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AGUA II: MANGUERITA ©

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  La invención de los elementos que usamos en la vida diaria, nacen de una experiencia cotidiana común en la que se trató de replicar otra práctica más compleja. Una réplica básica y grotesca para socorrer al cuerpo en sus necesidades físico-mundanas.  No pudo haber un aeroplano sin antes observar los pájaros; no existiría hoy el profiláctico si el médico italiano Falloppio no hubiese atado grotescamente un lienzo en la cabeza de los penes de  sus pacientes o si en el siglo XVII no se hubiesen encontrado por el suelo de las alcobas del castillo de Dudley, tripas de pescados llenas de semen,  lo que llamaban entonces como  “ gorra inglesa” ; no tendríamos a disposición tiendas virtuales con aparatos para masturbar el pene sin que antes una mano descubriera que, subiendo y bajando el prepucio se replica casi de forma parecida la sensación de estar penetrando a otro  cuerpo; como tampoco pudo existir un succionador clitoriano sin antes pasar por la fabulosa ex...

COPITOS DE COCO ©

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  En medio de la tarde, en plena siesta, cuando el sol rajaba la tierra pero debajo de las ramas donde se podía estar a gusto,   puso la silla de madera y se sentó con dificultar con nada más puesto que un short y unas chancletas de goma viejas que había comprado en el ochenta y dos. Después de exhalar con dificultad por el esfuerzo que le causó bajar el culo a la sentadera y con un codo apoyado en la mesita, Don Juan se palmeó los cuádriceps para invitar a la jovencita recién llegada a que se sentara en su falda y   para que juntos formaran una especie de hashtag de piernas cruzadas.   Ella de costado rodeándole el cuello con un brazo, apoyándole su frente contra una de las mejillas; él, abrazándole la espalda a ella para que no se fuera para atrás y estuviese cómoda mientras con la otra mano le rozaba los piquitos puntudos de unas tetas pequeñas que parecían haber detenido su crecimiento en la pubertad de lo chiquitas que eran. Algo como   dos copitos de coco...

LA FILOMENA ©

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  Si el video se traba, salir del relato y volver a entrar Ella les había enseñado a dar placer con la boca. En una oportunidad le pidió a uno, mientras el otro observaba atento,   que le juntara los labios con los dedos para cerrarle   con fuerza y con ambas manos toda posibilidad de acceso al espacio cóncavo que se insinuaba jugoso en su entrepierna, y que este, al tener entre los dedos las dos tiras carnosas, peludas y adheridas,   intentara por todos los medios   introducir su lengua en la grieta estrecha que se extendía y cubría el clítoris. Giovanni lamió, lamió, lamió, empujó,   escupió creyendo que al salivar la zona la lengua se abriría paso entre los   panes mullidos de vulva, pero no era así y parecía una contradicción deliciosa verlo   intentar penetrar con la lengua lo que con los dedos apretaba para que eso no ocurriera. Genésico juego de tire y afloje. Es que Filomena tenía los labios cosquilludos y esa partida de lengua inquieta qu...

DIÁLOGOS EXPLÍCITOS IV: CERA CALIENTE ©

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  Si el video se traba, salir del relato y volver a entrar ¿Más abierto?, pero más no puedo separar los labios, me duele. ¡Ah! Ok, no entendía por qué me lo pedías, claro. Si, comprendo, para pelar bien la parte interna de los labios que junta muchos pelitos y crecen rápido. Despacio por favor. ¡Quema! ¡PTM! Me dolió más el tirón que la cera caliente ¡Ayyy...! ¿Otra vez? No, por favor, es que… Bueno, está bien. ¿Por qué das palmaditas apenas me arrancas la cera de la piel? Si, es cierto, me calma el dolor más rápido. Es como una caricia. Entiendo. Sí. Sé que las caricias son otra cosa, lo entiendo. Y… ¿Hace mucho trabajás de depiladora? ¡Ah! No hace tanto. Lo hace bien. No se nota que sos nueva.   De nada. Gracias a vos por calmarme el dolor con tus palmaditas sobre los labios, se siente bien, me consuela, además tus manos son suaves. Claro, si entiendo, tanta crema luego de depilar a la gente te las deja así. Y ¿hace cuanto depilas estas partes…? ¿Cómo que la primera vez? ¿Nu...

AGUA I ©

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  -           Trataba de hacer pie porque con el movimiento del mar sentía que la arena se me escurría entre los dedos   y me quitaba estabilidad. En esa vorágine del movimiento y de divisar cómo las olas se levantaban para luego golpearme la cara,   Emma no paraba de reirse a carcajadas de verme con los ojos chiquititos, los pelos pegados en la frente y escupiendo agua salada. Entonces ella aprovechaba para pegarme la espalda al pecho usando mi cuerpo de barricada,   tal vez, para no caerse de culo contra el fondo y que las olas la arrastraran hacia la orilla hasta dejarla con la bikini desencajada y los pelos revueltos.   Tolerando la impresión que me daba sentir la arena moverse debajo de mis plantas, que me causaba el mismo terror que tener dos pulpos prendidos de los tobillos, enterraba los pies con valor para no caerme y para que ella siguiera con la misma confianza de recostarse sobre mi pecho, porque al hacerl...