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ÚLTIMA FANTASÍA DEL 2025



Despido el año con una última ensoñación, una que se me presentó esta mañana y que, a medida que se iba construyendo, decidí no abrir los ojos para ver hasta donde me llevaba el deseo.

Salgo de mi casa sin ropa interior, pero con un solero cortito de verano de esos que se quitan fácilmente, de los que se ponen como una camisa, pero que se cruzan adelante con un lazo que rodea la cintura. Lo imagino con volados chiquitos, amarillo pastel de una tela suave, fresca y transparente.
Paso taconeando por delante de varios hombres sentados que prestan  especial atención a cómo me lo levanto para mostrarles cómo se me mueve el culo al caminar, entonces ellos se paran y me siguen. No sé dónde estoy, no es relevante la locación, pero lo que sí importa es que me voy a la parte más alejada y silvestre. Caminamos dos cuadras de tierra en caravana y los hombres se van sumando, algunos porque no quieren dejar de mirarme el culo, otros porque notan que mis tetas  amagan a salirse con el taconeo que exagero para que mi cuerpo se sacuda a propósito desacomodándome la ropa. Me siguen con sus pantalones notablemente levantados por las erecciones inevitables que les causa saber cuál es la finalidad de mi paseo. Todavía no comprendo por qué las fantasías más calientes que tengo siempre son de día, en la serenidad de la siesta y al aire libre.
Encuentro un lugar que me gusta y me acuesto mirando el cielo, después me incorporo un poco despegando la espalda y apoyo los codos en el pasto, pero con las piernas levemente flexionada gracias a los tacones que no me permiten apoyar correctamente los pies contra el suelo, entonces abro las rodillas.
Se miran sin hablar decidiendo cuál viene primero a penetrarme hasta que uno se agacha entre mis piernas y empuja su pene lento y profundo. Se queda quieto y muy adentro mío. Sentimos cómo nuestros genitales pegados laten al tocarse. No hace nada más que penetrarme y quedarse estático esperando a que le ruegue que se siga moviendo, pero no lo hago, en cambio, me muevo yo en círculos cortos, para que sea mi vagina la que se mete y saque el pene a gusto.
No aguanta mucho. Por el aspecto de su cara y la dureza de su tronco sé que va a eyacular en cualquier momento, entonces me aparto para que lo haga en el pasto a pocos centímetros de mi culo.
Después viene otro y hacemos lo mismo. Todos se dejan deslechar por mi  y tengo completa conciencia de que se mueren por moverse  como bestias en celo, pero no se los permito; no se los digo, ya lo saben. Solo tienen que cumplir su función, arrodillarse entre mis piernas, recostarse encima,  encontrar mi vagina y darme un solo empujón muy duro que golpeé el glande contra mi cervix al límite de que me hagan doler el bajo vientre. Después quedarse quietos como estatuas, a pesar de que los brazos apoyados y estirados les tiemblen.
Se agachan de a uno, mientras los otros miran alrededor manoseándose la pija, estimulándose con lo que ven, con lo que les muestro, con lo que les invito a hacer. Ellos, con la respiración ruidosa, esperan su turno silenciosos y pacientes, pero nada pasivos, sino con la  furia correctamente  enfocada en los lugares justos, la pelvis y  el túnel cavernoso del pene;  lo necesario para empujar lento y profundo hasta el fondo de mi útero, bien bien al fondo de tal modo que me sienta correctamente dilatada.
Pero me encargo, principalmente, de mimar a mi vagina, de acariciarla internamente con deliciosos penes hirviendo bien untados de preseminal. Cuantos hombres? No sé, los suficientes para que ella quede inflamada, un poco colorada y provisoriamente satisfecha.


Feliz año 😘

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