toda velocidad para que la madre de este no se diera cuenta. Unos segundos después, la mamá de Lucio, que no paró de hablar en ningún momento durante la preparación y en el transcurso del almuerzo, se dio vuelta ignorando lo que su hijo y su cuñada acababan de hacer, apoyó en el centro de la mesa una bandeja repleta de estofado caliente, dirigió la atención al plato de ella y atinó a servirle un cucharonazo de salsa sobre la pasta que Lucio acababa de sazonar.


- ¡No! Así está bien. ¡Gracias! - dijo la reciente y joven tía de Lucio levantando la mano sutilmente para frenarla - Me gusta sin salsa roja, solo aceite y parmesano rallado para mí.


Pero la madre de Lucio no se quedó conforme con el rechazo, entonces, inquisidora, con el cucharón cargado en la mano, afinó la vista tratando de entender qué era lo que brillaba sobre los ñoquis de su cuñada, estaba segura que ella no había preparado salsa bechamel; sin embargo no quiso cuestionar a su nueva parienta para no quedar mal con su marido, así que levantó los hombros haciendo de cuenta que no le fastidiaba la situación y vació el cucharón, con un dejo de ira, sobre el plato de Lucio sin que este se lo hubiera pedido.

Almorzaron los tres sin tropiezos. Las mujeres masticaban, hablaban, se reía y mojababan el pancito en sus respectivas salsas. Lucio revolvía la comida sin probar bocado, porque se saciaba viendo cómo la hermana del nuevo marido de su madre, saboreaba uno tras otro los noquis bañados y cómo se hacían finos hilos de semen al despegarlos del plato. Tuvo una nueva erección bajo la mesa y algunas gotas de la primera eyaculación persistían pegadas al glande.

Lucio se sentía poderoso y por eso no se había guardado la verga adentro del pantalón, además, porque el tablón de madera terciada lo tapaba. Experimentaba un extraño y caliente poder por estar ocultando algo monstruoso a escasos centímetros de su madre y su nueva tía; un poder que no le permitía sosegarse; una extraña ponzoña de vigor que lo ensanchaba por guardar ese secreto, pero también un poder contenido por el que no podía ser jactancioso por miedo a las posibles represalias. ¡Si su madre lo hubiera visto! ¡Traumático! Porque si la desalmada mujer se hubiera asomado debajo de la tabla, lo condenaría de por vida con los apodos más crueles y humillantes, que a viva voz escupiría frente a todos los parientes en cada una de las futuras reuniones familiares. Un verdadero estigma. Por eso su pene al aire recién descargado y todavía sucio, era un verdadero acto de rebeldía, una reparación histórica a cuenta de todas las humillaciones de antaño. Lucio desafiaba a su suerte en silencio. Tan caliente como testarudo, seguía deliberadamente con el pene afuera, no podía bajarlo y le encantaba el palo ardiente que se le había pronunciado por ver en cámara lenta a su tía comiendo ñoquis con leche. Su leche.


Cuando la madre se paró para juntar los platos y preparar el café para la sobremesa, su nueva tía tomó un trozo de pan, pasó la mano por debajo de la mesa y le limpió la gota adherida a la uretra que no se decidía a caer; estaba pegada como plasticola. 


Lucio no supo si fue por que hacía mucho tiempo que no tenía contacto físico con una persona real o porque la osadía de su nueva tía lo calentaba terriblemente, pero apenas ella se metió el pan en la boca, eyaculó otra vez y le bañó los pies. La leche era mucha, por eso, su tía no solo se comió el pan mirándolo a los ojos, sino que luego deslizó la mano para limpiarse la punta de uno de los zapatos y se chupó dedo por dedo sin bajar la mirada. Se comió falanges por falange, como le hubiera gustado comérselo a él en ese estado de total excitación y entrega.

No era común que Lucio se quedara a hacer sobremesa, por lo general bajaba de su cuarto o venía de la calle, tragaba apurado lo que su madre le pusiera en el plato y volvía a retirarse, porque no había cosa que le importara menos que socializar con ella sobre los menesteres domésticos, pero esa vez no quiso irse, aunque por razones obvias, tampoco podía pararse… bueno, ya sabemos lo que pasaría entonces.

Después de mojar con su leche los ñoquis, el pan y los pies de su nueva tía, se quedó sentado simulando interés sobre lo que las dos mujeres hablaban, pero no escuchaba nada, solo esperaba el momento justo en que su madre se distrajera otra vez para tomar un manojo de papel de cocina y tirarse al piso a limpiar el charco de semen que había dejado bajo la mesa.


- ¡Mamá! ¿Me pasas una banana?

-¿No querés un poco de helado mejor?

-No. Quiero fruta - le dijo, porque de alcanzarle una banana, ella tendría que salir de la cocina, dirigirse a la mesa principal del comedor grande donde estaba la frutera de adorno, elegir una banana entre todas las otras frutas, lo que le daría el tiempo suficiente para deshacerse de lo que había provocado con su eyaculación.

-Pero parate y andá a buscártela vos Lucio ¿Qué me viste? ¿Cara de sirvienta nene?

-¡Dale má! No seas malita

Refunfuñando, pero con tinte de malcriadora, la mujer se paró y salió de la cocina. La nueva tía, quien parecía haberle leído la mente, volcó el café a propósito sobre la mancha blancuzca del suelo, tomó rápido el rollo de papel absorbente y se arrodilló en el piso prestar a limpiarlo. Lucio también se agachó para ayudarla.

- ¡Qué pasó acá? - preguntó la madre entrando con la frutera entre manos.

-Nada. Yo... cómo boluda..., se me cayó el café y...-dijo la tía - Gracias Lucio, puedo sola corazón.

- ¡Ay querida! No te preocupes, yo  limpio todo después. Dame la taza que te sirvo más café

Mientras la madre giró hacia la mesada y se concentró en inclinar y embocar con exactitud el contenido de la Volturno adentro de la taza, la tía se prendió de la boca de Lucio y lo besó desesperada dándole mordiscos en el labio inferior. Por el dolor y la sorpresa, él golpeó la cabeza contra la tabla haciendo rechinar las cucharitas y el resto de la vajilla, luego se paró asustado estirando el buzo para ocultar la bragueta abierta y su pija empinada.

¡Qué tortura! ¡Qué deliciosa tortura! Qué suerte la de pasar de emular una vagina metiendo un frasco de miel en su muñeca inflable a tener una mujer dispuesta a devorarlo a diario. Por que sí, su nuevo padrastro se había instalado en su casa con la hermana, el perro y el loro. Era evidente que el universo conspiraba a su favor.


Los primeros días de convivir con su nueva tía fueron excitantes. De solo verla pasar en camisón por las mañanas atravesando el pasillo donde daban todas las habitaciones, a Lucio le provocaba una dolorosa erección y terminaba por masturbarse con la puerta abierta a pesar de que pudieran descubrirlo.




Así pasó una mañana de tantas, él se había parado en el centro de su habitación esperando a que la tía se dirigiese al baño para verla pasar, pero esa vez ella no siguió de largo, sino que se quedó parada en la puerta observando como el joven ponía tensa la pelvis y el brazo por la fuerza que hacía en ponerle velocidad a su paja. «Así de rápido te voy a dar, así, así. Mirá que fuerza» pensaba él mientras le mostraba abiertamente cómo se ajusticiaba, pero ella no dijo nada, solo esperó a que salpicara de leche la alfombra y se retiró al baño.

Después de eso ella lo empezó a acechar por la casa aprovechando cada oportunidad que tenían a solas, y, lo que para Lucio en un principio fue pura obnubilación, por concretar una de sus más perversas fantasías, darle de comer su semen a otra persona, con el tiempo se transformó, casi en un calvario, porque la tía en cuestión era insaciable y tenía gustos un tanto perturbadores para él, un joven ya mayor pero con una incipiente experiencia sexual: Sofía, Mabel, su muñeca inflable a la que le metía un tarro de miel en la entrepierna para sentir la humedad parecida a la de una vagina, y pará de contar.



-¡Buenos días! - dijo la tía entrando a la habitación de Lucio con una bandeja en la mano - Traigo tiramisú para que desayunemos juntos ¿Te parece?


Lucio no contestó de inmediato. Despegó el torso del colchón y se sentó aún sin despabilarse.


- ¡Buenos días! Sí, claro. Gracias – le respondió con la boca pastosa


La tía se sentó en la cama junto a sus piernas y le alcanzó una cucharita. Comieron unos bocados cada uno mirando sus respectivos recipientes hasta que ella irrumpió el silencio.


- Sobrino… ¿Te puedo decir sobrino no?


Se rieron tímidamente por la rareza de la pregunta.


- Podés decirme como quieras “tía”

-Bueno, gracias

- Suena raro

-¿Qué cosa?

- Nada, esto de llamarte tía cuando te conozco hace… ¿Tres meses?

-Es lindo – agregó ella – a mi me gusta que lo digas – y siguió con otra pregunta - Sobrino ¿Vos me harías un favor? - y antes de que él preguntase <<¿Cuál? >> agregó - ¿Vos te animarías a poner en mi tiramisú un poco de lo que escupiste ayer  sobre la alfombra?


Lucio dio dos bocados más mirando directamente el cuenco, controlando la excitación que le causaba su propuesta y finalmente le dijo que sí. Entonces se arrodilló en la cama, se bajó el boxer y dejó saltar la verga que parecía que se le iba a salir del cuerpo de lo parada que la tenía. Mientra el se masturbaba, ella arrimó su tapercito con postre debajo del glande esperando a que se lo decorara con más leche de la que ya tenía el queso mascarpone. El disfrutaba sentir cómo su tía lo ayudaba pasándole con parsimonia la lengua por el glande y cuando ponía la boca sopapita para sorber las primeras gotas de preseminal. Con la emoción de agitar el cuero, sin querer, le pegaba en la cara con el costado del puño, pero ella ni se inmutaba, seguía lamiendo con los ojos cerrados y el tarrito en cuestión pegado justo debajo de su pera. También disfrutó mucho cuando se lo apretaba como a un pomo de pasta dental casi vacío para no desperdiciar una sola gota de leche; Esto hizo que, a pesar de haber eyaculado un abundante mañanero sobre el tiramisú de la tía, su tronco siguiera tan firme como al principio. Después se volvió a sentar en la cama para verla comer .

Había algo que ella hacía, que a él lo volvía loco, y era que al dar un bocado cerraba los ojos y largaba un suspiro de placer que exhalaba por la nariz cuando todavía tenía la cuchara en la boca. Nada de lo que ella hacía contribuía a que su pene se bajara. ¡Nada! Tenerla cerca era una perversa y dulce tortura constante, inclusive había días en que la espiaba a la distancia. Él corría un poco la cortina del living para observarla arreglar las plantas de los canteros de la entrada, entonces, así de la nada, la verga se le paraba de forma bestial como nunca antes le había pasado. Esa insignificante acción que no denotaba sexo por ninguna parte, a él lo excitaba igual, porque su sola presencia le daba fiebre en todo el cuerpo, pero mucho más en su parte media.



Me pasa muchas veces que la gente se abre conmigo y no sé por qué me cuentan cosas que no estoy segura de querer saber. No lo digo por alardear, solo soy objetiva con eso y suelo preguntarle a algunos de mis conocidos, si a ellos también les pasa lo mismo y siempre me responden que no. Me pasa a mí más que a nadie y eso que son personas que no saben que, entre todas las otras cosas que escribo, le doy especial dedicación al erotismo. Creo, supongo, que es porque me gusta socializar y siempre sonrío y miro a los ojos cuando hablo, es algo deliberado, porque me gusta que lo hagan conmigo. Me crié en un ambiente donde las caras largas eran cosa corriente, un horrible estado de confort del que jamás me sentí parte y al que no quiero volver. Tengo límites al aceptar anécdotas, las que luego transformaré en historias, y son aquellas que involucran a menores, el sexo no consensuado y el scat. Cuando alguien intenta decirme algo al respecto, mi cuerpo reacciona con asco y enseguida lo freno estirando la palma abierta hacia su cara diciendo "No, gracias. No me interesa saber. No me cuentes” luego evito a esa persona de todas las formas posibles.

Pero con Lucio pasó algo extraño, no me di cuenta hacia donde me llevaba. A pesar de mis advertencias, me rodeó con mates, charla y una amena sonrisa, y en menos de una hora estaba escuchando cómo su tía le meaba la cara o cómo él se la meaba a ella .

No es que después de tanto rato no me haya dado cuenta cuáles eran sus propósitos. Con tantos años escribiendo erotismo puedo oler las intenciones de quienes se me acercan para confesarme sus concupiscencias, sino que me lo contó con tanta gracia, usando un lenguaje tan rico en detalles que me emboscó, y cuando quise darme cuenta me había hecho pasear por lo menos grave del scat que es comer semen hasta llegar a otras sustancias que me acalambraron el estómago.


Con el devenir de la nueva convivencia, pautaron tácitamente que él le daría el desayuno cada mañana, así que puntualmente a las 6:10, un rato antes a que toda la familia se levantase, se paraba desnudo y erecto unos pasos más adentro de la puerta de su cuarto, entonces ella también madrugaba para ir a su encuentro. Cuando la tía entraba arrastrando los pies, con cara de dormida y los ojos semicerrados, no hacía más que arrodillarse para succionarle el pene con fuerza y ​​hambre ayudándose con una mano hasta tragarse todo y cuánto él le daba.




<<Comé hija de puta. Cométela toda>> me dijo que le susurraba frases violentas sosteniéndole la nuca para que no se sacara el pene de la boca. <<Chupá bien cerda de mierda, comilona. Dejámela bien limpia. ¿Oíste? Ni una gota quiero ver pegada en la pija ¿Oíste tía puta? >> y cuanto el más la insultaba ella más fuerte chupaba gimiendo con la boca llena. Por cada insulto él recibía una palmada, un arañazo en el culo o un tirón de huevos, en algunas ocasiones dos falanges en el ano.


Madrugar de lunes a viernes, parar el pene, esperarla y dejarse chupar, día tras día se hizo rutinario, casi un trabajo del que no podía escapar, porque de no predisponerse en ese horario matutino, ella se encargaría de arrinconarlo por la casa en otro momento corriendo el riesgo de que los encontraran. Además, descubrió que su semen era limitado, le salía cada vez más transparente y lo escupía con desgano; apenas unas pequeñas gotas para la cena. Como si su potencia, más no sus ganas, se diluyera por bañarle la comida a su tía hasta cuatro veces al día.

En una oportunidad, y para romper la monotonía, además de su semen dejó salir la orina adentro de su boca, que ella tragó sin chistar.


-¿Cuál es tu límite cerda tragona? - le preguntó emocionado

-Ninguno- respondió ella arañandole una nalga


Todo fluido, secreción o excreción que él largara de su cuerpo, a ella le encantaba.


En esa instancia del relato le pedí a Lucio que dejara de hablar, porque de enterarme que ella comía otras cosas además de semen, cambiaría la percepción que yo tenía de su historia, de interesante a algo rotundamente olvidable, por el asco que me causaban las imágenes mentales que él insistía en instalarme en la memoria. Igual siguió, le hacía gracia verme tan impresionada.


- ¡¡¡Ay Lucio! ¡¡¡Basta!!! No me cuentes más. ¡Qué asco! - le dije tapándole la cara con la mano.


No quería que las experiencias con su nueva tía me dejaran un mal sabor. Deseaba quedarme con el morbo vainilla de una relación prohibida entre un joven y su tía, parentesco que él no pidió, pero que ligó de rebote a los 21 años y al que le supo sacar provecho para saciar el hambre de sus deseos más perversos. Así que no contaré más en este relato ni en ningún otro las cosas que siguieron haciéndose mutuamente, porque me arruinarían la ilusión de recordar a Lucio con cariño.



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